– Te deseo un buen viaje, saluda a Max.
– Cuidate -le dijo ella.
Amelia subio a su casa y entro directamente a su habitacion sin apenas saludar a sus tios, que escuchaban la radio en el salon. Corrio hacia la ventana y, al asomarse, vio arrancar el coche de Karl Kleist. Sabia que no lo conducia el, que un hombre habia aprovechado para entrar en el coche y, estirado en la parte de atras, aguardar a que regresara el aleman. Cuando este iba a poner el coche en marcha, vio aparecer por el espejo retrovisor el rostro de un hombre al tiempo que sentia en la nuca el canon frio de una pistola. Otro hombre abrio la puerta del coche y se sento a su lado. Tambien llevaba un arma. Solo le dio una orden:
– Conduzca.
Albatros estaba ahora en poder de los agentes del Servicio de Inteligencia britanico. El Gobierno britanico aceptaba la ficcion de la neutralidad de Franco, pero tenia agentes en Espana, que principalmente se dedicaban a recoger informacion. En el mar, el Servicio Secreto britanico actuaba sin contemplaciones: no habia barco espanol con destino a Sudamerica que no fuera obligado a desviarse a Trinidad para examinar su carga y su pasaje; sin embargo, hasta el momento no habia desarrollado ninguna accion tan arriesgada en suelo espanol.
Amelia viajo al dia siguiente a Atenas para reunirse con Max. Y fue alli donde unos dias mas tarde Max le comunico la desaparicion de Karl Kleist.
– Amelia, ha sucedido algo terrible. Karl ha desaparecido.
– ?Karl? -pregunto ella sorprendida como si no entendiera de que le hablaba.
– Si, nuestra embajada en Madrid no sabe nada de el desde hace unos dias. Le han buscado por todas partes pero no hay senales de el. Se ha abierto una investigacion. La ultima persona con la que se le vio fue contigo. -Max no pudo evitar un rictus de dolor.
– Pero Karl viajaba con frecuencia a Sudamerica, puede que se haya ido.
– Si, tambien existe esa posibilidad, pero habria dejado algun mensaje. Pero tu fuiste la ultima persona que estuvo con Karl -insistio Max.
– No lo se… ya te conte que estuve con el el domingo antes de regresar a Atenas. Estuvimos en el campo. ?Desde cuando no saben nada de el?
– Ese dia no regreso a la embajada. Sus hombres creyeron que… bueno, que estaba contigo. El habia insistido en ir solo a la excursion. No empezaron a preocuparse hasta bien entrada la manana del lunes. Fueron a casa de tus tios…
– ?Dios santo, les habran dado un buen susto!
– El portero ha declarado que Karl te acompano hasta la puerta del ascensor y que alli os despedisteis, y que vio como regresaba al coche. Tambien ha declarado que tu no volviste a salir hasta la manana siguiente, y que lo hiciste acompanada por tu tio con una maleta.
– No entiendo lo que ha pasado -se quejo ella, aparentando estupor-. El era muy discreto y no hablaba de su trabajo, de manera que no me dijo si pensaba ir a algun lugar. ?Crees que le habra pasado algo? -Amelia intentaba parecer ingenua.
– No lo se, pero nadie desaparece asi como asi. La policia le esta buscando. Ya te he dicho que han interrogado a tu familia, y al portero.
– ?Pero mi familia no tiene nada que ver con Karl! -grito ella con angustia.
– Amelia, la Gestapo quiere interrogarte aqui. El coronel Winkler tambien ha solicitado que se reabra el caso del asesinato de Jurgens. No cree en las casualidades.
– ?Casualidades? ?Que casualidades? -pregunto ella sin ocultar su temor.
– El coronel Winkler insiste en que su amigo, el coronel Jurgens, se habia citado contigo la noche de su asesinato, y Kleist ha desaparecido justo despues de haber pasado una jornada campestre contigo. Para el son evidencias irrefutables de que estas detras de ambos casos. Cree que eres una espia.
– ?Esta loco! ?No soy ninguna espia! ?Por favor, Max, pon freno a ese hombre!
– Es lo que intento, Amelia.
Estaba realmente asustada. Maldecia en silencio al comandante Murray. La «Operacion Albatros» habia sido un exito para el Servicio Secreto britanico, pero se preguntaba si el comandante Murray habria decidido que bien merecia sacrificarla con tal de tener en su poder al espia aleman. Se sintio una pieza insignificante en el tablero del juego secreto de la guerra.
Comenzo a llorar. Llevaba dias conteniendo las lagrimas y sin apenas conciliar el sueno. Habia entregado a Kleist, que ya estaria siendo interrogado en Londres por el comandante Murray, y aunque no tenia dudas de con quien estaba su lealtad politica, su conciencia la atormentaba.
Karl Kleist habia intercedido por ella cuando estaba encarcelada en Varsovia, habia ayudado a Max a sacarla de la prision, se habia mostrado caballeroso y encantador los dias pasados en Madrid, pero ella le habia enganado y le habia entregado para que se lo llevaran a Londres, donde, en el mejor de los casos, estaria en la carcel hasta que terminara la guerra. Habia sido capaz de hacer eso con un hombre que solo la habia favorecido y se sintio miserable pensando en la facilidad que tenia para danar a quienes eran leales con ella. Primero fue Santiago, al que abandono por Pierre; luego comenzo a enganar a Max sirviendose de el para espiar al servicio de los britanicos; y ahora habia sido capaz de entregar a Kleist.
Sintio desprecio por si misma, y mas aun cuando Max la abrazo intentando que se calmara.
– Por favor, no llores, sabes que daria mi vida por ti, que hare lo imposible para que no caigas en manos de Winkler, pero debes contarme toda la verdad, debes confiar en mi, solo asi te podre ayudar. Y no temas por tu familia, no sufriran ningun dano, es evidente que no saben nada de la desaparicion de Kleist.
– ?Pero que quieres que te cuente! -grito Amelia-. Te lo he contado todo: fuimos al campo, despues de comer me senti indispuesta y me acompano a casa, nos despedimos en la puerta del ascensor y ya no se nada mas. Al dia siguiente regrese aqui. No se lo que ha pasado, no lo se.
– Tienes la mala fortuna de estar siempre en el lugar equivocado.
– El coronel Winkler quiere culparme de lo de Jurgens porque vio como yo le rechazaba en la fiesta de Fin de Ano, y Jurgens juro que me lo haria pagar. Es su oportunidad para pasarme factura, la que no pudo pasarme su amigo el coronel Jurgens.
– Esta bien, te creo y hare lo imposible por salvarte de Winkler, confia en mi.
Pero Max no pudo evitar que la «invitaran» a visitar el cuartel de la Gestapo en Atenas. Estaba muy cerca del hotel Gran Bretana, en la que habia sido la mansion del arqueologo aleman Heinrich Schliemann, el descubridor de Troya y de las tumbas de Micenas.
Max la acompano y soporto con ella la humillacion de esperar dos largas horas hasta que un hombre, que se identifico como Hoth, les recibio en un despacho de la segunda planta. Les sorprendio ver al coronel Winkler sentado al otro lado de la mesa. No habia ninguna otra silla en la que sentarse, de manera que Hoth les tuvo de pie.
– Espero que no les moleste la presencia del coronel Winkler, ha venido a visitarme y creo que la conoce a usted, senorita Garayoa.
Ella asintio sin palabras.
– ?Y viene acompanada por el coronel Von Schumann! ?Cuanto honor! -dijo el SS con sarcasmo.
– Me une una gran amistad con la senorita Garayoa.
– Si, lo se yo y lo sabe todo el Estado Mayor. Su amistad no es un secreto para nadie, ni siquiera para su distinguida esposa la baronesa Ludovica -respondio Hoth con una sonrisa sardonica.
Max no respondio a la provocacion. Su unico objetivo era salir de aquel edificio con Amelia y sabia que un enfrentamiento con Hoth delante de Winkler solo empeoraria las cosas.
– Senorita Garayoa, tenemos un informe de Madrid en el que se asegura que usted fue la ultima persona con la que se vio al capitan Kleist. Pasaron el dia juntos en el campo, disfrutaron de una jornada de picnic y despues el capitan desaparecio.
– El capitan Kleist es un estimado amigo nuestro con el que, efectivamente, comparti una jornada campestre y despues me acompano a mi casa, donde nos despedimos. No le volvi a ver, y lamento profundamente su desaparicion.
– En la que naturalmente usted no tiene nada que ver. -Hoth jugaba al raton y al gato.
– Desde luego que no. Le repito que el capitan Kleist es amigo del baron Von Schumann, que es quien nos presento, y por tanto tambien es una persona apreciada por mi.
