– No creo que ir a la catedral pueda comprometernos. ?Que mal hay en eso?
– Ten cuidado, Amelia, cualquier excusa le servira a Winkler para mandar que te arresten.
Se marcho preocupada y asustada por lo que acababa de oir. ?Acaso era Winkler quien estaba en el cafe? ?La habia mandado seguir?
Cuando llego a la catedral encontro tanta gente que le costo abrirse paso al interior. Se pregunto si Winkler habria enviado tras ella a alguno de sus hombres. Se refugio detras de una columna y espero a que fuera el pope Yorgos quien la buscara. Un grupo de mujeres intentaba hacerse un lugar donde ella estaba, se sintio asi mucho mas segura. Concentradas y ensimismadas, rezaban con gran devocion. ?Habria alguna traidora? Descarto de inmediato la idea al recordar lo que le habia dicho el pope el dia en que se conocieron: los griegos siempre vencen a los invasores por fuertes y poderosos que estos sean.
La ceremonia transcurria sin que ella prestara atencion. Se sentia mareada por el olor a incienso. No supo como, pero de repente se encontro con el pope a su lado.
– No tenemos mucho tiempo, aunque estas buenas almas nos estan cubriendo -dijo senalando a las mujeres que formaban pina a su alrededor.
– ?Que sucede?
– Londres quiere al capitan Kleist.
– ?Que lo quiere? No le entiendo.
– Si, quieren hacerse con el capitan Kleist y usted debe ayudarles.
– Pero ?como?
– El la conoce y confiara en usted. Servira de gancho para que nuestros amigos britanicos puedan hacerse con el. Es un hombre inteligente y desconfiado, sabe demasiado, de manera que no solo cuida de su seguridad sino que la Abwehr tambien cuida de el. Tendra que ir a Espana.
– ?A Espana? Pero… ?que excusa voy a dar?
– Tiene alli a su familia, ?no? Pues ya tiene una excusa. Sera mas facil hacerlo alli que aqui. Pero es preciso actuar con rapidez; al parecer, el capitan va a regresar a Grecia, le quieren en Creta. Los alemanes estan sufriendo muchas bajas en la isla y no son capaces de acabar con los submarinos y los barcos que transportan armas a la Resistencia.
– ?Cuando tendria que ir?
– A ser posible, manana. Pidaselo al baron, el lo podra arreglar.
Espero a que terminara la ceremonia, aunque mucho antes el pope ya habia desaparecido de su lado con el mismo sigilo con que habia llegado.
Regreso caminando, pensando en como pedirle a Max que la enviara a Madrid. No tardo en darse cuenta de que un hombre la seguia, pero pudo llegar al hotel sin mas complicaciones.
– Le he estado dando vueltas a lo que me has dicho de ese coronel Winkler y me ha entrado miedo -le dijo a Max nada mas llegar.
– ?Miedo? No sabia que tu tuvieras miedo -respondio, bromeando.
– Max, he pensado en irme a Espana. Dejame ir un par de semanas, vere a mi familia y a lo mejor ese Winkler se olvida de mi. Puede que este confundida, pero creo que me han seguido a la catedral; desde luego, durante el camino de vuelta un hombre lo ha hecho hasta las mismas escaleras del hotel.
Max, no pudo evitar un gesto de preocupacion. Temia a Winkler. No habia sido facil salvarla de el en Roma, y seguramente desearia vengarse.
– Me cuesta mucho separarme de ti, Amelia. Eres todo cuanto tengo.
– Si prefieres que me quede…
– No, tienes razon, quiza sea mejor que te vayas durante algun tiempo. Pero prometeme que regresaras pronto.
– Solo estare unos dias en Madrid, yo tampoco quiero estar lejos de ti.
– De acuerdo.
A ella le sorprendia la facilidad con la que el baron von Schumann accedia a lo que le pedia, y su fe en ella.
El lo arreglo todo y tres dias mas tarde Amelia dejo Atenas para regresar a Madrid en un avion que hizo escala en Roma y en Barcelona.
Por el informe que ella misma envio a Londres al termino de la operacion, sabemos que fue a su casa. Era su coartada para justificar la estancia en Madrid. Pero el mismo dia de su llegada se puso en contacto con la senora Rodriguez, que era quien tenia las ordenes de como llevar a cabo la operacion.
Amparito, la doncella de la senora Rodriguez, se sorprendio al verla al abrir la puerta.
– La senora ya no recibe hoy, esta descansando -le solto como buena cancerbera.
– Siento presentarme sin avisar, pero estoy segura de que la senora me recibira. Estoy de paso por Madrid y no he querido dejar de venir a saludarla.
La doncella dudo unos segundos antes de flanquearle el paso y conducirla hasta el salon.
– Espere aqui -le ordeno.
La senora Rodriguez salio de inmediato.
– ?Que alegria verla, querida Amelia!
Hablaron de generalidades hasta que Amparito las dejo a solas despues de servir dos tazas de te y unas pastas.
– ?Le han dicho en que consiste la mision?
– Solo que en Londres quieren al capitan Kleist.
– Por lo que se, ese hombre hizo gestiones para lograr que la sacaran de Pawiak. ?Le supone algun problema?
– No, aunque no me gustaria que sufriera ningun dano.
– Creemos que es «Albatros», el mejor espia aleman en Sudamerica. Llevamos dos anos tras el. No sabiamos quien era. Utiliza nombres distintos. Es un espia muy competente.
– ?Que van a hacer con el?
– Interrogarle, conseguir toda la informacion que podamos y nada mas.
– ?Nada mas?
– Esta en Madrid. Naturalmente no va solo a ninguna parte; se cubre las espaldas y se las cubren, siempre le acompanan dos hombres.
– Pensaba que aqui los alemanes estaban tranquilos.
– Espana es oficialmente neutral, pero a nadie se le escapa que es un pais aliado de Hitler, y precisamente parte del exito de las actividades del capitan Kleist se debe a esa colaboracion de los espanoles con los alemanes.
– ?Que es lo que Kleist hace exactamente?
– Usted ya lo sabe, dirige una red de informadores en Sudamerica. Tiene hombres en todas partes: Venezuela, Argentina, Peru, Mexico… Pero no solo eso, tambien ha puesto en marcha diversas sociedades de importacion y exportacion de materiales que son vitales para Alemania. Y tiene espias en todos los barcos mercantes espanoles y portugueses; marineros que de buena gana colaboran con el III Reich: unos porque son franquistas convencidos y otros simplemente por dinero. En realidad nosotros hacemos lo mismo. Contamos con la colaboracion de marineros, sobre todo vascos, que nos aportan informacion de lo que transportan los buques mercantes, y si tambien hay algun pasajero especial. Usted misma lo conto en sus informes.
– Se espian los unos a los otros, y ambos lados lo saben -concluyo Amelia.
– Asi es, es como un partido en el que ambos equipos juegan a marcarse tantos. Muchos de estos barcos espanoles transportan materiales muy valiosos que son recogidos en alta mar por submarinos alemanes. El capitan Kleist ha reclutado personalmente a todos sus hombres. Conoce nombres, codigos, cuentas bancarias…
– ?Y por que no han intentado secuestrarlo antes? Porque de eso se trata, ?verdad?
– No es facil acercarse a el, es un profesional, no se fia de nadie.
– Pero ?que puedo hacer?
– Se encontrara casualmente con el.
– ?No se extranara?
