por fin habia alcanzado a la rata. El palo habia golpeado la mitad posterior del rollizo cuerpo y las baldosas grises presentaban una mancha roja. El roedor ya no corria pero aun estaba vivo, con los ojos abiertos y la parte delantera moviendose al ritmo de la respiracion. Robinson descargo otro golpe, destrozandole la cabeza. La rata dejo de moverse y una especie de legamo grisaceo rezumo del destrozado craneo.
La mirada de Jeannie fue de nuevo a Dennis. Vio, sorprendida, que estaba sentado a la mesa, como habia estado toda la tarde, como si en ningun momento se hubiera movido. Su rostro era la pura imagen de la inocencia. El cuchillo y las bragas habian desaparecido.
Robinson jadeaba a causa del esfuerzo. Dirigio a Dennis una mirada recelosa y dijo:
– No habras traido tu aqui ese bicho, ?verdad, Pinker?
– No, senor -respondio Dennis con enganosa sinceridad.
– Desde luego -continuo Robinson-, si pensara que semejante faena es cosa tuya te haria… -El guardia lanzo a Jeannie una mirada de soslayo y decidio abstenerse de precisar lo que le iba a hacer a Dennis-. Creo que sabes muy bien que me encargaria de que te arrepintieras bien arrepentido de haberlo hecho.
– Si, senor.
Jeannie comprendio que estaba a salvo. Pero la indignacion sucedio inmediatamente al alivio. Miro fijamente a Dennis, ultrajada. ?Iba a fingir aquel tipo que no habia ocurrido nada?
– Bueno -dijo Robinson-, de todas maneras, coge un cubo de agua y limpia a fondo esta sala.
– Al instante, senor.
– Es decir, si la doctora Ferrami ha terminado contigo.
Jeannie trato de decir: «Mientras usted se dedicaba a matar la rata, Dennis me robo las bragas», pero no le salieron las palabras. Parecian muy tontas. Y pudo imaginarse las consecuencias que tendria pronunciarlas. La retendrian alli lo menos una hora, mientras se investigaba su acusacion. Registrarian a Dennis y encontrarian las bragas. Las cuales se presentarian como prueba al alcaide Temoigne. Se imagino al hombre examinando la prueba del delito, poniendo las bragas del reves y del derecho, con una expresion extrana en la cara…
No. Ella no diria nada.
Experimento un ramalazo de culpabilidad. Siempre se habia burlado de las mujeres que sufrian una agresion y no la denunciaban, permitiendo asi que el asaltante quedara impune. Ahora, ella estaba haciendo lo mismo.
Comprendio que Dennis contaba con eso. Habia previsto como se sentiria Jeannie y jugo con la casi certeza de que saldria bien librado. La idea puso a Jeannie tan furiosa que por un momento considero tirar de la manta solo para impedir que Dennis se saliera con la suya. Luego vio mentalmente a Temoigne, a Robinson y a todos los demas hombres de la carcel, que la contemplarian y pensarian «No lleva bragas», y se dio cuenta de que le resultaria demasiado humillante para soportarlo.
Que inteligente era Dennis: tan inteligente como el hombre que habia provocado el incendio en el gimnasio y violo a Lisa, tan inteligente como Steve…
– Parece usted un poco agitada -le comento Robinson-. Supongo que no le gustan las ratas mas que a mi.
Jeannie se rehizo. El mal trago estaba superado. Habia sobrevivido, no solo conservando la vida, sino tambien la vista. Lo ocurrido, ?era malo?, se pregunto. He podido acabar mutilada o violada. En cambio, solo perdi una prenda interior. He de sentirme agradecida.
– Me encuentro perfectamente, gracias -respondio.
– En ese caso, la sacare de aqui.
Abandonaron los tres el locutorio.
Una vez fuera, Robinson ordeno:
– Ve a buscar una fregona, Pinker.
Dennis sonrio a Jeannie: una sonrisa larga y complice, como si fueran amantes que hubiesen pasado la tarde juntos en la cama. Luego desaparecio en el interior de la carcel. La muchacha sintio un alivio inmenso al verle alejarse, pero seguia sufriendo los pinchazos de una repugnancia insistente, porque Dennis se llevaba su prenda intima en el bolsillo. ?Dormiria con aquellas bragas oprimidas contra la mejilla, como un nino con su osito de felpa? ?O se envolveria el pene con ellas mientras se masturbaba, imaginandose que le estaba echando un polvo? Hiciera lo que hiciese, Jeannie se sentia participante obligada, nada voluntaria, con su intimidad violada y su libertad personal comprometida.
Robinson la acompano hasta la puerta principal y le estrecho la mano. Jeannie atraveso la abrasada zona de aparcamiento, hacia el Chevrolet, mientras se decia: ?Como me alegrare de salir de este lugar! Habia conseguido la muestra del ADN de Dennis y eso era lo mas importante.
Al volante del vehiculo, Lisa estaba poniendo en marcha el aire acondicionado. Jeannie se dejo caer pesadamente en el asiento del pasajero.
– Pareces deshecha -observo Lisa, al tiempo que arrancaba.
– Para en la primera zona comercial que encontremos -pidio Jeannie.
– Claro. ?Que te hace falta?
– Ahora te lo digo -replico Jeannie-. Pero no te lo vas a creer.
19
Despues del almuerzo, Berrington se dirigio a un bar situado en un barrio tranquilo y pidio un martini.
La sugerencia que Jim Proust solto como si tal cosa le habia dejado estremecido. Berrington se daba cuenta de que cometio una estupidez al agarrar a Jim por la solapa y levantarle la voz. Pero no lamentaba aquel desahogo. Al menos podia tener la certeza de que Jim conocia con exactitud lo que pensaba el del asunto.
Las peleas entre ellos no eran ninguna novedad. Recordaba su primera gran crisis, al principio de los setenta, cuando estallo el escandalo Watergate. Fue una epoca terrible: el conservadurismo estaba desacreditado, los politicos paladines de la ley y el orden resultaron ser unos corruptos maleantes y cualquier actividad clandestina, por muy bien intencionada que fuese, empezo de pronto a considerarse como una conspiracion anticonstitucional. El panico se apodero de Preston Barck, que voto por abandonar el proyecto en pleno. Jim Proust le tildo de cobarde, argumento colericamente que no existia ningun peligro y propuso seguir adelante como una empresa conjunta CIA-ejercito, tal vez extremando las medidas de seguridad, haciendolas mas estrictas. Sin duda estaria presto a asesinar a cualquier periodista investigador que fisgoneara en lo que llevaban entre manos. Fue Berrington quien sugirio la creacion de una firma privada e indico que debian distanciarse del gobierno. Ahora, de nuevo, volvia a tocarle a el encontrar una via de escape por la que salir de las dificultades.
En el local reinaba la penumbra y la temperatura era fresca. El televisor de encima de la barra mostraba las imagenes de un culebron, pero el sonido estaba apagado. La ginebra fria sosego a Berrington. La irritacion que en el habia despertado Jim fue evaporandose gradualmente, hasta que sus pensamientos acabaron por centrarse en Jeannie Ferrami.
La alarma le habia impulsado a hacer una promesa temeraria. Les dijo irreflexivamente a Jim y a Preston que haria un trato con Jeannie. Ahora tenia que cumplir aquel imprudente compromiso. Debia impedir que Jeannie continuase haciendo preguntas acerca de Steve Logan y Dennis Pinker.
Era un problema peliagudo. Aunque la habia contratado y habia tramitado la concesion de su beca, no podia darle ordenes sin mas ni mas; como ya le dijo a Jim, la universidad no era el ejercito. Jeannie era una colaboradora de la UJF, y la Genetico ya habia abonado los fondos correspondientes a un ano. A la larga, naturalmente, si se dispusiera de tiempo, podria ponerle una mordaza sin grandes problemas; pero eso ahora no bastaba. Habia que pararle los pies de inmediato, antes de que descubriera lo suficiente como para estropearles todo el proyecto.
Tranquilo, se aconsejo, tranquilo.
El punto debil de la tarea de Jeannie era su utilizacion de bases de datos clinicos sin el permiso de los pacientes. Era la clase de asunto que los periodicos podian convertir en escandalo, al margen de si verdaderamente se habia invadido o no la intimidad de alguien. Y a las universidades les aterraban los escandalos: causaban estragos en el capitulo de la recaudacion de fondos.
Era una tragedia que aquel prometedor plan cientifico acabase en la ruina. Iba contra todo lo que
