entrevistarte con lord Paul. No tienes nada que reprocharme.

El la abrazo y le pidio perdon. Estaba tan profundamente enamorado de ella que era incapaz de leer la mentira en los ojos de Amelia.

En los dias sucesivos, Amelia fue obteniendo mas informacion provocando conversaciones con Max, incluso con su ayudante el comandante Hans Henke, que parecia admirar profundamente al capitan Karl Kleist, quien habia dejado Grecia para trasladarse a Espana, y contaba con numerosos colaboradores entre los marineros de los mercantes espanoles.

– ?Y los espanoles se prestan a colaborar abiertamente con… con el espionaje aleman? -le pregunto con cierta ingenuidad.

– Muchos lo hacen por dinero; otros, por afinidad ideologica alimentada con una buena retribucion. No creas que es facil; entre la tripulacion de los mercantes espanoles hay muchos vascos que trabajan para su lehendakari Aguirre, que esta exiliado en Nueva York.

– ?Y que hacen esos marineros que trabajan para Aguirre?

– Lo mismo que los otros: espiar, pasar informacion a los aliados sobre la carga del barco, los pasajeros, y senalar a los miembros de la tripulacion que creen que trabajan para nosotros; cualquier cosa que pueda resultar de interes.

– De manera que los mercantes espanoles son un nido de espias -resumio Amelia.

– Mas o menos.

– Y los marineros vascos trabajan para el lehendakari Aguirre.

– No todos, otros lo hacen para nosotros. Vuestro lehendakari ha puesto el servicio de informacion de su partido, el PNV, a las ordenes de los aliados con la esperanza de que, si ganan la guerra, se lo paguen reconociendo la independencia del Pais Vasco.

A traves de Dion, Amelia envio varios informes a Londres. No le resultaba facil entregarselos puesto que el hotel Gran Bretana alojaba a todo el Estado Mayor aleman. En una ocasion en que Dion falto a su trabajo durante tres dias a causa de una gripe, no tuvo mas remedio que acudir a la catedral en busca del pope que se hacia llamar Yorgos. El primer dia no tuvo suerte, pero al segundo pudo entregarle un extenso informe ademas de fotos de documentos referentes a la situacion de las tropas alemanas en Creta que obraban en poder de Max.

Para lo que no estaba preparada era para el nuevo encargo que habia ideado el comandante Murray.

Dion le comunico que debia reunirse inmediatamente con Agamenon: Londres habia enviado instrucciones precisas para ella.

No habia vuelto por el Acropolis; el propio Agamenon le habia recomendado que no lo hiciera salvo que fuera estrictamente necesario, pero al parecer la ocasion habia llegado.

Hacia frio y lloviznaba, de manera que se enfundo en el abrigo y se cubrio la cabeza con un panuelo.

– ?Va a salir, senorita? -se intereso el portero del hotel-. ?Con este tiempo?

– Estoy harta de ver caer la lluvia a traves del cristal de mi ventana. Un paseo me vendra bien.

– Se mojara… -insistio el portero.

– No se preocupe, no me pasara nada.

No fue directamente hacia Monastiraki, sino que paseo sin rumbo por Atenas por si alguien la seguia. Cuando estuvo segura de que nadie lo hacia, encamino sus pasos hacia el Plaka y bajo por sus callejuelas hasta llegar a Monastiraki. Llovia con intensidad, de manera que a nadie le sorprenderia verla buscar refugio en aquel cafetucho minusculo.

Agamenon estaba tras la barra y la miro sin dar muestras de conocerla. Un par de hombres estaban sentados en una de las mesas jugando al backgamon, y otro que se apoyaba en la barra parecia ensimismado bebiendo un vaso de ouzo, el anis local.

– ?Que desea? -pregunto Agamenon.

– Un cafe me vendra bien, esta lloviendo con fuerza y me he empapado.

– Hay dias en que es mejor no salir de casa, y este es uno de esos dias -respondio Agamenon.

Amelia bebio el cafe y aguardo a que el camarero hiciera alguna senal para hablar con ella. Pero el hombre parecia enfrascado en alinear vasos y tazas detras de la barra y no le presto atencion.

– Parece que esta dejando de llover -dijo Amelia al tiempo que pagaba el cafe.

– Si, pero hara bien en irse a su casa, volvera a llover- respondio el hombre.

Ella salio sin pedirle ninguna explicacion. Si Agamenon no habia dado senales de conocerla seria por una buena razon. Regreso al hotel y encontro a Max malhumorado.

– Tengo que ir a Creta.

– ?Cuando? -pregunto Amelia con cara de contrariedad-. ?Podre ir yo? -anadio.

– Aun no lo se, pero no es conveniente que me acompanes. La Resistencia griega nos esta ganando la partida. Hay muchas bajas. Ademas reciben el apoyo de los ingleses; les envian armas y cuanto necesitan. Las cosas no van bien.

– Me gustaria tanto ir a Creta… -Amelia compuso la mejor de sus sonrisas y se mostro zalamera.

– Y a mi me gustaria que pudieras acompanarme, pero no se si obtendre permiso, ya veremos. Quiza, quien si me acompanara sera el capitan Kleist.

– ?Kleist? ?No me dijiste que estaba en Espana?

– Pero puede que regrese en unos dias a Atenas. Es un experto en informacion naval y el Alto Mando le requiere en Creta. Parece imposible, pero los submarinos britanicos se acercan a las costas cretenses con total impunidad.

Amelia le escucho paciente sin dejar de pensar en por que Agamenon no habia dado muestras de conocerla. No fue hasta el dia siguiente cuando Dion, murmurando entre dientes, le dio una explicacion.

– Uno de los hombres que estaba en el bar era un aleman.

– ?Sospechan de Agamenon?

– Quien sabe si de usted. Debemos tener cuidado. Tiene que ir manana a una ceremonia religiosa que se celebra en la catedral; habra mucha gente, y alli se encontrara con el pope, el le transmitira las ordenes de Londres.

– ?Y por que no usted?

– Cada cual cumple con su papel. Usted cumpla con el suyo.

Max se mostro extranado cuando Amelia le dijo que se iba a acercar a la catedral.

– ?Otra vez? ?Es que piensas convertirte?

– ?Convertirme?

– Si, dejar el catolicismo y hacerte ortodoxa.

– ?Claro que no! Pero te confieso que me fascinan sus ceremonias, el olor intenso a incienso, los iconos… no se, me siento bien en sus iglesias.

– Se prudente, Amelia, ha llegado a Atenas alguien que no te quiere bien.

Amelia se sobresalto aunque procuro no mostrar ningun nerviosismo.

– ?A mi? ?Por que? No se quien puede ser…

– Es el coronel Winkler, un oficial de las SS, era amigo del coronel Ulrich Jurgens. Aun sigue convencido de que tuviste algo que ver con el asesinato de Jurgens.

– Tu mismo me contaste que los partisanos italianos reivindicaron la accion, y como bien sabes, en Roma no me codeaba con los partisanos -dijo en tono de broma.

– Winkler cree que fuiste la mujer que asesino a Jurgens y nadie le convencera de lo contrario.

– ?Desde cuando esta en Atenas?

– Desde hace unos dias, pero yo no lo he sabido hasta ayer.

– ?Por que no me lo dijiste?

– No queria preocuparte, aunque en realidad deberiamos preocuparnos los dos. He tenido algun enfrentamiento con las SS a causa de su escasa colaboracion en algunos asuntos que tienen que ver con la intendencia, en este caso, con los suministros medicos que necesitan nuestros hombres. Los confiscan para ellos. No permiten que nuestros medicos den medicinas a los prisioneros. Procuremos pasar desapercibidos, te lo ruego, por tu bien y por el mio.

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