a su despacho. Senalo la puerta.
El padre saco de la cartera otro instrumento electronico. Este llevaba una placa metalica del tamano de una tarjeta de cuenta, unida mediante cables. Introdujo la placa en el lector de instrumentos y acciono el interruptor del instrumento.
– Prueba toda posible combinacion -explico.
A Jeannie le maravillo lo facilmente que su padre habia entrado en un edificio que disponia de un sistema de seguridad con los ultimos adelantos.
– ?Quieres que te diga una cosa? -declaro el hombre-. ?No tengo ni pizca de miedo!
– Cielo santo, pues yo si -confeso Jeannie.
– No, en serio, he recuperado el valor, quiza porque tu vienes conmigo. -Sonrio-. Vaya, podriamos formar equipo.
Ella movio negativamente la cabeza.
– Olvidalo. No aguantaria la tension.
Se le ocurrio que era posible que Berrington hubiese entrado alli y se hubiese llevado el ordenador y todos los disquetes. Habria sido espantoso que hubieran corrido aquel riesgo tan terrible para nada.
– ?Cuanto tardaras? -pregunto, impaciente.
– Cuestion de un segundo.
Al cabo de un momento, la puerta giro suavemente sobre sus goznes.
– ?No vas a pasar? -incito el padre, orgulloso.
Jeannie entro y encendio la luz. Su computadora seguia encima de la mesa. Abrio el cajon de la mesa. Alli estaba su caja de disquetes de seguridad. La examino a toda velocidad. El disquete de COMPRAS.LST se encontraba dentro. Lo cogio.
– Gracias a Dios.
Ahora que lo tenia en su poder no le era posible perder un segundo en leer la informacion que contenia. Aunque anhelaba desesperadamente verse fuera de la Loqueria, le tentacion de echar un vistazo al archivo en aquel preciso instante era muy fuerte. En casa no tenia ordenador; papa lo habia vendido. Para leer el disco iba a tener que pedir prestado un ordenador. Lo que requeriria tiempo y explicaciones.
Decidio arriesgarse.
Encendio el ordenador de su escritorio y aguardo a que concluyera el proceso de arranque.
– ?Que estas haciendo? -le pregunto su padre.
– Quiero leer el archivo.
– ?No puedes hacerlo en casa?
– En casa no tengo ordenador, papa. Lo robaron.
El hombre no capto la ironia.
– Date prisa, pues. -Se llego a la ventana y miro afuera.
Parpadeo la pantalla y Jeannie pulso el boton del raton sobre el programa de WP. Deslizo el disquete en la disquetera y encendio la impresora.
Las alarmas se dispararon instantaneamente. Jeannie creyo que se le habia paralizado el corazon. El ruido era ensordecedor.
– ?Que ha pasado? -grito.
Su padre estaba blanco de panico.
– Debe de haber fallado ese maldito emisor, o quizas alguien lo ha quitado de la puerta -voceo a su vez el hombre-. Estamos listos, Jeannie, ?a correr!
Jeannie estaba loca por arrancar el disquete del ordenador y salir disparada, pero se obligo a pensar friamente. Si ahora la cogian y le quitaban el disquete, lo habria perdido todo. Tenia que ver la lista mientras pudiera. Agarro a su padre del brazo.
– ?Solo unos segundos mas!
El miro por la ventana.
– ?Maldicion, ese parece un guardia de seguridad!
– ?Tengo que imprimir esto! ?Esperame!
Su padre temblaba como una hoja.
– No puedo, Jeannie, no puedo, ?perdoname!
Cogio su cartera y emprendio la huida a todo correr.
Jeannie sintio lastima por el, pero ahora no podia abandonar. Paso al directorio A, puso en pantalla el archivo del FBI e hizo clic sobre la palabra «Imprimir». No sucedio nada.
La impresora todavia se estaba cargando. Solto un taco.
Se acerco a la ventana. Dos guardias de seguridad entraban en el edificio por la puerta de la fachada.
Cerro la puerta del despacho.
Clavo la mirada en la impresora de chorro de tinta.
– Vamos, vamos, venga.
Por fin, la impresora emitio un chasquido, empezo a zumbar y succiono una hoja de papel de la bandeja.
Jeannie saco el disquete de la disquetera y se lo guardo en el bolsillo de la chaqueta azul electrico.
La impresora expulso cuatro hojas de papel y se detuvo.
Con el corazon saltandole demencialmente en el pecho, Jeannie arrebato las paginas a la bandeja y examino las lineas impresas.
Habia treinta o cuarenta parejas de nombres. La mayoria eran masculinos, pero eso no tenia nada de extrano: casi todos los crimenes los cometen hombres. En algunos casos, la direccion era una carcel. La lista era exactamente lo que Jeannie habia esperado. Busco los nombres de «Steve Logan» o «Dennis Pinker». Ambos figuraban alli.
Y estaban ligados a un tercero: Wayne Stattner.
– ?Si! -exclamo Jeannie, exultante.
Habia una direccion de la ciudad de Nueva York y el numero telefonico.
Contemplo el nombre. Wayne Stattner. Era el individuo que habia violado a Lisa alli mismo, en el gimnasio, y que ataco a Jeannie en Filadelfia.
– Hijo de puta -musito la muchacha con acento vengativo-. Vamos a cazarte.
Lo primero era escapar de alli con la informacion. Se metio los papeles en el bolsillo, apago la luz y abrio la puerta. Oyo voces en el pasillo. Se elevaban por encima del gemido de la alarma, que seguia ululando. Era demasiado tarde. Volvio a cerrar la puerta, cautelosamente. Noto debiles las piernas y se pego a puerta, a la escucha.
Oyo la voz de un hombre que gritaba:
– Estoy seguro de haber visto luz en uno de esos despachos.
– Sera mejor que los registremos todos -replico otra voz.
A la tenue claridad que una farola de la calle proyectaba a traves de la ventana, Jeannie recorrio con la mirada el ambito de la pequena estancia. Ningun sitio donde esconderse.
Abrio la puerta unos centimetros. No vio ni oyo nada. Asomo la cabeza. Por el hueco de una puerta abierta, en el extremo del pasillo salia un chorro de luz. Jeannie aguardo, ojo avizor. Salieron los guardias de seguridad, apagaron la luz, cerraron la puerta y entraron en la pieza contigua, que era el laboratorio. Registrarlo les iba a llevar un minuto. ?Podria escabullirse sin ser vista y alcanzar la escalera?
Jeannie salio al pasillo y cerro tras de si la puerta, con mano temblorosa.
Echo a andar corredor adelante. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no echar a correr.
Paso por delante de la puerta del laboratorio. No pudo resistir la tentacion de echar una ojeada al interior. Los dos guardias estaban de espaldas; uno miraba dentro de un armario de articulos de escritorio y el otro observaba con curiosidad una hilera de peliculas con pruebas de ADN colocadas sobre el cristal de una caja de luz. No la vieron.
Faltaba poco para conseguirlo. Llego al final del pasillo y empujo la puerta batiente.
Cuando estaba a punto de franquearla, una voz grito:
– ?Eh! ?Usted! ?Alto!
Hasta el ultimo nervio de su cuerpo se puso rigido, dispuesto a lanzarse a la carrera, pero Jeannie se domino. Dejo que el batiente de la puerta volviera a su lugar, giro sobre sus talones y sonrio.
