viejos tiempos eso siempre me habia importado un rabano, pero calculo que han pasado diez anos desde la ultima vez que hice un trabajo asi. De todas formas, estaba tan arrugado que empece a temblar. Entre en el edificio, desenchufe un ordenador, lo saque, lo cargue en la furgoneta y me largue a toda pastilla. Al dia siguiente fui a tu casa.

– Y me robaste.

– No tenia intencion de hacerlo, carino. Crei que me ayudarias; levantar cabeza y a encontrar alguna clase de trabajo legal. Luego cuando te fuiste, la vieja vocacion se apodero de mi. Estaba alli sentado, con la cadena estereofonica ante los ojos, y entonces pense que podria sacar doscientos pavos por ella, y quizas otros cien por el televisor, asi que arramble con los aparatos. Te juro que despues de venderlos me entraron ganas de suicidarme.

– Pero no te suicidaste.

– ?Jeannie! -se escandalizo Patty.

– Tome unos tragos -siguio explicando el padre-, me lie en una partida de poquer y por la manana estaba otra vez en la mas negra miseria.

– Asi que viniste a ver a Patty.

– No te hare eso a ti, Patty. No se lo hare a nadie nunca jamas. Voy a ir por el camino recto.

– ?Mas te vale! -dijo Patty.

– He de hacerlo, no tengo mas remedio.

– Pero todavia no -dijo Jeannie.

Los dos se la quedaron mirando. Patty pregunto nerviosamente:

– Jeannie, ?de que estas hablando?

– Tienes que hacer un trabajo mas -dijo Jeannie a su padre-. Para mi. Un robo. Esta noche.

42

Empezaba a oscurecer cuando llegaron al campus de la Jones Falls.

– Es una lastima que no tengamos un coche mas discreto -comento el padre, mientras Jeannie conducia el Mercedes rojo hacia el aparcamiento destinado a estudiantes-. Un Ford Taurus estaria bien, o un Buick Regal. Se ven cincuenta de esos al dia, nadie los recuerda.

Se apeo del vehiculo, con una deslucida cartera de cuero marron en la mano. La camisa de cuadros y los arrugados pantalones, junto con la alborotada pelambrera y los deslustrados zapatos, inducian a cualquiera a tomarle por un profesor del centro.

Jeannie se sentia extrana. Estaba enterada desde anos atras de que su padre era un ladron, pero ella nunca habia cometido un delito mas grave que el de conducir a ciento diez kilometros por hora. Ahora estaba a punto de entrar ilegalmente en un edificio. Era como cruzar una frontera significativa. No creia hacer nada malo, pero, con todo, la imagen que tenia de si misma vacilaba un poco. Siempre se habia tenido por una ciudadana respetuosa de la ley. Siempre le parecio que los delincuentes, incluido su padre, pertenecian a otra especie. Ahora se estaba integrando en el gremio de los criminales.

Casi todos los estudiantes y profesores se habian ido a casa, pero aun quedaban unas cuantas personas yendo por alli de un lado para otro: profesores que trabajaban hasta tarde, alumnos que asistian a alguna reunion o acontecimiento social, bedeles que echaban la llave y guardias de seguridad que cumplian sus rondas. Jeannie confio en no tropezarse con alguien que la conociese.

Estaba tensa como una cuerda de guitarra, a punto de saltar. Temia por su padre mas que por ella misma. Caso de que los sorprendieran, seria profundamente humillante para ella, pero nada mas; los tribunales no la envian a una a la carcel por entrar a la fuerza en el propio despacho y robar un disquete. Pero a su padre, con los antecedentes que tenia le iban a caer unos cuantos anos. Seria anciano cuando saliera de la carcel.

Empezaron a encenderse las farolas de la calle y las luces exteriores de los edificios. Jeannie y su padre dejaron atras la pista de tenis, donde dos mujeres jugaban bajo la claridad de los focos. Jeannie recordo la escena cuando Steve le dirigio la palabra por primera vez, el domingo anterior. Se lo habia quitado de encima automaticamente, pero el muchacho no dejo de mostrarse confiado y satisfecho de si mismo. ?Que equivocada estuvo en su primera impresion del chico!

Indico con la cabeza el Pabellon de Psicologia Ruth W. Acorn.

– Es ahi -dijo-. Todo el mundo lo llama la Loqueria.

– Sigue andando al mismo ritmo de marcha -aconsejo el hombre-. ?Como se entra por la puerta frontal?

– Se abre con una tarjeta de plastico, lo mismo que la puerta de mi despacho. Puedo conseguir que alguien me preste una.

– No hace falta. Me molestan los complices. ?Por donde se va a la parte posterior?

– Te lo ensenare.

Un sendero cruzaba el cesped de la otra parte lateral de la Loqueria, hacia la zona de aparcamiento destinada a los visitantes. Jeannie lo siguio, hasta desembocar en el patio pavimentado de la parte trasera del edificio. Su padre recorrio con mirada profesional la elevacion que habia detras.

– ?Que es esa puerta? -senalo.

– Creo que es una salida de incendios.

El hombre asintio con la cabeza.

– Probablemente tendra un travesano al nivel de la cintura, la clase de barra que abre la puerta si uno la empuja.

– Creo que si. ?Vamos a entrar por ahi?

– Si.

Jeannie recordo que por dentro habia un letrero que decia: «PUERTA DOTADA DE SISTEMA DE ALARMA».

– Dispararas la alarma -advirtio.

– De eso, ni hablar -respondio su padre. El hombre miro en torno-. ?Pasa mucha gente por aqui detras?

– No. De noche, sobre todo, no suele venir nadie.

– Muy bien. Manos a la obra.

Deposito la cartera en el suelo, la abrio y extrajo de ella una cajita de plastico negro, con una esfera. Pulso un boton y lo mantuvo apretado mientras recorria con la cajita el marco de la puerta, fija la mirada en la esfera. La aguja empezo a oscilar al llegar la cajita a la esquina superior derecha de la puerta. El padre de Jeannie emitio un grunido de satisfaccion.

Devolvio la cajita al interior de la cartera y saco otro aparato similar, junto con un rollo de cinta aislante. Fijo el aparato a la esquina superior derecha de la puerta y acciono un interruptor. Empezo a oirse un leve zumbido sordo.

– Eso confundira a la alarma antirrobo -dijo.

Tomo un largo trozo de alambre que tiempo atras habia sido un colgador de camisas de los que usan en las lavanderias. Lo doblo con cuidado hasta que adopto la adecuada forma retorcida e inserto una punta en la rendija de la puerta. Movio el alambre durante unos segundos y luego dio un tiron.

La puerta se abrio.

No sono la alarma.

Recogio la cartera y entro en el edificio.

– Espera -dijo Jeannie-. Esto no esta bien. Cierra la puerta y volvamos a casa.

– Ea, vamos, no tengas miedo.

– No puedo hacerte esto. Si te cogen, vas a estar en la carcel hasta los setenta anos.

– Jeannie, quiero hacerlo. He sido para ti un padre pesimo durante demasiado tiempo. Es mi ocasion de ayudarte, para variar. Tiene mucha importancia para mi. Vamos, por favor.

Jeannie entro.

Su padre cerro la puerta.

– Indicame el camino.

Jeannie subio corriendo por la escalera de incendios hasta la segunda planta y luego recorrio el pasillo y llego

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