No era la reaccion que Margaret habia esperado, pero no por ello se desanimo.
– Lamento muchisimo lo sucedido, y mi hermano tambien. Admiro mucho al profesor Hartmann, como dije antes.
Hartmann levanto la cabeza del libro y asintio. Gabon continuaba airado.
– Es demasiado facil para gente como ustedes pedir disculpas -dijo. Margaret miro al suelo, deseando no haber venido-. Alemania esta llena de gente rica y educada que «lamenta muchisimo» lo que esta sucediendo alli, pero ?que hacen? ?Que hacen ustedes?
Margaret enrojecio. No sabia que decir o hacer.
– Basta, Philippe -intervino Hartmann. ?No ves que son jovenes?
– Miro a Margaret-. Acepto sus disculpas, y le doy las gracias.
– Oh, Dios mio -exclamo ella-. ?He hecho algo que no debia?
– En absoluto -contesto Hartmann-. Ha mejorado un poco las cosas, y se lo agradezco. Mi amigo el baron esta terriblemente disgustado, pero creo que al final adoptara tambien mi punto de vista.
– Sera mejor que nos vayamos -dijo Margaret, abatida. Hartmann asintio con la cabeza.
Margaret se dio la vuelta.
– Lo siento muchisimo -dijo Percy, siguiendo a su hermana.
Regresaron a su compartimento. Davy, el mozo, estaba preparando las literas. Harry habia desaparecido, seguramente en el lavabo de caballeros. Margaret decidio acostarse. Cogio la bolsa y se dirigio al lavabo de senoras para cambiarse. Mama salia en aquel momento, esplendida con su bata color castano.
– Buenas noches, querida -dijo.
Margaret paso por su lado sin hablar.
El lavabo estaba abarrotado. Margaret se puso a toda prisa el camison de algodon y el albornoz. Su indumentaria parecia poco elegante entre las sedas de colores brillantes y las cachemiras de las demas mujeres, pero no le importo. Disculparse, a fin de cuentas, no la habia tranquilizado, porque los comentarios del baron Gabon eran muy ciertos. Era demasiado facil pedir perdon y no hacer nada acerca del problema.
Cuando regreso al compartimento, papa y mama estaban en la cama, tras las cortinas cerradas, y un ronquido apagado surgia de la litera de papa. La de Margaret aun no estaba hecha, y decidio esperar en el salon.
Sabia muy bien que solo existia una solucion a su problema. Tenia que dejar a sus padres y vivir sola. Estaba mas decidida que nunca a hacerlo, pero aun no habia resuelto los problemas practicos de dinero, trabajo y alojamiento.
La senora Lenehan, la atractiva mujer que habia subido en Foynes, se sento a su lado, luciendo una bata azul vivo que cubria un salto de cama negro.
– He venido a tomar un conac, pero el camarero parece muy ocupado -dijo. No aparentaba una gran decepcion. Agito la mano en direccion a los demas pasajeros-. Parece una fiesta en que el pijama sea la prenda obligatoria, o una orgia de medianoche en el dormitorio… Todo el mundo en
Margaret nunca habia asistido a una fiesta en pijama ni dormido en un dormitorio universitario.
– Me parece muy extrano. Hace que parezcamos una gran familia.
La senora Lenehan se abrocho el cinturon de seguridad. Tenia ganas de charlar.
– Supongo que es imposible comportarse con formalidad vestido para ir a dormir. Hasta Frankie Gordino estaba guapo con su pijama rojo, ?verdad?
Al principio, Margaret no supo muy bien a quien se referia. Despues, recordo que Percy habia escuchado una agria discusion entre el capitan y el agente del fbi.
– ?Es el prisionero?
– Si.
– ?No le tienes miedo?
– Creo que no. No va a hacerme ningun dano.
– Pero la gente dice que es un asesino, y cosas todavia peores.
– Siempre habra crimenes en los bajos fondos. Quita de en medio a Gordino y otro se encargara de los asesinatos. Yo le dejaria alli. El juego y la prostitucion han existido desde que Dios era un crio, y si tiene que haber crimen, mejor que este organizado.
Estas afirmaciones resultaban bastante chocantes. Tal vez la atmosfera reinante en el avion invitaba a la sinceridad. Margaret imagino que la senora Lenehan no hablaria asi si hubiera hombres presentes: las mujeres eran mas realistas cuando no habia hombres delante. Fuera cual fuera el motivo, Margaret estaba fascinada.
– ?No seria mejor que el crimen estuviera desorganizado? -pregunto.
– Por supuesto que no. Si esta organizado, esta contenido. Cada banda posee su propio territorio, y no lo abandona. No roban a la gente de la Quinta Avenida y no exigen al club Harvard que les pague proteccion. No hay de que preocuparse.
Margaret considero excesivo esto ultimo.
– ?Y la gente que se arruina en el juego? ?Y esas chicas desgraciadas que arruinan su salud?
– No he querido decir que no me preocupe por esa gente -dijo la senora Lenehan. Margaret la miro con fijeza a la cara, preguntandose si era sincera-. Escucha, yo fabrico zapatos.- Margaret parecio sorprenderse-. Asi me gano la vida. Soy propietaria de una fabrica de zapatos. Mis zapatos de hombre son baratos, y duran cinco o diez anos. Es posible comprar zapatos aun mas baratos, pero no son buenos; tienen suelas de carton que se estropean al cabo de unas diez semanas. Y, lo creas o no, algunas personas compran las de carton. Bien, creo que yo he cumplido mi deber fabricando zapatos buenos. Si la gente es lo bastante imbecil como para comprar zapatos malos, yo no puedo hacer nada. Y si la gente es lo bastante imbecil como para dilapidar su dinero en el juego, cuando ni siquiera puede comprar un filete para comer, tampoco es mi problema.
– ?Has sido pobre alguna vez? -pregunto Margaret. La senora Lenehan rio.
– Una pregunta muy aguda. No, nunca, de modo que tal vez deberia callarme. Mi abuelo hacia botas a mano y mi padre abrio la fabrica que yo dirijo ahora. No se nada sobre la vida en los barrios bajos. ?Y tu?
– No mucho, pero creo que existen motivos por los que la gente juega, roba y vende su cuerpo. No solo son imbeciles. Son las victimas de un sistema cruel.
– Supongo que debes ser comunista -dijo la senora Lenehan, sin hostilidad.
– Socialista -corrigio Margaret.
– Me parece bien -fue la sorprendente respuesta de la senora Lenehan-. Es posible que cambies de ideas mas adelante, a todo el mundo le pasa a medida que se hace mayor, pero si se carece de ideales, ?que se puede mejorar? No soy cinica. Creo que se aprende de la experiencia, pero hay que aferrarse a los ideales. Me pregunto por que te estare predicando de esta manera. Tal vez porque hoy cumplo cuarenta anos.
– Felicidades.
Margaret solia rebelarse cuando la gente decia que sus ideas cambiarian cuando se hiciera mayor. Implicaba un tono de superioridad, y esas personas lo decian por lo general, cuando habian perdido en una discusion y no querian admitirlo. Sin embargo, la senora Lenehan era diferente.
– ?Cuales son tus ideales? -pregunto Margaret.
– Me conformo con fabricar buenos zapatos -sonrio con humildad-. No es un gran ideal, pero para mi es importante. Mi vida ha sido agradable. Vivo en una casa bonita, mis hijos van a colegios caros, gasto una fortuna en ropa. ?Y por que me lo puedo permitir? Porque fabrico zapatos buenos. Si fabricara zapatos de carton, pensaria que soy una ladrona. Seria tan mala como Frankie.
– Un punto de vista bastante socialista -indico Margaret, sonriendo.
– En realidad, adopte los ideales de mi padre -dijo la senora Lenehan, en tono reflexivo-. ?De donde has sacado tus ideales? De tu padre no, desde luego.
Margaret enrojecio.
– Te han hablado de la escena ocurrida durante la cena.
– Estaba presente.
– He de alejarme de mis padres.
– ?Que te lo impide?
– Solo tengo diecinueve anos.
– ?Y que? -dijo la senora Lenehan, con cierta sorna-. ?Hay gente que se va de casa a los diez!
