era excelente: Steve. Sus ojos se encontraron y se entendieron a la perfeccion.
Su amistad prosiguio cuando salieron de la academia, pues ambos fueron destinados a Pearl Harbor. Cuando Steve se caso con Nella, Eddie fue el padrino, y Steve intercambio papeles con Eddie el ano anterior. Steve continuaba en la Marina, destinado en el astillero de Portsmouth (New Hampshire). Ahora se veian con menos frecuencia, pero no importaba, porque su amistad era de aquellas que sobreviven a largos periodos sin contacto. No se escribian, a menos que tuvieran algo importante de contar. Cuando coincidian en Nueva York cenaban, iban a bailar y compartian una estrecha amistad, como si se hubieran visto por ultima vez el dia antes. Eddie habria confiado su alma a Steve.
Steve era muy habilidoso. Conseguia lo que los demas no podian: un pase de fin de semana, una botella de licor, un par de entradas para un partido importante…
Eddie decidio que intentaria ponerse en contacto con el.
Se sintio un poco mejor despues de haber tomado algo parecido a una decision. Entro corriendo en el hotel.
Se dirigio a la pequena oficina y dio el numero de la base naval a la propietaria del hotel. Despues subio a su habitacion. La mujer vendria a buscarle cuando consiguiera la comunicacion.
Se quito el mono. No queria que le interrumpieran en mitad del bano, de modo que se lavo la cara y las manos en el dormitorio, vistiendose a continuacion con una camisa blanca y los pantalones del uniforme. La rutina le calmo un poco, pero estaba muy impaciente. No sabia lo que Steve diria, pero compartir el problema constituiria un alivio.
Se estaba anudando la corbata cuando la propietaria llamo a la puerta. Eddie bajo corriendo la escalera y descolgo el telefono. Le habian conectado con la operadora de la base.
– Pongame con Steve Appleby, por favor -dijo.
– El teniente Appleby no puede ponerse al telefono en este momento -contesto la mujer. El corazon le dio un vuelco a Eddie-. ?Quiere que le de el recado?
Eddie se sentia amargamente decepcionado. Sabia que Steve no podria agitar una varita magica y rescatar a Carol-Ann, pero al menos habrian hablado, y tal vez habria surgido alguna idea.
– Senorita, es una emergencia. ?Donde diablos esta?
– ?Puede decirme quien le llama, senor?
– Soy Eddie Deakin.
La operadora abandono al instante su tono formal.
– ?Hola, Eddie! Fuiste su padrino de bodas, ?verdad? Soy Laura Gross. Nos conocemos. -Bajo la voz como una conspiradora-. Steve no ha pasado la noche en la base, extraoficialmente.
Eddie gruno para si. Steve estaba haciendo algo que no debia… en el momento menos apropiado.
– ?Cuando volvera?
– Tenia que haber regresado antes de amanecer, pero aun no ha dado senales de vida.
Peor aun. Steve no solo se hallaba ausente, sino que tal vez se habia metido en algun lio.
– Puedo pasarte con Nella -dijo la operadora-. Esta en la oficina.
– Vale, gracias.
No iba a confesar sus problemas a Nella, desde luego, pero quiza averiguaria algo mas sobre el paradero de Steve. Dio pataditas en el suelo, nervioso, mientras aguardaba la conexion. Recreo en su mente a Nella: era una muchacha afectuosa de rostro redondo y pelo largo rizado.
Por fin, escucho su voz.
– ?Diga?
– Nella, soy Eddie Deakin.
– Hola, Eddie. ?Donde estas?
– Llamo desde Inglaterra, Nella. ?Donde esta Steve?
– ?Desde Inglaterra! ?Santo Dios! Steve esta, hummm, ilocalizable ahora. ?Pasa algo? -pregunto, en tono preocupado.
– Si. ?Cuando crees que volvera Steve?
– En el curso de la manana, tal vez dentro de una hora o asi. Eddie, pareces muy nervioso. ?Que pasa? ?Tienes algun problema?
– Dile a Eddie que me llame aqui, si llega a tiempo. Le dio el numero de telefono del Langdown Lawn. Ella lo repitio.
– Eddie, ?quieres hacer el favor de contarme que ocurre?
– No puedo. Dile que me llame. Me quedare aqui otra hora. Despues, he de volver al avion… Hoy regresamos a Nueva York.
– Lo que tu digas -dijo Nella, vacilante-. ?Como esta Carol-Ann?
– He de irme. Adios, Nella.
Colgo sin esperar la respuesta. Sabia que se habia comportado con rudeza, pero estaba demasiado preocupado para que le importara. Se sentia a punto de estallar.
Como no sabia que hacer, subio la escalera y regreso a su cuarto. Dejo la puerta entreabierta, para oir el timbre del telefono del vestibulo, y se sento en el borde de la cama individual. Tenia ganas de llorar, por primera vez desde que era nino. Sepulto la cabeza entre sus manos.
– ?Que voy a hacer?
Recordo el secuestro de Lindbergh. Se publico en todos los periodicos cuando estaba en Annapolis, siete anos antes. Habian asesinado a su hijo.
– Oh, Dios mio, salva a Carol-Ann -rezo.
Ya no solia rezar. Los rezos nunca habian servido de nada a sus padres. Solo creia en si mismo. Meneo la cabeza. No era el momento de acudir a la religion. Tenia que pensar y hacer algo.
La gente que habia secuestrado a Carol-Ann queria que Eddie subiera al avion, eso estaba claro. Tal vez era motivo suficiente para no hacerlo, pero en este caso no se encontraria con Tom Luther ni averiguaria que querian de el. Quiza pudiera frustrar sus planes, pero perderia hasta la mas infima posibilidad de lograr el control de la situacion.
Se levanto y abrio su maletin. Solo podia pensar en Carol-Ann, pero guardo como una automata los utiles de afeitar, el pijama y la ropa sucia. Se peino y guardo los cepillos.
El telefono sono cuando iba a sentarse otra vez.
Salio de la habitacion en dos zancadas. Bajo la escalera como un rayo, pero alguien llego al telefono antes que el. Cruzo el vestibulo y oyo la voz de la propietaria.
– ?El cuatro de octubre? Voy a ver si quedan plazas libres.
Volvio sobre sus pasos, cabizbajo. Se dijo que Steve tampoco podria hacer nada. Nadie podia ayudarle. Alguien habia raptado a Carol-Ann, y Eddie iba a obedecer sus ordenes para recuperarla. Nadie le sacaria del apuro en que se encontraba.
Entristecido, recordo que se habian peleado la ultima vez que la vio. Nunca se lo perdonaria. Deseo con todo su corazon haberse mordido la lengua. ?De que mierda habian discutido? Juro que nunca mas se pelearia con ella, si conseguia rescatarla con vida.
?Por que sonaba ese jodido telefono?
Llamaron a la puerta y entro Mickey, vestido con el uniforme de vuelo y cargando la maleta.
– ?Preparado para marcharnos? dijo en tono jovial. El panico se apodero de Eddie.
– ?Ya es hora?
– ?Claro!
– Mierda,…
– ?Que pasa, tanto te gusta esto? ?Quieres quedarte a luchar contra los alemanes?
Eddie tenia que concederle unos minutos mas a Steve.
– Ve pasando -dijo a Mickey-. Enseguida te alcanzo.
Mickey parecio herirle un poco que Eddie no quisiera acompanarle. Se encogio de hombros.
– Hasta luego -dijo, y se marcho.
?Donde cojones estaba Steve Appleby?
Siguio, sentado durante quince minutos, con la vista clavada en el papel pintado.
Por fin, cogio su maleta y bajo la escalera poco a poco, mirando el telefono como si fuera una serpiente
