a la persona que accionaba la manivela del organillo.
Berrington ya habia abandonado el simulacro de que era el presidente de la universidad quien empunaba las riendas del asunto.
– No te hemos convocado aqui para pedirte opinion -dijo.
– ?Para que, entonces? -pregunto Jeannie.
– Para despedirte -replico Berrington.
Jeannie se quedo de piedra. Esperaba una amenaza de despido, pero no el propio despido. A duras penas podia asumirlo.
– ?Que quieres decir? -pregunto estupidamente.
– Quiero decir que estas despachada -dijo Berrington.
Se aliso las cejas con la yema del dedo indice de la mano derecha, senal que indicaba lo satisfecho de si mismo que se sentia.
Fue como si le asestaran un punetazo. No pueden despedirme, penso. Solo llevo aqui unas cuantas semanas. Me las estaba arreglando a la perfeccion, trabajaba duro y a conciencia. Le caia bien a todo el mundo, salvo a Sophie Chapple, ?como ha ocurrido esto tan deprisa?
Trato de recapitular sus pensamientos. -No podeis despedirme -asevero.
– Acabamos de hacerlo.
– No. -Recobrada del sobresalto inicial, empezo a sentirse furiosa y a mostrarse desafiante-. Aqui no sois caciques de tribu. Hay unos tramites que cumplir.
Normalmente, las universidades no podian despedir a miembros del profesorado sin una especie de audiencia previa. Figuraba en su contrato, pero Jeannie no se habia preocupado de comprobar los detalles. De subito, adquirian una importancia vital para ella.
Maurice Obell suministro la informacion.
– Se celebrara una audiencia ante la comision de disciplina del consejo de la universidad, naturalmente -dijo-. En circunstancias normales, es preciso avisar con cuatro semanas de anticipacion; pero en vista de la publicidad nefasta que envuelve a este caso yo, en mi calidad de presidente, he recurrido al procedimiento de urgencia y la audiencia se celebrara manana por la manana.
A Jeannie le maravillo la rapidez con que habian actuado. ?La comision de disciplina? ?El procedimiento de urgencia? ?Manana por la manana? Aquello no iba a ser un debate. Se trataba mas bien de un arresto. Medio espero que Obell le leyera sus derechos.
El presidente hizo algo parecido. Empujo una carpeta a traves de la mesa escritorio.
– Aqui tiene las normas relativas al procedimiento de la comision. Puede representarla un abogado u otro jurista, siempre y cuando se lo notifique por adelantado al presidente de la comision.
Jeannie se las arreglo por fin para formular una pregunta razonable:
– ?Quien es el presidente?
– Jack Budgen -contesto Obell.
Berrington alzo la cabeza con brusca vivacidad.
– ?Eso ya esta establecido asi?
– Al presidente se le nombra por periodos anuales -explico Obell-. Jack tomo posesion del cargo al principio del semestre.
– No lo sabia.
Berrington parecia molesto, y Jeannie no ignoraba el motivo, Jack Budgen era el companero de tenis de Jeannie.
Era un detalle alentador: Jack seria justo con ella. No estaba todo perdido. Jeannie tendria la oportunidad de defenderse y defender sus metodos de investigacion ante un grupo de academicos. Eso seria un debate serio y no la palabreria insustancial del New York Times.
Ademas, contaba con el resultado del barrido del FBI. Empezo a preparar su defensa. Mostraria a la comision los datos del FBI. Con un poco de suerte, dispondria de una o dos parejas que ignorasen que eran gemelos. Lo cual resultaria impresionante. A continuacion explicaria las precauciones que tomaba para proteger la intimidad de los individuos…
– Creo que eso es todo -manifesto Maurice Obell.
Lo que equivalia a decirle que podia retirarse. Jeannie se puso en pie.
– Es una pena que lleguemos a esto -dijo.
– Tu lo has provocado -se apresuro a especificar Berrington.
Era como un nino de los que siempre andan buscando tres pies al gato. Por su parte, Jeannie carecia de paciencia para enzarzarse en controversias inutiles. Le lanzo una mirada despectiva y abandono el despacho.
Mientras cruzaba el campus reflexiono tristemente que habia fracasado por completo en el intento de conseguir sus objetivos. Deseaba alcanzar un acuerdo negociado y lo que logro fue armar una trapatiesta de catastrofe. Pero Berrington y Obell ya tenian adoptada su decision antes de que ella entrara en el cuarto. La reunion solo fue un mero formulismo.
Regreso a la Loqueria. Al acercarse a su despacho observo con indignacion que los de la limpieza habian dejado en el pasillo, junto a la puerta, una bolsa negra de basura. Les leeria la cartilla inmediatamente. Pero cuando intento abrir la puerta esta parecia atascada. Introdujo la tarjeta varias veces en la ranura del lector, pero la puerta siguio sin abrirse. Estaba a punto de encaminarse a recepcion y llamar a mantenimiento cuando una sospecha terrible surgio en su mente.
Miro dentro de la bolsa negra de plastico. No estaba llena de papeles ni de tazas de polietileno para cafe. Lo primero que vio fue su cartera de lona Land's End. Tambien estaba alli la caja de Kleenex que guardaba en el cajon de la mesa, asi como un ejemplar en rustica de A Thousand Acres, de Jane Smiley, dos fotografias enmarcadas y su cepillo del pelo. Habian recogido todas sus cosas de la mesa y clausurado el despacho.
Estaba hundida. Aquel golpe resultaba todavia peor que lo sucedido en la oficina de Maurice Obell. Aquello solo fueron palabras. Esto era verse desconectada de pronto de una gran parte de su vida. Este es mi despacho, penso; ?como pueden expulsarme asi de el?
– ?Jodidos cabrones! -califico en voz alta.
Debieron de hacerlo los de seguridad, mientras ella estaba en el despacho de Obell. Naturalmente, no se lo advirtieron; eso hubiera sido darle la oportunidad de que cogiera de alli lo que juzgase necesario de veras. Una vez mas se habia dejado sorprender por su crueldad implacable.
Era como una amputacion. Le habian arrebatado su ciencia, su trabajo. Ahora no sabia que hacer con su propia persona, no sabia adonde ir. Durante once anos habia sido una cientifica: como estudiante de bachillerato, de licenciatura, de doctorado, como alumna posdoctoral y como profesora adjunta. Ahora, de pronto, no era nada.
Mientras su moral descendia desde el abatimiento hasta la negra desesperacion, se acordo del disquete con los datos del FBI. Registro el contenido de la bolsa de plastico, pero alli no habia disquetes. Sus resultados, la espina dorsal de su defensa, estaban encerrados dentro del despacho.
Golpeo infructuosamente la puerta con los punos. Un estudiante que pasaba por alli, y al que tenia en la clase de estadistica, la miro sorprendido y pregunto:
– ?Puedo ayudarle en algo, profesora?
Jeannie recordaba su nombre.
– Hola, Ben. Podrias echar abajo a patadas esta maldita puerta.
El muchacho examino la puerta, con expresion dubitativa.
– No queria decir eso -se excuso Jeannie-. Me encuentro bien, gracias.
El estudiante se encogio de hombros y reanudo su camino.
No servia de nada seguir alli de pie con los ojos clavados en la puerta cerrada. Cogio la bolsa de plastico y entro en el laboratorio. Sentada ante su mesa, Lisa introducia datos en una computadora.
– Me han despedido -anuncio Jeannie.
Lisa se la quedo mirando.
– ?Que?
– Han cerrado a cal y canto mi despacho, dejandome fuera, despues de meter mis cosas en esta jodida bolsa de basura.
– ?No me lo creo!
