los fascistas, pero se enfureceria si la joven se negaba a plegarse a sus planes.

Margaret se habia peleado muchas veces con su padre por motivos similares. Se habia puesto furioso cuando aprendio a conducir sin su permiso, y cuando descubrio que ella habia acudido a una conferencia de Marie Stopes, la controvertida pionera de la anticoncepcion, estuvo a punto de sufrir un ataque de apoplejia. En aquellas ocasiones, no obstante, le habia ganado la partida actuando a sus espaldas. Nunca habia ganado en una confrontacion directa. A la edad de dieciseis anos, le habia prohibido que fuera de camping con su prima Catherine y varias amigas de esta, a pesar de que el vicario y su esposa supervisaban la expedicion. Las objeciones de su padre se debian a que tambien iban chicos. Su discusion mas virulenta habia girado en torno al deseo de Margaret de ir al colegio. Habia suplicado, implorado, chillado y sollozado, pero el se mostro implacable.

– Las chicas no tienen por que ir al colegio -habia dicho-. Crecen y se casan.

Pero no podia seguir castigando y reprimiendo a sus hijas por los siglos de los siglos, ?verdad?

Margaret se sentia inquieta. Se levanto y paseo por el vagon, con tal de hacer algo. Casi todos los demas pasajeros del clipper, por lo visto, compartian su estado de animo indeciso, entre la excitacion y la depresion. Cuando todos se reunieron en la estacion de Waterloo para subir al tren, se produjo un regocijado intercambio de conversaciones y risas. Habian consignado su equipaje en Waterloo. Hubo un pequeno problema con el baul de mama, que excedia de manera exagerada el peso limite, pero la mujer habia hecho caso omiso de lo que decia el personal de la Pan American, consiguiendo que el baul fuera aceptado. Un joven uniformado habia recogido sus billetes, acompanandoles al vagon especial. Despues, a medida que se alejaban de Londres, los pasajeros se fueron sumiendo en el silencio, como si se despidieran en privado de un pais que tal vez jamas volverian a ver.

Habia entre los pasajeros una estrella de cine norteamericana de fama mundial, culpable en parte de los murmullos excitados. Se llamaba Lulu Bell. Percy estaba sentado a su lado en estos momentos, hablando con ella como si la conociera de toda la vida. Margaret deseaba hablar con la mujer, pero no se atrevia a acercarse y entablar conversacion. Percy era mas atrevido.

La Lulu Bell de carne y hueso parecia mayor que en la pantalla. Margaret calculo que frisaria la cuarentena, aunque todavia interpretaba papeles de jovencitas y recien casadas. En cualquier caso, era bonita. Pequena y vivaz, hizo pensar a Margaret en un pajarito, un gorrion o un reyezuelo.

– Su hermano pequeno me esta entreteniendo -dijo la actriz, respondiendo a la sonrisa de Margaret.

– Confio en que se este portando con educacion.

– Oh, desde luego. Me ha hablado de su abuela, Rachel Fishbein. -La voz de Lulu adquirio un tono solemne, como si estuviera comentando alguna heroicidad tragica-. Tiene que haber sido una mujer maravillosa.

Margaret se sintio algo violenta. Percy disfrutaba contando mentiras a los desconocidos. ?Que demonios le habria dicho a esta pobre mujer? Sonrio vagamente, un truco que habia aprendido de su madre, y continuo paseando.

Percy siempre habia sido travieso, pero su audacia habia aumentado en los ultimos tiempos. Crecia en estatura, su voz era mas grave y sus bromas rozaban lo peligroso. Aun temia a papa, y solo se oponia a la voluntad paterna si Margaret le respaldaba, pero esta sospechaba que se aproximaba el dia en que se rebelaria abiertamente. ?Como se lo tornaria papa? ?Podria dominar a un chico con la misma facilidad que a sus hijas? Margaret creia que no.

Margaret distinguio al final del vagon a una misteriosa figura que le resulto familiar. Un hombre alto, de mirada intensa y ojos ardientes, que destacaba entre esta multitud de personas bien vestidas y alimentadas porque era delgado como la muerte y llevaba un traje raido de tela gruesa y aspera. Su cabello era muy corto, como el de un presidiario. Parecia preocupado y tenso.

Sus miradas se cruzaron, y Margaret le reconocio al instante. Nunca se habian encontrado, pero habia visto su foto en los periodicos. Era Carl Hartmann, el socialista y cientifico aleman. Decidida a ser tan osada como su hermano, Margaret se sento delante del hombre y se presento. Hartmann, que se habia opuesto a Hitler durante mucho tiempo, se habia convertido en un heroe para los jovenes como Margaret por su valentia. Luego, habia desaparecido un ano antes, y todo el mundo temio lo peor. Margaret supuso que habia escapado de Alemania. Tenia el aspecto de un hombre recien salido del infierno.

– El mundo entero se preguntaba que habia sido de usted -dijo Margaret.

El hombre contesto en un ingles correcto, aunque de pronunciado acento.

– Estaba bajo arresto domiciliario, pero me permitian continuar mis trabajos cientificos.

– ?Y despues?

– Me escape -dijo, sin mas explicaciones. Presento al hombre sentado a su lado-. ?Conoce a mi amigo, el baron Gabon?

Margaret habia oido hablar de el. Philippe Gabon era un banquero frances que utilizaba su inmensa fortuna para apoyar causas judias, como el sionismo, lo cual le habia granjeado la antipatia del gobierno britanico. Pasaba casi todo el tiempo viajando por el mundo, tratando de convencer a las naciones de que aceptaran a los judios huidos del nazismo, Era un hombre bajo, regordete, de pulcra barba, ataviado cor un elegante traje negro, chaleco gris y corbata blanca. Margaret supuso que el era quien pagaba el billete de Hartmann. Estrecho su mano y continuo charlando con Hartmann.

– Los periodicos no han informado de su huida -senalo.

– Nuestra intencion es mantener el secreto hasta que Carl haya abandonado Europa sano y salvo -dijo el baron Gabon.

Ominosas palabras, penso Margaret; da la impresion de que los nazis aun le persiguen.

– ?Que va a hacer en Estados Unidos? -pregunto.

– Trabajare en el departamento de Fisica de Princeton -contesto Hartmann. Una amarga expresion cubrio su rostro-. No queria abandonar mi pais, pero si me hubiera quedado, mi trabajo habria contribuido a la victoria nazi.

Margaret no sabia nada acerca de su trabajo, solo que era cientifico. Lo que le interesaba de verdad eran sus opiniones politicas.

– Su valentia ha ejercido gran influencia en mucha gente -dijo.

Pensaba en Ian, que habia traducido los discursos de Hartmann, cuando a Hartmann le permitian pronunciar discursos.

Sus alabanzas parecieron incomodarle.

– Ojala hubiera continuado. Lamento haberme rendido.

– No te has rendido, Carl -intervino el baron Gabon-. No te acuses sin motivo. Hiciste lo unico que podias.

Hartmann cabeceo. Su razon le decia que Gabon estaba en lo cierto, pero en el fondo de su corazon creia haber traicionado a su pais. Margaret lo comprendio asi, y habria querido confortarle, pero no supo como. La aparicion del acompanante de la Pan American soluciono su dilema.

– La comida esta preparada en el siguiente vagon. Vayan acomodandose, por favor.

– Ha sido un honor conocerle -dijo Margaret, poniendose en pie-. Espero que tendremos mas oportunidades de seguir conversando.

– Estoy seguro -dijo Hartmann, sonriendo por primera vez Viajaremos juntos durante cuatro mil ochocientos kilometros.

Margaret entro en el vagon restaurante y se sento con su familia. Mama y papa estaban sentados a un lado de la mesa, y los tres hijos se apretujaban en la otra, con Percy entre Margaret y Elizabeth. Margaret miro de reojo a Elizabeth. ?Cuando soltaria la bomba?

El camarero sirvio agua y papa ordeno una botella de vino del Rin. Elizabeth guardaba silencio y miraba por la ventanilla. Margaret esperaba, intrigada.

– ?Que os pasa, ninas? -pregunto mama, notando la tension.

Margaret no dijo nada.

– Tengo algo importante que deciros -hablo por fin Elizabeth.

El camarero vino con una crema de champinones y Elizabeth aguardo a que les sirviera. Su madre pidio una ensalada.

– ?Que es, querida? -pregunto, cuando el camarero se hubo marchado.

Margaret contuvo el aliento.

– He decidido no ir a Estados Unidos -dijo Elizabeth.

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