– ?De que demonios hablas? -estallo su padre-. Claro que iras… ?Ya estamos en camino!

– No, no volare con vosotros -insistio Elizabeth con calma. Margaret la observo con atencion. Elizabeth hablaba sin alzar la voz, pero su largo rostro, no muy atractivo, estaba palido de tension. Margaret se sintio solidaria con ella, pese a todo.

– No digas tonterias, Elizabeth. Papa te ha comprado el billete -dijo su madre.

– A lo mejor nos devuelven el importe -intervino Percy.

– Callate, idiota -le conmino su padre.

– Si intentais obligarme -prosiguio Elizabeth-, me negare a subir al avion. No creo que la compania aerea os permita llevarme a bordo chillando y pataleando.

Elizabeth habia sido muy lista, penso Margaret. Habia sorprendido a papa en un momento vulnerable. No podia subirla a bordo por la fuerza, y no podia quedarse en tierra para buscar una solucion al problema porque las autoridades le detendrian por fascista.

Pero su padre aun no estaba derrotado. Habia comprendido la gravedad de la situacion. Bajo su cuchara.

– ?Que piensas hacer si te quedas aqui? -pregunto con sarcasmo-. ?Alistarte en el ejercito, como pretendia la retrasada mental de tu hermana?

Margaret enrojecio de ira ante el insulto, pero se mordio la lengua y no dijo nada, esperando que Elizabeth le aplastara.

– Ire a Alemania -dijo Elizabeth.

Su padre enmudecio por un momento.

– Querida, ?no crees que estas llevando las cosas demasiado lejos? -tanteo su madre.

Percy hablo, imitando perfectamente a su padre.

– Este es el resultado de permitir a las chicas hablar de politica -dijo en tono pomposo-. La culpa es de Marie Stopes…

– Cierra el pico, Percy -dijo Margaret, hundiendole los dedos entre las costillas.

Se quedaron en silencio hasta que el camarero se llevo la sopa intacta. Lo ha hecho, penso Margaret; ha tenido las agallas de decirlo. ?Se saldra con la suya?

Margaret observo que su padre estaba desconcertado. Le habia resultado facil mofarse de Margaret por querer quedarse a luchar contra los fascistas, pero era mas dificil escarnecer a Elizabeth, porque estaba de su parte.

Sin embargo, una pequena duda moral nunca le preocupaba durante mucho rato.

– Te lo prohibo absolutamente -dijo, en cuanto el camarero se alejo, en tono concluyente, como dando por finalizada la discusion.

Margaret miro a Elizabeth. ?Cual seria su reaccion? Su padre ni siquiera se dignaba discutir con ella.

– Temo que no me lo puedes prohibir, querido papa -respondio Elizabeth, con sorprendente suavidad-Tengo veintiun anos y puedo hacer lo que me de la gana.

– Mientras dependas de mi, no.

– En ese caso, me las tendre que arreglar sin tu apoyo. Cuento con un pequeno capital.

Papa bebio un veloz trago de vino.

– No lo permitire y punto.

Parecia una amenaza vana. Margaret empezo a creer que Elizabeth iba a lograrlo. No sabia si sentirse contenta por la previsible derrota de papa, o enfurecida porque Elizabeth iba a unirse a los nazis.

Les sirvieron lenguado de Dover. Solo Percy comio. Elizabeth estaba palida de miedo, pero fruncia la boca con determinacion. Margaret no tuvo otro remedio que admirar su fuerza de voluntad, aunque despreciaba su proposito.

– Si no vas a venir a Estados Unidos, ?por que has subido al tren? -pregunto Percy.

– He encargado pasaje en un barco que zarpa de Southampton.

– No puedes ir en barco a Alemania desde este pais -dijo su padre, triunfante.

Margaret se sintio consternada. Claro que no. ?Se habria equivocado Elizabeth? ?Fracasaria todo su plan por este simple detalle?

Elizabeth no se inmuto.

– El barco va a Lisboa -explico con calma-. He enviado un giro postal a un banco de alli y reservado hotel.

– ?Maldita trampa! -grito su padre. Un hombre de la mesa vecina les miro.

Elizabeth continuo como si no le hubiera oido.

– Una vez en Lisboa, encontrare un barco que me lleve a Alemania.

– ?Y despues? -pregunto su madre.

– Tengo amigos en Berlin, mama. Ya lo sabes.

Su madre suspiro.

– Si, querida.

Parecia muy triste. Margaret comprendio que habia aceptado la inevitabilidad de la situacion.

– Yo tambien tengo amigos en Berlin -grito su padre.

Varias personas de las mesas contiguas levantaron la vista.

– Baja la voz, querido -dijo mama-. Te oimos muy bien.

– Tengo amigos en Berlin que te enviaran de vuelta en cuanto llegues -siguio su padre, en voz mas queda.

Margaret se llevo la mano a la boca. Su padre podia conseguir que los alemanes expulsaran a Elizabeth, por supuesto; el gobierno podia hacer cualquier cosa en un pais fascista. ?Terminaria la huida de Elizabeth ante un despreciable burocrata, que examinaria su pasaporte, menearia la cabeza y le denegaria el permiso de entrada?

– No lo haran -replico Elizabeth.

– Ya lo veremos -dijo papa, con escasa seguridad, en opinion de Margaret.

– Me recibiran con los brazos abiertos, papa -afirmo Elizabeth, y la nota de cansancio en su voz doto de mas convencimiento a sus palabras-. Convocaran una rueda de prensa para anunciar al mundo que he escapado de Inglaterra para unirme a su causa, al igual que los miserables periodicos ingleses publicaron la desercion de judios alemanes importantes.

– Espero que no descubran lo de la abuela Fishbein -declaro Percy.

Elizabeth se habia preparado contra los ataques de su padre, pero el cruel humor de Percy atraveso sus defensas.

– ?Cierra el pico! ?Eres un chico horrible! -grito, y se puso a llorar.

El camarero se llevo de nuevo sus platos intactos. El siguiente consistia en costillas de cordero con guarnicion de verduras. El camarero sirvio vino. Mama tomo un sorbo, senal de que estaba afligida.

Papa empezo a comer, atacando la carne con el cuchillo y el tenedor y masticando con furia. Margaret estudio su rostro colerico, y se quedo sorprendida al detectar una huella de perplejidad tras la mascara de rabia. Pocas veces se le veia agitado; su arrogancia solia sortear todas las crisis. Mientras examinaba su expresion, comprendio que todo el mundo de su padre se estaba viniendo abajo. Esta guerra era el fin de sus esperanzas. Habia querido que los ingleses abrazaran el fascismo bajo su liderazgo, pero en lugar de ello habian declarado la guerra al fascismo y le exiliaban.

La verdad era que le habian rechazado a mediados de los anos treinta, pero hasta ahora habia hecho la vista gorda, fingiendo que un dia acudirian a el cuando fuera necesario. Supuso que por esa razon estaba tan irritado: vivia una mentira. Su celo de cruzado habia degenerado en una mania obsesiva, su confianza en fanfarronadas, y al fracasar en su intento de convertirse en el dictador de Inglaterra solo le habia quedado la opcion de tiranizar a sus hijos. Ahora, sin embargo, ya no podia ignorar la verdad. Abandonaba su pais y, como comprendio Margaret de repente, nunca le permitirian regresar.

Y para colmo, en el momento en que sus esperanzas politicas se reducian a la nada, sus hijos tambien se rebelaban. Percy fingia ser judio, Margaret habia intentado escapar, y Elizabeth, el unico seguidor que le quedaba, le estaba desafiando.

Margaret pensaba que agradeceria la aparicion de una brecha en su armadura, pero se sentia incomoda. El firme despotismo de papa habia sido una constante en su vida, y el hecho de que pudiera desmoronarse la desconcertaba. Se sintio repentinamente insegura, como una nacion oprimida que encarase la perspectiva de una

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