representaba y defendia Berrington. Habia alentado a Jeannie y ahora tenia que socavar su labor. Aquello la descorazonaria, y con razon. Berrington se dijo que la muchacha tenia genes perniciosos y que tarde o temprano se encontraria en dificultades; pero, con todo, hubiera deseado no tener que ser el la causa de su hundimiento.

Se esforzo en apartar de su mente el cuerpo de la joven. Las mujeres siempre habian sido su debilidad. No le tentaba ningun otro vicio: bebia con moderacion, nunca jugaba y no entendia por que la gente tomaba drogas. Queria a su esposa, Vivvie, pero a pesar de ello fue incapaz de resistirse al tentador encanto de otras mujeres, por lo que Vivvie acabo por dejarle, harta de verle mariposear con unas y con otras. Ahora, cuando pensaba en Jeannie se la imaginaba acariciandola, deslizando los dedos por su cabellera mientras le susurraba: «Has sido muy bueno conmigo, te debo tanto… ?Como podre pagartelo alguna vez?».

Tales pensamientos le avergonzaban. Se suponia que era su patrocinador y su mentor, no su seductor. Al mismo tiempo que el deseo, le abrasaba un ardiente resentimiento. Jeannie no era mas que una muchacha, por el amor de Dios; ?como podia constituir tal amenaza? ?Como podia una jovencita con un aro en la nariz representar un peligro para el, para Preston y para Jim, precisamente cuando estaban a dos pasos de materializar la ambicion de toda su vida? Era inconcebible que aquello se viniera abajo ahora; la idea le produjo un vertigo empavorecedor. Cuando no se imaginaba a si mismo haciendole el amor a Jeannie, sus fantasias le llevaban al acto de estrangularla.

Sin embargo, no estaba nada dispuesto a provocar un escandalo publico que la pusiera en la picota. Controlar a la prensa era dificil. Existia la posibilidad de que empezasen investigando a Jeannie y terminasen investigandole a el. Esa seria una estrategia peligrosa Pero no se le ocurria ninguna otra solucion, aparte de la barbaridad del asesinato propuesta por Jim.

Apuro la consumicion. El camarero le ofrecio otro martini, pero Berrington la declino. Barrio el establecimiento con la mirada y localizo un telefono publico junto a la puerta de los servicios de caballeros. Introdujo su tarjeta American Express en la ranura y marco el numero de la oficina de Proust. Descolgo uno de los insolentes paniaguados de Jim.

– Despacho del senador Proust.

– Aqui, Berrington Jones…

– Me temo que en estos momentos el senador este reunido.

Berrington penso que realmente Jim deberia aleccionar a sus secuaces para que se mostrasen un poco mas amables.

– Vamos a ver, entonces, si podemos evitar interrumpirle -dijo-. ?Tiene programada para esta tarde alguna cita con los medios de comunicacion?

– No estoy seguro. ?Me permite preguntarle por que necesita usted saberlo, senor?

– No, joven, no se lo permito -replico Berrington en tono irritado. Los ayudantes presuntuosos eran la maldicion de la Colina del Capitolio-. Puede usted responder a mi pregunta, puede avisar a Jim Proust para que se ponga al aparato o puede usted perder su maldito empleo, ahora digame, ?que prefiere?

– No se retire, por favor.

Hubo una larga pausa. Berrington penso que desear que Jim ensenara a sus ayudantes a mostrarse cordiales era como esperar que un chimpance instruyese a sus descendientes en el arte de comportarse correctamente en la mesa. El estilo del jefe suele extenderse a los miembros de su equipo: una persona de modales groseros siempre tiene empleados que se distinguen por su mala educacion.

Por el telefono llego una nueva voz:

– Profesor Jones, el senador tiene previsto asistir dentro de quince minutos a la conferencia de prensa que va a celebrarse con motivo de la presentacion del libro Nueva esperanza para Norteamerica, del congresista Dinkey.

Aquello era perfecto.

– ?Donde?

– En el hotel Watergate.

– Digale a Jim que estare alli y asegurese de que mi nombre figure en la lista de invitados, por favor.

Berrington colgo sin darle tiempo a responder.

Salio del bar y tomo un taxi para trasladarse al hotel. Era preciso tratar aquel asunto con delicadeza. Manipular a los medios de comunicacion era bastante arriesgado: un buen reportero es muy capaz de percibir lo que hay debajo de la evidencia de una historia y empezar a hacer preguntas acerca de por que se planto alli. Pero cada vez que pensaba en los riesgos, Berrington se remitia a las recompensas y eso vigorizaba su animo.

Dio con el salon donde iba a celebrarse la conferencia de prensa. Su nombre no figuraba en la lista de invitados -los secretarios engreidos nunca son eficientes-, pero el publicista encargado de la promocion del libro reconocio su rostro y le dio la bienvenida, considerandole un aliciente adicional para las camaras. Berrington se alegro de vestir la camisa a rayas Turnbull amp; Asser que tan distinguida aparecia en las fotos.

Tomo un vaso de Perrier y echo una ojeada al salon. Habia un atril delante de una monumental ampliacion de la cubierta del libro, asi como una pila de folletos de prensa encima de una mesa lateral. Los equipos de television ponian a punto sus focos. Berrington diviso un par de periodistas a los que conocia, pero ninguno de ellos le merecio suficiente confianza.

No obstante, no cesaban de llegar mas. Deambulo por la sala, intercambio frases insustanciales con otros asistentes y siguio vigilando la puerta de entrada. La mayor parte de los periodistas le conocia: aunque secundaria, no dejaba de ser una celebridad. Berrington no habia leido el libro, pero Dinkey suscribia un programa del ala derecha tradicional que era una version suavizada de las ideas que Berrington compartia con Jim y Preston, por lo que tuvo la feliz satisfaccion de declarar a los periodistas que avalaba sin reservas el mensaje de la obra de Dinkey.

Jim y Dinkey llegaron minutos despues de las tres. Inmediatamente detras de ellos iba Hank Stone, un veterano del New York Times. Calvo, de nariz roja, con el prominente barrigon desparramandose por encima de la cintura de los pantalones, desabrochado el cuello de la camisa, aflojado el nudo de la corbata, desgastadisimos los zapatos marrones, sin duda era el individuo de peor pinta de todo el cuerpo de prensa de la Casa Blanca.

Berrington se pregunto si Hank se plegaria a sus deseos.

Hank no tenia el menor conocimiento de creencias politicas. Berrington lo habia conocido quince o veinte anos atras, cuando el periodista preparo un articulo sobre la Genetico. Desde que obtuvo el empleo en Washington, habia escrito una o dos veces acerca de las ideas de Berrington y en numerosas ocasiones respecto a las de Jim Proust. Daba a las mismas un enfoque mas sensacionalista que intelectual, como inevitablemente acostumbran a hacer los reporteros, pero nunca moralizaba al modo santurron que suelen emplear los periodistas progresistas.

Hank trataria la informacion conforme a su valor: si pensaba que era una buena historia, la escribiria. Pero ?podia confiarse en que no iba a profundizar mas de la cuenta? Berrington no estaba seguro.

Saludo a Jim y estrecho la mano de Dinkey. Charlaron unos minutos, mientras Berrington oteaba el panorama con la esperanza de descubrir alguna perspectiva mas prometedora. Pero ante su vista no aparecio nadie mejor y dio comienzo la conferencia de prensa.

Sentado, mientras los oradores pronunciaban sus parlamentos, Berrington contuvo su impaciencia. La verdad es que era muy poco el tiempo con que contaba. De tener unas cuantas fechas de margen es posible que encontrase alguien mas apropiado que Hank, pero no solo no contaba con unas fechas, sino que apenas disponia de unas pocas horas. Y un encuentro aparentemente fortuito como aquel era mucho menos sospechoso que concertar una cita e invitar a un periodista a almorzar.

Cuando concluyeron las disertaciones, Berrington seguia sin haber echado el ojo a alguien mejor que Hank. Cuando los periodistas se dispersaban, Berrington le abordo.

– Hank, me alegro de haber tropezado contigo. Puede que tenga una buena cronica para ti.

– ?Estupendo!

– Trata del uso indebido de cierta informacion medica sacada de bases de datos.

Hank hizo una mueca.

– No es precisamente la clase de asunto que trabajo, Berry, pero sigue.

Berrington gruno para sus adentros: Hank no parecia estar de talante receptivo. Saco a relucir todo su encanto y tiro adelante:

– Creo que si es un asunto de los que entran en tu terreno, porque eres capaz de ver el potencial que

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