– ?No tendras miedo de los espanoles! Franco se precia de que con el nuestro pais es seguro. En realidad nadie se atreve a hacer nada por temor a las consecuencias. No creo que nadie intente robarte. Aunque seas extranjero.
– Nunca esta de mas tener cuidado.
Ella no insistio para evitar hacerle sentirse incomodo. Poco antes de las ocho Kleist la dejo en el portal de su casa.
– Me ha alegrado mucho verte.
– A mi tambien.
Karl Kleist parecio dudar; despues, sonriendo, la invito a almorzar dos dias mas tarde.
11
Comenzaron a verse con cierta regularidad. Amelia habia decidido no seguir la recomendacion de la senora Rodriguez para que flirteara con el. Estaba segura de que si lo hacia conseguiria alejarle. Kleist tenia un codigo de honor que le hubiera llevado a rechazar las insinuaciones de la mujer de un amigo. Eso no significaba que no se sintiera atraido por ella y cada dia que pasaba anhelaba mas su compania. Amelia le gustaba y eso le atormentaba; pero si ella hubiera insinuado su disponibilidad, el habria encontrado la excusa para alejarse.
Pocos dias despues de su primer encuentro, Kleist le dijo que tenia que ir a Bilbao y le propuso que lo acompanase.
– No, te lo agradezco, pero no me parece correcto -rechazo Amelia.
– No me malinterpretes, se trata de un viaje breve, y como tu eres medio vasca, pense que te gustaria ir a la tierra de tu padre.
– Si, me gustaria, pero eso no justifica que vaya contigo. Lo siento.
Kleist se sintio decepcionado, pero al mismo tiempo eso avivo su interes por ella. En realidad se debatia entre la lealtad a Max von Schumann y su atraccion por Amelia. Si ella se dejara seducir, el podria despreciarla, pero sus negativas sinceras aumentaban su interes.
A su regreso de Bilbao, fue a visitarla.
– Cuentame como esta la ciudad.
Kleist se explayo describiendo cuanto habia visto. Amelia le escuchaba con tanta atencion que parecia que nada pudiera importarle mas que lo que el le decia.
Aquel dia ella se atrevio a quejarse por la presencia continua de aquellos dos hombres que siempre les seguian, aunque de tal manera que la mayor parte de las ocasiones resultaban invisibles, aun asi ella sabia que estaban ahi.
– ?No te fias de mi? -le dijo de pronto cuando vislumbro cerca de ellos a uno de los hombres.
– ?Por que dices eso? -pregunto el, extranado.
– Siempre nos siguen esos dos hombres, como si yo fuera a hacerte algo.
– ?Te molesta su presencia?
Amelia se encogio de hombros sin responder, y el quiso entender que la presencia de sus hombres la cohibia, que tal vez si ellos no estuvieran…
– Les dire que se marchen.
– No, no lo hagas, ha sido una tonteria mia.
Continuaron hablando de banalidades y ella se mostro entusiasmada por la llegada de la primavera, recordando los dias de su infancia.
– En cuanto hacia buen tiempo, mi padre y mi tio Armando organizaban una excursion con toda la familia; ibamos a los montes del Pardo, un lugar precioso, donde te encuentras con ciervos y conejos corriendo en libertad. Ibamos cargados de cestas para pasar el dia. Podiamos correr, saltar, gritar… bueno, en realidad era yo quien hacia todo eso, mi hermana Antonietta se quedaba sentada junto a mi madre mientras yo jugaba con mi prima Laura y con Melita, la mayor. Jesus aun era pequeno y mi tia no le permitia despegarse de sus faldas.
– ?Desde cuando no vas?
– Desde antes de la guerra, de nuestra guerra. Algun dia me gustaria ir, pero ya no tenemos coche. Mi padre y mi tio tenian coche, pero ahora…
– Te llevare.
– ?Ojala pudieramos ir! Pero sabes que el proximo lunes regreso a Atenas, Max me espera, solo me quedan unos dias en Madrid.
– Pues iremos este domingo. Prepara una de esas cestas, o mejor, la preparare yo. Iremos solos, sin «angeles custodios». -Asi llamaba Amelia a los guardaespaldas.
– No, no, eso no -protesto ella-; no me importa, ya me he acostumbrado.
– Aun asi, iremos solos.
Aquella noche Amelia le pidio a Edurne que al dia siguiente llevara una nota a casa de la senora Rodriguez.
– Dentro de poco regreso a Atenas y me gustaria despedirme de ella.
Esa noche Albatros, nombre en clave de Karl Kleist, tambien recibio una nota, pero mas extensa que la que Amelia habia enviado a la senora Rodriguez. En realidad era un informe exhaustivo sobre Amelia y su familia. Uno de sus «angeles custodios» se lo entrego diciendole que tuviera cuidado:
Abandono a su marido y a su hijo para huir con otro hombre. Despues tuvo relaciones con un periodista norteamericano, que es sobrino de lord Paul James, uno de los jefes del Almirantazgo britanico; y ahora comparte su vida con el baron Von Schumann. Es una mujer…
El guardaespaldas no pudo continuar la frase. Kleist le corto en seco y le ordeno que le dejara a solas para leer el informe.
Parte de la informacion que contenia la conocia por el propio Max, incluso figuraba que ella habia hecho alusion a su vida pasada contandole lo mucho que sufria por no poder ver a su hijo.
Su «angel custodio» tenia razon; el informe mostraba lagunas en la vida de Amelia, como el incidente de Roma, donde la habian relacionado con el asesinato de un oficial de las SS, pero rechazo todas las sombras, se preciaba de conocer bien a las personas, y ella se habia sincerado con el reconociendo que no era fascista y que aborrecia el nazismo. Le habia confesado que era republicana y liberal, incluso que pensaba que si los aliados ganaban la guerra eso significaria el fin de Franco puesto que este perderia a su principal aliado, Hitler, ahora que Mussolini no contaba.
El domingo Kleist acudio a buscarla a las once en punto. Llevaba una cesta con comida suficiente para dos dias, ademas de vino y pasteles. Amelia aparecio radiante.
Tal y como habia prometido, no les seguian los «angeles custodios».
Ella le indico el lugar donde iba con su familia, y corrio por el monte seguida por el, que disfrutaba de su entusiasmo.
Despues de comer se tumbaron en la hierba a una distancia prudencial el uno del otro. Amelia marcaba sutilmente las distancias, y el, rendido ante ella, lo aceptaba. No habia pasado mucho tiempo cuando Amelia dijo sentirse indispuesta.
– No se, algo me ha sentado mal, quiza es que no estoy acostumbrada a beber vino.
– Pero si apenas has tomado un sorbo, quiza haya sido el pate.
– No lo se, pero el caso es que me duele mucho el estomago.
Habian previsto regresar a media tarde, pero Kleist de inmediato se ofrecio caballerosamente a llevarla a su casa.
Cuando llegaron, el aparco el coche para acompanarla hasta el piso, pero ella solo le permitio que lo hiciera hasta el ascensor. Alli se despidio de el, en presencia del portero, que habia salido a saludarla.
– Sus tios estan en casa, pero creo que la senorita Laura y la senorita Antonietta han salido y aun no han regresado -le informo el portero.
Ella se metio en el ascensor y antes de cerrar la puerta le apreto con afecto la mano.
