Mish.

– ?Tienes una direccion?

– Si. De Nueva York.

– Damela.

– Con una condicion.

La voz de Mish se endurecio.

– Estas hablando con la policia, Jeannie. Nada de imponer condiciones, te limitas a responder a nuestras malditas preguntas y a otra cosa. Ahora, dame esa direccion.

– Tengo que darme una satisfaccion. Quiero verle.

– Lo que quieres es ir a la carcel, esa es la cuestion en lo que a ti concierne en estos momentos, porque si no quieres verte entre rejas, dame esas senas.

– Quiero que vayamos a verle las dos juntas. Manana.

Otra pausa.

– Deberia meterte en el talego por proteger a un delincuente.

– Podriamos coger el primer avion que salga para Nueva York manana por la manana.

– Vale.

SABADO

43

Cogieron el vuelo USAir a Nueva York a las 6.40 de la manana.

Jeannie se sentia pletorica de esperanza. Aquello podia representar para Steve el fin de la pesadilla. La noche anterior le habia telefoneado para ponerle al corriente de los acontecimientos y el muchacho se mostro enajenado. Quiso ir a Nueva York con ellas, pero Jeannie sabia que Mish no iba a permitirlo. Prometio llamarle en cuanto tuviese mas noticias.

Mish mantenia una especie de escepticismo tolerante. Le resultaba muy dificil creer la historia de Jeannie, pero tenia que comprobarla.

Los datos de Jeannie no revelaban el motivo por el cual las huellas dactilares de Wayne Stattner estaban en el archivo del FBI, pero Mish lo habia verificado durante la noche y le conto a Jeannie la historia cuando despegaron del Aeropuerto Internacional Baltimore-Washington. Cuatro anos antes, los preocupados padres de una nina de catorce anos que habia desaparecido siguieron la pista de su hija hasta el apartamento de Stattner en Nueva York. Le acusaron de secuestro. El lo nego, alegando que no habia obligado a la nina a ir con el. La propia chica dijo que estaba enamorada de Stattner. Wayne solo tenia entonces diecinueve anos, asi que no hubo procesamiento.

El caso sugeria que Stattner necesitaba dominar mujeres, pero para Jeannie no encajaba de modo absoluto en la psicologia de un violador. Sin embargo, Mish dijo que no existian normas estrictas.

Jeannie no le habia hablado a Mish del sujeto que la agredio en Filadelfia. Sabia que Mish no iba a aceptar su palabra de que aquel hombre no era Steve. Mish hubiera querido interrogar personalmente a Steve, y eso era lo ultimo que al muchacho le hacia falta. En consecuencia, Jeannie tambien se abstuvo de mencionar al hombre que le telefoneo el dia anterior para amenazarla de muerte. No se lo habia contado a nadie, ni siquiera a Steve; no deseaba proporcionarle mas preocupaciones.

Jeannie queria caerle bien a Mish, pero entre ellas siempre habia una barrera de tension. Como miembro de la policia, Mish esperaba que todo el mundo hiciera lo que se le ordenase, y eso era algo que Jeannie detestaba en una persona. En un intento de acercarse a ella, Jeannie le pregunto como le dio por ingresar en la policia.

– Solia trabajar de secretaria y encontre empleo en el FBI -respondio Mish-. Estuve alli diez anos. Empece a darme cuenta de que podia hacer el trabajo mejor que el agente a cuyas ordenes estaba. De modo que presente mi solicitud para recibir formacion de policia. Ingrese en la academia, me hice agente de uniforme y luego me presente voluntaria para misiones secretas en la brigada antidroga. Aquello era escalofriante, pero demostre que tenia valor y resistencia.

Durante un momento, Jeannie se sintio algo distante de su companera. Jeannie solia fumar un poco de hierba de vez en cuando y le fastidiaban las personas que querian encarcelar a la gente por ello.

– Despues me traslade a la Unidad de Abusos contra la Infancia -continuo Mish-. No dure mucho alli. Nadie dura mucho alli. Es un trabajo importante, pero una no puede aguantar mucho esa clase de cosas. Acabaria loca. Asi que al final vine a parar a Delitos Sexuales.

– No parece una mejora sustancial.

– Por lo menos, las victimas son adultas. Y al cabo de un par de anos me ascendieron a sargento y me pusieron al cargo de la unidad.

– Opino que todos los detectives que se encargaran de casos de violacion deberian ser mujeres -dijo Jeannie.

– No estoy muy segura de compartir tu idea.

Palabras que sorprendieron a Jeannie.

– ?No crees que las victimas se explayarian mas hablando con mujeres?

– Las victimas de mas edad, puede; las que hayan pasado de los setenta, pongamos.

Jeannie se estremecio ante la idea de que violasen a fragiles ancianas.

– Pero, francamente -continuo Mish-, la mayor parte de las victimas contarian su experiencia a una farola.

– Los hombres siempre piensan que ellas se lo buscan.

– Pero la denuncia de una violacion ha de ponerse en duda en algun punto, si ha de haber un juicio imparcial. Y cuando se llega a esa clase de interrogatorio, las mujeres son capaces de comportarse con mas brutalidad que los hombres, especialmente con otras mujeres.

A Jeannie le resultaba eso dificil de creer y se pregunto si no estaria Mish defendiendo a sus colegas masculinos ante una intrusa.

Cuando se quedaron sin temas de conversacion, Jeannie se sumio en una especie de ensimismamiento. Se preguntaba que le reservaria el futuro. No le cabia en la cabeza la idea de que tal vez no pudiese continuar desarrollando labores cientificas durante el resto de su vida. En su sueno del futuro se veia como una anciana famosa, con pelo gris y genio de cascarrabias, pero conocida en todo el mundo. Y a los estudiantes se les decia: «No se comprendio la conducta criminal humana hasta la publicacion, en el ano 2000, del revolucionario libro de la doctora Ferrami». Ahora, sin embargo, eso no iba a suceder. Y ella necesitaba una nueva fantasia.

Llegaron a La Guardia poco despues de las ocho y tomaron un destartalado taxi amarillo que las adentro por Nueva York. El vehiculo tenia los muelles de la suspension en un estado realmente deplorable y no paro de dar botes y traqueteos a lo largo del trayecto por Queens y el Midtown Tunnel, hasta Manhattan. Jeannie se hubiera sentido incomoda en un Cadillac: se dirigia a ver al hombre que la habia atacado en su propio automovil y notaba el estomago como un caldero de acido hirviente.

La direccion de Wayne Stattner resulto ser un impresionante edificio del centro de la ciudad, al sur de la calle Houston. La manana era soleada y en las calles ya habia gente que compraba bollos, tomaba capuchinos en los bares de las aceras y miraban los escaparates de las galerias de arte.

Un detective de la comisaria numero uno las estaba esperando, en un Ford Escort aparcado en doble fila y con una de las puertas posteriores abollada. Les estrecho la mano y se presento malhumoradamente como Herb Reitz. Jeannie supuso que hacer de canguro de detectives forasteros le parecia al hombre algo asi como denigrante.

– Te agradecemos que hayas acudido a ayudarnos en sabado. -Mish acompano sus palabras con una sonrisa calida y coqueta. El hombre se suavizo un poco.

– No hay problema.

– Si alguna vez necesitas que te echen una mano en Baltimore, no tienes mas que recurrir a mi

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