noche en la ultima fila de la filmoteca. Lo incitante de Bobby, lo mismo que de Steve, era la sensacion de arrebato apasionado. Bobby la deseaba con tal ardor, le inflamaba de tal modo acariciarle a ella los pezones o tocarle las bragas, que Jeannie se sentia enormemente poderosa. Durante una temporada abuso de ese poder, caldeandole hasta ponerlo al rojo vivo e incomodandole solo para demostrar que podia hacerlo. Pero no tardo en comprender, incluso a la edad de trece anos, que ese era un juego mas bien tonto. Sin embargo, nunca perdio el sentido del peligro, el deleite que representaba jugar con un gigante encadenado. Y sentia lo mismo con Steve.

El muchacho era lo unico bueno en el horizonte. Ella se encontraba en un apuro serio. Ahora no podia renunciar a su puesto en la UJF. Despues de que el New York Times la habia lanzado a la celebridad por haber desafiado a sus jefes, le iba a ser muy dificil encontrar otro empleo de caracter cientifico. Si yo fuese profesora, no se me ocurriria contratar a alguien susceptible de provocar esta clase de conflictos, penso.

Pero era demasiado tarde para adoptar una postura cautelosa. Su unica esperanza residia en mantenerse obstinadamente firme, utilizar los datos del FBI y obtener unos resultados cientificos tan convincentes que el personal volviera a considerar su metodologia y a debatir seriamente la etica de la misma.

Eran las nueve cuando detuvo su automovil en la plaza de aparcamiento que tenia asignada. Mientras cerraba el vehiculo y entraba en la Loqueria noto en el estomago una sensacion agria: demasiada tension y nada de comida.

En cuanto entro en su despacho supo que alguien habia estado ahi.

No se trataba del personal de limpieza. Estaba familiarizada con los pequenos cambios que producian: las sillas movidas cosa de cuatro o cinco centimetros, los circulos de los vasos fregados, la papelera en el rincon que no le correspondia. Esto era diferente. Alguien se habia sentado ante el ordenador. El teclado se encontraba en un angulo impropio; el intruso o la intrusa lo habia situado inconscientemente de la forma que tenia por costumbre. Habia dejado el raton en mitad de la alfombrilla, cuando ella siempre lo dejaba a un lado, junto al borde del teclado. Al mirar a su alrededor observo que la puerta de un armario estaba ligeramente abierta y que la esquina de una cuartilla asomaba por el borde de un archivador.

Habian registrado el despacho.

Al menos, se consolo, esto es obra de un aficionado. No daba la impresion de que fuese la CIA quien anduviera tras ella. A pesar de todo, se sintio profundamente inquieta, como si tuviera mariposas aleteando dentro del estomago, mientras se sentaba y encendia el ordenador. ?Quien habia estado alli? ?Un miembro de la facultad?,?Un estudiante? ?Un guarda de seguridad sobornado? ?Algun intruso? ?Y con que fin?

Habian introducido un sobre por debajo de la puerta. Llevaba en su interior una autorizacion firmada por Lorraine Logan, que Steve remitio por fax a la Loqueria. Jeannie saco de un archivo la de Charlotte Pinker y guardo las dos en una cartera de mano. Se las llevaria consigo a la Clinica Aventina. Se sento al escritorio y recupero el correo electronico. Solo habia un mensaje: el resultado de la exploracion del FBI.

– Aleluya -musito.

Transfirio la lista de nombres y direcciones con inmenso alivio. Estaba justificada; realmente, el rastreo encontro parejas. No veia el momento de empezar a revisarlas y comprobar si se daban mas anomalias como la de Steve y Dennis.

Jeannie recordo que, con anterioridad, Ghita le habia enviado por correo electronico un mensaje en el que le anunciaba que iba a efectuar la exploracion. ?Que paso con el? Se pregunto si lo habria puesto en pantalla el fisgon de la noche anterior. Eso podria explicar la empavorecida llamada telefonica nocturna al jefe de Ghita.

Se disponia a echar una mirada a los nombres de la lista cuando sono el telefono. Era el presidente de la universidad.

– Aqui, Maurice Obell. Creo que seria conveniente que hablasemos sobre ese reportaje del New York Times, ?no le parece?

Se tenso el estomago de Jeannie. Ya estamos, penso aprensivamente. Empieza el baile.

– Naturalmente -dijo-. ?A que hora le conviene que pase por su despacho?

– Confiaba en que pudiera venir ahora mismo.

– Me tendra ahi dentro de cinco minutos.

Copio en un disquete los resultados del FBI y luego salio de Internet. Extrajo el disquete del ordenador y cogio un boligrafo. Reflexiono unos segundos y luego escribio en la etiqueta COMPRAS.LST. Posiblemente seria una precaucion innecesaria, pero la hizo sentirse mejor.

Dejo caer el disquete en la caja donde guardaba sus archivos de seguridad y salio del despacho.

El dia empezaba a caldearse. Mientras cruzaba el campus se pregunto que queria obtener de la entrevista con Obell. Su unico objetivo era que le permitiesen continuar con la investigacion. Necesitaba mostrarse dura y dejar bien claro que no iba a permitir que la avasallaran; pero lo ideal seria que se calmaran los animos, se apaciguara la irritacion de las autoridades universitarias y el conflicto perdiera virulencia.

Se alegro de haberse puesto el traje negro, aunque por culpa de el estuviera sudando: le proporcionaba un aspecto mas serio y maduro, ademas de infundirle autoridad. Sus altos tacones repicaron contra las losas al acercarse a Hillside Hall. La introdujeron directamente en el rebosante despacho del presidente.

Berrington Jones estaba sentado alli, con un ejemplar del New York Times en la mano. Jeannie le sonrio, complacida de contar con un aliado. Berrington le correspondio con una glacial inclinacion de cabeza.

– Buenos dias, Jeannie -dijo.

Maurice Obell ocupaba su sillon rodante, al otro lado de su enorme mesa. Con los modales bruscos de costumbre, declaro:

– Sencillamente, esta universidad no puede tolerar esto, doctora Ferrami.

No la invito a sentarse, pero Jeannie no habia ido alli a la defensiva, predispuesta a aguantar varapalo alguno, de modo que eligio una silla, se acerco a ella, tomo asiento y cruzo las piernas.

– Es una lastima que hayan comunicado a la prensa que habian cancelado mi proyecto, antes de comprobar si tenian derecho legal a hacerlo -dijo con toda la frialdad que le fue posible reunir-. Por mi parte, estoy de acuerdo con usted en que se ha puesto en ridiculo a la universidad.

Obell se encrespo.

– No he sido yo quien ha puesto a la universidad en ridiculo.

Aquello era bastante subido de tono, decidio Jeannie; era el momento de decirle que ambos estaban en el mismo bando. Descruzo las piernas lentamente.

– Claro que no -convino-. Lo cierto es que ambos nos precipitamos un poco y la prensa se aprovecho de ello.

Intervino Berrington:

– El dano ya esta hecho, ahora… ya no sirve de nada poner panos calientes.

– No estaba poniendo panos calientes -replico Jeannie. Volvio la cara hacia Obell y le dedico una sonrisa-. Sin embargo, creo que deberiamos dejar de pelearnos.

De nuevo fue Berrington quien le contesto: -Es demasiado tarde para eso.

– Estoy segura de que no -dijo Jeannie. Se extrano de que Berrington hubiera dicho aquello. Tenia que desear la reconciliacion; no era logico que le interesase inflamar los animos. Mantuvo los ojos y la sonrisa sobre el presidente-. Somos personas razonables. Debemos ser capaces de encontrar una formula de compromiso que me permita a mi seguir con mi trabajo y a la universidad salvaguardar su dignidad.

Saltaba a la vista, claramente, que a Obell le seducia la idea, aunque enarco las cejas y expuso:

– No acabo de ver como…

– Estamos perdiendo el tiempo lastimosamente -tercio Berrington con impaciencia.

Era la tercera vez que intervenia para echar lena al fuego. Jeannie se trago la irritada replica que estuvo a punto de emitir. ?Por que se comportaba Berrington de aquel modo? ?Acaso queria que ella suspendiera su investigacion, que tuviese dificultades con la universidad y que la desacreditaran? Empezaba a dar esa impresion. ?Fue Berrington quien se colo subrepticiamente en su despacho, transfirio al ordenador el correo electronico y aviso luego al FBI? ?Pudiera ser incluso la persona que, en primer lugar, informo al New York Times y provoco todo aquel jaleo? Se quedo atonita ante la logica perversa de tal idea y guardo silencio.

– Ya hemos decidido la linea de accion de la universidad -dijo Berrington.

Jeannie comprendio que se habia equivocado respecto a la estructura de poder imperante en aquella estancia. El jefe era Berrington, no Obell. Berrington era el conducto por el que llegaban los millones para la investigacion procedentes de la Genetico, dinero que Obell necesitaba. A Berrington, Obell no le inspiraba miedo alguno; mas bien era a la inversa. Ella se habia dedicado a mirar al mono, cuando a quien tenia que observar era

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