aristocrata acaudalada la molestaba; por eso vestia como la mujer de un vicario.

Era una chica formidable, y Harry estaba un poco intimidado, pero adivinaba su punto vulnerable, que le parecia encantador. Por mas encantadora que sea, Harry, recuerda que es un peligro para ti y que necesitas cultivar su amistad. Le pregunto si ya habia volado en alguna ocasion anterior

– Solo a Paris, con mama -respondio ella.

Solo a Paris, con mama, medito Harry, admirado. Su madre jamas iria a Paris o volaria en avion.

– ?Como se siente uno al disfrutar de un privilegio tan grande? -pregunto Harry.

– Odiaba aquellos viajes a Paris. Tenia que tomar el te con aburridos ingleses, cuando lo que me apetecia en realidadera ir a restaurantes llenos de humo donde tocaban orquestas de jazz.

– Mi madre solia llevarme a Margate. Yo chapoteaba en el mar, y comiamos helados y pescado con patatas fritas.

Recordo de repente que no debia hablar de estas cosas y una oleada de panico le invadio. Deberia farfullar vaguedades sobre un internado y una lejana casa de campo, como siempre que se veia forzado a hablar de su infancia con chicas de la alta sociedad, pero Margaret conocia su secreto: el zumbido de los motores impedia que nadie mas escuchara sus palabras. En cualquier caso, cuando se sorprendio diciendo la verdad, se sintio como si, tras haberse lanzado desde el avion, estuviera aguardando a que el paracaidas se abriera.

– Nosotros nunca hemos ido a la playa -dijo Margaret con tristeza-. Solo la gente vulgar va a banarse al mar. Mi hermana y yo envidiabamos a los ninos pobres. Podian hacer lo que les apetecia.

Harry aprecio la ironia de la situacion. Aqui tenia una prueba mas de que habia nacido afortunado: los ninos ricos, que circulaban en enormes coches negros, llevaban chaquetas con cuello de terciopelo y comian carne cada dia, habian envidiado su libertad y su pescado con patatas fritas.

– Me acuerdo de los olores -prosiguio Margaret-. El olor de una pasteleria a la hora de comer, el olor de la maquinaria engrasada cuando pasas cerca de una feria ambulante, el acogedor olor a cerveza y tabaco que se nota al abrirse la puerta de una taberna en una noche de invierno. La gente siempre parecia divertirse en esos sitios. Nunca he entrado en una taberna.

– No se ha perdido gran cosa -dijo Harry, a quien no le gustaban las tabernas-. En el Ritz se come mejor.

– Cada uno prefiere la forma de vida del otro -observo Margaret.

– Pero yo he probado las dos -puntualizo Harry-. Se cual es la mejor.

La joven medito durante unos instantes.

– ?Que espera lograr en la vida? -pregunto de repente.

Era una pregunta muy peculiar.

– Divertirme.

– No, en serio.

– ?Que quiere decir «en serio»?

– Todo el mundo quiere divertirse. ?Que vas a hacer?

– Lo que hago ahora.

Harry, guiado por un impulso, decidio revelarle algo que nunca habia contado a nadie.

– ?Has leido El ladron aficionado, de Hornung? -Margaret nego con la cabeza-. Va de un ladron de guante blanco que fuma cigarrillos turcos, viste prendas exquisitas, consigue que le inviten a casas y roba las joyas de los propietarios. Yo quiero ser como el.

– No digas tonterias, por favor -repico ella con brusquedad.

Harry se sintio un poco herido. Margaret era brutalmente directa cuando pensaba que alguien decia estupideces. Solo que esto no eran estupideces, sino el sueno de su vida. Ahora que le habia abierto su corazon, experimentaba la necesidad de convencerla de que estaba diciendo la verdad.

– No son tonterias -contesto.

– No puedes pasarte la vida robando. Acabaras envejeciendo en la carcel. Hasta Robbin Hood se caso y se establecio al final. ?Que es lo que realmente te gusta?

Harry, en circunstancias normales, habria respondido a esta pregunta con una lista de delicatessen: un piso, un coche, chicas, fiestas, trajes de Savile Row y joyas hermosas. Sin embargo, sabia que ella se burlaria. Lamentaba su actitud, pero tambien era cierto que sus ambiciones no eran tan materialistas y, ante su sorpresa, se descubrio confesandole cosas que jamas habia admitido.

– Me gustaria vivir en una gran casa de campo con las paredes cubiertas de hiedra -dijo.

Callo. De pronto, las emociones le dominaban. Se sintio turbado, pero, por algun motivo que desconocia, tenia muchas ganas de contarle todo esto.

– Una casa en el campo con pista de tenis, caballerizas y rododendros bordeando el camino particular - prosiguio. La recreo en su mente, y se le antojo el lugar mas seguro y comodo del mundo-. Me gustaria pasear por los jardines con botas marrones y un traje de tweed, hablando con los jardineros y los mozos de cuadra, y todos pensarian que yo era un autentico caballero. Invertiria todo mi dinero en negocios solidos como una roca y nunca gastaria ni la mitad de la renta. Al llegar el verano, celebraria fiestas en los jardines, con fresas y nata. Y tendria cinco hijas tan bonitas como su madre.

– ?Cinco! -rio Margaret-. ?Sera mejor que te cases con una mujer fuerte! -De repente, se puso seria-. Es un sueno precioso -dijo-. Espero que se convierta en realidad.

Harry se sentia muy cercano a ella, como si pudiera pedirle cualquier cosa.

– ?Y tu? -pregunto-. ?Tambien tienes un sueno?

– Quiero participar en la guerra. Voy a alistarme en el STA.

Aun sonaba extrano que las mujeres se alistasen en el ejercito, pero a estas alturas ya era moneda corriente.

– ?Que harias?

– Conducir. Necesitan mujeres para entregar mensajes y conducir ambulancias.

– Sera peligroso.

– Lo se, pero no me importa. Quiero participar en la lucha. Es nuestra ultima oportunidad de detener el fascismo.

Apreto la mandibula, y un brillo indomito aparecio en sus ojos. Harry penso que era terriblemente valiente.

– Pareces muy decidida.

– Tenia un… amigo al que los fascistas mataron en Espana, y quiero terminar el trabajo que el empezo.

Su expresion reflejaba tristeza.

– ?Le amabas? -pregunto Harry, guiado por un impulso. Margaret asintio con la cabeza.

Harry advirtio que estaba a punto de llorar. Acaricio su brazo, a modo de consuelo.

– ?Aun le amas?

– Siempre le querre un poco. -La voz de la joven se redujo a un susurro-. Se llamaba Ian.

Harry sintio un nudo en la garganta. Deseo estrecharla en sus brazos y consolarla, y lo hubiera hecho de no ser por la presencia de su padre que, sentado al final del compartimento, bebia whisky y leia el Times. Tuvo que contentarse con apretarle discretamente la mano. Ella le dedico una sonrisa de gratitud, como si comprendiera.

– La cena esta servida, senor Vandenpost -anuncio el mozo.

Harry se sorprendio de que ya fuesen las seis. Lamento interrumpir su conversacion con Margaret.

Ella leyo su mente.

– Tendremos mucho tiempo para hablar -dijo-. Pasaremos juntos las proximas veinticuatro horas.

– Cierto. -Harry sonrio y volvio a acariciarle la mano-. Hasta luego -murmuro.

Recordo que habia empezado a cultivar su amistad a fin de manipularla. Habia terminado contandole todos sus secretos. Margaret tenia una manera de dar al traste con sus planes que le preocupaba. Lo peor era que le gustaba.

Entro en el siguiente compartimento. Se sorprendio un poco al ver que lo habian transformado por completo; en lugar de un salon, ahora era un comedor. Habia tres mesas de cuatro comensales, y dos mas pequenas auxiliares. Tenia todo el aspecto de un buen restaurante, con manteles y servilletas de hilo y vajilla de porcelana color hueso, adornada con el simbolo azul de la Pan American. Observo que el dibujo reproducido en el papel pintado de esta zona era un mapamundi y el mismo simbolo alado de la Pan American.

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