revolucion.
Intento comer algo, pero apenas podia tragar. Mama jugueteo con un tomate durante unos momentos, y luego dejo caer su tenedor.
– ?Hay algun chico de Berlin que te guste, Elizabeth? -pregunto de subito.
– No -contesto Elizabeth.
Margaret le creyo, pero la pregunta de mama, en cualquier caso, habia sido muy perspicaz. Margaret sabia que Alemania no solo atraia a Elizabeth desde un punto de vista ideologico. Habia algo en los altos y rubios soldados, en sus uniformes inmaculados y botas centelleantes, que estremecia profundamente a Elizabeth. Mientras la sociedad londinense consideraba a Elizabeth una chica mas bien fea y vulgar, procedente de una familia excentrica, en Berlin era algo especial: una aristocrata inglesa, la hija de un pionero del fascismo, una extranjera que admiraba a la Alemania nazi. Su desercion nada mas estallar la guerra le granjearia una gran popularidad; la agasajarian como a una celebridad. Se enamoraria de algun oficial joven, o de un relevante miembro del partido, se casarian y tendrian hijos rubios que hablarian aleman.
– Lo que vas a hacer es muy peligroso, querida -dijo mama-. Papa y yo estamos preocupados por tu seguridad.
Margaret se pregunto si a papa le preocupaba en realidad la seguridad de Elizabeth. A madre si, seguro, pero lo que mas irritaba a papa era la desobediencia. Tal vez, oculto bajo su furia, existia un vestigio de ternura. No siempre habia sido intratable. Margaret recordaba momentos carinosos, incluso divertidos, tiempo atras. El recuerdo la entristecio hasta limites insospechados.
– Se que es peligroso, mama -contesto Elizabeth-, pero mi futuro se juega en esta guerra. No quiero vivir en un mundo dominado por financieros judios y mugrientos sindicalistas manipulados por el partido Comunista.
– ?Que disparate! -exclamo Margaret, pero nadie la escucho.
– Entonces, ven con nosotros -dijo mama-. Estados Unidos es un lugar estupendo.
– Los judios controlan Wall Street…
– Creo que exageras -dijo mama con firmeza, evitando mirar a papa-. Es cierto que hay demasiados judios y otros personajes desagradables en el mundo de las finanzas norteamericanas, pero la gente decente les sobrepasa en numero. Recuerda que tu abuelo era banquero.
– Es increible que hayamos pasado de afiladores a banqueros en solo dos generaciones -dijo Percy.
– Estoy de acuerdo con tus ideas, querida -continuo mama-, ya lo sabes, pero creo que no hace falta morir por ellas. Ninguna causa lo merece.
Margaret se quedo estupefacta. Mama estaba diciendo que no valia la pena morir por la causa del fascismo, lo cual suponia casi una blasfemia a los ojos de papa. Nunca habia visto a su madre rebelarse contra el de esta forma. Margaret tambien se dio cuenta de que Elizabeth estaba sorprendida. Las dos miraron a papa, que enrojecio un poco y gruno, expresando su desaprobacion, pero no se produjo la explosion que todos esperaban. Y esto fue lo mas sorprendente de todo.
Sirvieron el cafe y Margaret vio que habian llegado a las afueras de Southampton. El tren se detendria dentro de pocos minutos en la estacion. ?Iba Elizabeth a conseguirlo?
El tren redujo la velocidad.
– Me bajo del tren en la estacion central -dijo Elizabeth al camarero-. ?Quiere traer mi equipaje del vagon contiguo, por favor? Es una bolsa roja de piel, y me llamo lady Elizabeth Oxenford.
– Desde luego, senorita.
Casas suburbanas de ladrillo rojo pasaron ante las ventanillas del vagon como filas de soldados. Margaret observaba a papa. No decia nada, pero su rostro, a causa de la rabia contenida, estaba hinchado como un globo. Mama apoyo una mano en su rodilla.
– No hagas una escena, querido, por favor -dijo.
Papa no contesto.
El tren se detuvo en la estacion.
Elizabeth estaba sentada junto a la ventanilla. Miro a Margaret. Esta y Percy se levantaron para dejarla pasar, y despues se volvieron a sentar.
Papa se puso en pie.
Los demas pasajeros presintieron la tension y contemplaron la escena: Elizabeth y papa plantandose cara en el pasillo, mientras el tren se detenia.
La idea de que Elizabeth habia elegido el momento perfecto volvio a llamar la atencion de Margaret. A papa le resultaria dificil emplear la fuerza en estas circunstancias; los demas pasajeros podrian impedirselo. Sin embargo, el miedo la atenazo.
El rostro de papa se habia tenido de purpura, y sus ojos casi se le salian de las orbitas. Respiraba con violencia. Elizabeth temblaba, pero su boca reflejaba firmeza.
– Si bajas del tren ahora, no quiero volver a verte nunca mas -dijo papa.
– ?No digas eso! -grito Margaret, pero ya era demasiado tarde. Nadie podia borrar aquellas palabras.
Mama se puso a llorar.
– Adios -se limito a contestar Elizabeth.
Margaret se levanto y le echo los brazos al cuello.
– ?Buena suerte! -susurro.
– Lo mismo digo -replico Elizabeth, abrazandola.
Beso la mejilla de Percy, se inclino con torpeza sobre la mesa y beso el rostro de mama, anegado en lagrimas. Por fin, miro a papa de nuevo.
– ?Nos estrechamos las manos? -pregunto con voz tensa y dolorosa.
El rostro de papa era una mascara de odio.
– Mi hija ha muerto -replico.
Mama emitio un sollozo de pesar.
El silencio reinaba en el vagon, como si todo el mundo fuera consciente de que un drama familiar estaba llegando a su conclusion.
Elizabeth dio media vuelta y se marcho.
Margaret deseo aferrar a su padre y agitarle hasta que sus dientes castanetearan. Su insensata obstinacion la estremecia. ?Por que no podia darse por vencido una sola vez? Elizabeth era una persona adulta; ?no estaba obligada a obedecer a sus padres el resto de su vida! Papa no tenia derecho a proscribirla. Impulsado por la ira, habia destruido la familia, absurda y vengativamente. Margaret le odio en aquel momento. Al contemplar su semblante furioso y beligerante, quiso decirle que era mezquino, injusto y estupido, pero se mordio los labios y callo, como siempre hacia con su padre.
Elizabeth paso frente a la ventanilla del vagon, cargada con su maleta roja. Les miro a todos, sonrio entre lagrimas y agito su mano libre, casi con timidez. Mama se puso a llorar en silencio. Percy y Margaret le devolvieron el saludo. Papa aparto la vista. Despues, Elizabeth se perdio de vista.
Papa se sento y mama le imito.
Se oyo un silbato y el tren se movio.
Volvieron a ver a Elizabeth, esperando en la cola de salida. Levanto la vista cuando paso su vagon. Esta vez no sonrio ni saludo; su aspecto era triste y taciturno.
El tren acelero y pronto dejaron de ver a Elizabeth.
– La familia es algo maravilloso -comento Percy, y aunque se expreso con sarcasmo, su voz estaba desprovista de humor, aunque henchida de amargura.
Margaret se pregunto si volveria a ver a su hermana.
Mama se seco los ojos con un pequeno panuelo de hilo, pero no paraba de llorar. No solia perder la compostura. Margaret no recordaba la ultima vez que la habia visto llorar. Percy parecia conmovido. La fidelidad de Elizabeth a una causa tan vil deprimia a Margaret, pero no podia reprimir cierta sensacion de jubilo. Elizabeth lo habia conseguido: ?habia desafiado a papa y ganado! Se habia mostrado a su altura, le habia derrotado, habia escapado de sus garras.
Si Elizabeth podia hacerlo, Margaret tambien.
Capto el olor del mar. El tren entro en los muelles. Corria paralelo a la orilla del agua, dejando atras poco a poco cobertizos, gruas y transatlanticos. A pesar de la pena que la embargaba por la partida de su hermana, Margaret experimento un escalofrio de anticipacion.
