– Ya. Pero antes no nos ha dicho la verdad -dijo la senora Holland sin piedad-. Ese es el problema. Bien, vamonos, Berry, nos llevaremos la pistola como recuerdo de nuestro buen amigo Henry Hopkins. Que descanse en paz.
La vieja salio cojeando hasta llegar a la puerta y espero en el pestilente rellano a Berry, que aun estaba hablando con el chico.
– No me gusta ver a un joven de tu edad bebiendo -dijo con solemnidad-. Es la ruina de los jovenes esto de la bebida. Note que estabas bebido desde el mismo momento que entre. Un simple vasito de alcohol es el primer paso hacia la locura, las alucinaciones, el debilitamiento del cerebro y la decadencia moral. Te rompe el corazon ver como muchas vidas se han arruinado por culpa del alcohol. Alejate de la bebida, este es mi consejo. Venga, adelante, renuncia al alcohol, como yo hice. Seras una persona mejor si lo haces. Toma -busco en uno de sus bolsillos-. Te dejare un panfleto muy util, que te ayudara a mejorar. Se llama «El lamento del borracho», escrito por Uno Que Ha Visto La Luz Bendita.
Metio el «valioso» documento en la mano temblorosa de Ernie Blackett y siguio a la senora Holland escaleras abajo.
– ?Esto es todo, senora Holland?
– Si, Berry. Esa maldita chica es mas lista de lo que me pensaba, la pequena zorra.
– ?Eh?
– Nada, nada… Volvamos a Wapping, Berry.
Ernie Blackett tuvo suerte de haber conservado los papeles y de haberselos entregado a la senora Holland a tiempo. De otra forma, el siguiente paso de la vieja hubiera sido ordenarle a Berry que le registrara; y cuando encontraran los papeles, Ernie inmediatamente hubiera ido a parar, como Henry Hopkins, a esa esquina del mas alla reservada para los criminales metropolitanos de poca monta, donde hubiesen podido conocerse un poquito mejor. Viendo como habia ido todo, habia salido bastante bien parado de la transaccion, con solo dos costillas rotas, un ojo amoratado y un panfleto de condena al alcohol como castigo.
Sustitucion
Justo mientras la senora Holland y Berry subian al autobus para volver a Wapping, un taxi llego al Muelle del Ahorcado. Frederick Garland pidio al conductor que esperara y el reverendo Bedwell llamo a la puerta de la Pension Holland.
Frederick miro a su alrededor. La pequena hilera de casas quedaba detras de Wapping High Street y parecia que estuvieran tan enganchadas al rio que un simple empujon seria suficiente para que cayeran dentro. La Pension Holland era la mas sucia, la mas estrecha y la mas decrepita de todas.
– ?No hay nadie? -dijo mientras Bedwell llamaba a la puerta de nuevo.
– Se esconden, creo -contesto el sacerdote, intentando abrir la puerta, que estaba cerrada con llave-. Es raro. ?Que podemos hacer ahora?
– Subir por la ventana -dijo Frederick-. Sabemos que esta dentro, despues de todo.
Frederick observo los muros del edificio. Entre la Pension Holland y la casa de al lado habia un estrecho callejon de no mas de un metro de anchura que iba a parar directamente al rio, abarrotado de mastiles de barcos. En el primer piso, una pequena ventana daba al callejon.
– ?Puedes conseguirlo? -dijo el sacerdote.
– No pares de llamar a la puerta. Arma una bronca para que nadie se de cuenta de que estoy aqui arriba.
Frederick ya tenia cierta experiencia como escalador, en Escocia y Suiza, y en tan solo un minuto empezo a subir, apoyando la espalda en un muro y ejerciendo presion con los pies en el otro.
Abrir la ventana le costo un poco mas y tuvo que hacer esfuerzos para no caerse, pero por fin logro entrar y se quedo inmovil unos instantes en el rellano de la escalera, escuchando con atencion.
El sacerdote seguia llamando a la puerta principal, pero en la casa no se oia ningun ruido. Frederick bajo corriendo las escaleras y abrio el cerrojo de la puerta.
– ?Bien hecho! -dijo Bedwell, que entro rapidamente.
– No oigo a nadie. Tendremos que buscar por todas las habitaciones. Parece como si la senora Holland no estuviera en casa.
Fueron de una habitacion a otra de la planta baja y despues buscaron por el primer piso, pero no encontraron nada. Iban a seguir subiendo las escaleras cuando oyeron llamar a la puerta principal.
Se miraron.
– Espera aqui -dijo el sacerdote.
Bajo deprisa hacia la puerta. Frederick escuchaba desde el rellano de la escalera.
– ?Tengo que esperar mucho? -pregunto el taxista-. Porque me deben algo de dinero, si no les importa. Este no es el mejor lugar de Londres para esperar.
– Tenga -dijo Bedwell-. Aqui tiene, y espere en la acera del otro lado del puente por donde vinimos. Si no estamos alli dentro de media hora, puede irse.
Cerro la puerta otra vez y volvio a subir las escaleras. Frederick levanto la mano.
– Escucha -susurro, senalando-. Alli dentro.
Subieron al siguiente piso con mucho cuidado, intentando no hacer ruido mientras andaban por aquel suelo sin alfombra. Se oia la voz de un hombre que murmuraba algo ininteligible detras de una de las puertas y, en un momento dado, a una nina haciendo: «?Chist! ?Chist!».
Se quedaron fuera de la habitacion unos instantes. Bedwell estaba escuchando con atencion. Entonces miro a Frederick y asintio. El fotografo abrio la puerta.
El hedor a humo concentrado les hizo arrugar la nariz.
Una nina o, mas que una nina, un par de ojos abiertos como platos, rodeados de suciedad, los miraba fijamente, aterrorizada. Y en la cama estaba tumbado el doble del sacerdote.
Bedwell se agacho hacia su hermano, lo cogio de los hombros y lo zarandeo. La nina se echo hacia atras en silencio y Frederick se quedo sorprendido de la increible similitud entre los dos hombres. No se trataba ni siquiera de parecido: realmente eran identicos.
Nicholas intentaba levantar a su hermano, que movia la cabeza de un lado a otro y le empujaba para librarse de el.
– ?Matthew! ?Matthew! -dijo el sacerdote-. ?Soy yo, Nicky! ?Venga chico! ?Reacciona, abre los ojos y mirame! ?Mira quien soy!
Pero Matthew estaba en otro mundo. Nicholas lo dejo caer y lo miro con amargura.
– No tiene remedio -dijo el sacerdote-. Tendremos que llevarle a cuestas.
– ?Eres Adelaide? -pregunto Frederick a la nina.
Ella asintio.
– ?Donde esta la senora Holland?
– No se -susurro.
– ?Esta en la casa?
Adelaide nego con la cabeza.
– Bueno, menos mal. Ahora escuchame, Adelaide, nos vamos a llevar al senor Bedwell de aqui.
Inmediatamente, la nina se aferro a Matthew, rodeandole el cuello con sus pequenos brazos.
– ?No! -grito la nina-. ?Ella me matara!
Y al oir su voz, Matthew Bedwell se desperto. Se incorporo y puso su brazo alrededor de ella… y entonces vio a su hermano y se quedo quieto, mudo.
– Esta bien, companero -dijo Nicholas-. He venido para llevarte a casa…
Los ojos del marinero miraron a Frederick, y Adelaide se agarro mas fuerte que nunca a el, susurrando desesperadamente: «Por favor, no… no os vayais… Me matara si no esta aqui…, lo hara».
– Adelaide, tenemos que llevarnos al senor Bedwell -dijo Frederick con suavidad-. El no esta bien. No se pude quedar aqui. La senora Holland lo retiene contra la ley…I
– ?Ella me dijo que no dejara pasar a nadie! ?Me matara!
La nina estaba muerta de miedo y Matthew Bedwell le acaricio el pelo, haciendo un gran esfuerzo por entender