– Veo que se siente orgulloso de ser griego.

– Occidente le debe a Grecia lo que es.

– No lo habia pensado.

– Quiza es que no lo sabia. Y ahora digame, ?esta dispuesta a volver a trabajar para sus amigos y para nosotros?

– Si.

Amelia se sorprendio de la determinacion con la que contesto a la pregunta. Quiza sabia que despues de haber matado al coronel Jurgens habia dado un paso hacia una direccion desconocida. Aun se preguntaba por que no sentia ningun remordimiento, por que el rostro de Jurgens no le atormentaba, y por que tenia ganas de reir cuando recordaba como le habia matado.

– Puede que no nos volvamos a ver, o puede que si. Vaya manana a Monastiraki; busque un pequeno cafe, que se llama Acropolis; la estaran esperando.

– ?Quien?

– Un hombre, se llama Agamenon. El le dara instrucciones. Ahora nos despediremos, yo gesticulare como si le estuviera indicando una direccion. Si necesita verme, venga a la catedral, suelo pasar algunas mananas, aunque no siempre, pero no se le ocurra preguntar a nadie por mi.

– Pero… ?es usted un pope de verdad?

– Un hombre que dedica su vida a Dios tiene que combatir al Diablo. Y ahora marchese.

Sintio una secreta alegria de que el comandante Murray no le guardara rencor por haber abandonado el servicio despues de lo de Polonia. Ella le habia asegurado a la senora Rodriguez, la agente de Murray en Madrid, que nunca mas volveria a dedicarse a las labores de espionaje. Pero haber matado al coronel Jurgens le habia infundido valor para continuar combatiendo en la sombra. Se decia a si misma que no podia dejar de hacerlo ante la maldad que veia a su alrededor. Si recordaba lo sucedido en Polonia o el asesinato de Carla, entonces sentia una rabia profunda y deseaba matar a todos aquellos que estaban sembrando el mal.

Aquella tarde el baron Von Schumann la encontro distraida, como si nada de lo que el le contaba la interesara realmente.

Amelia procuraba evitar mirar a Dion, pero no podia dejar de observarle de reojo. Era evidente que trabajaba para el comandante Murray. Y se rio de si misma al darse cuenta de que el comandante nunca tuvo intencion de dejarla ir: no solo le habia mandado en Madrid a la senora Rodriguez para saber como estaba, sino que sabia perfectamente los pasos que daba.

– Manana ire a pasear por el Plaka -le anuncio al baron.

– Siento no poder estar mas tiempo contigo, pero manana tengo que viajar a Salonica, estare tres o cuatro dias, ?te las reglaras sola?

– ?Claro que si!

– Por favor, Amelia, se discreta; despues de lo de Roma, estoy seguro de que desconfian de ti.

– No tuve nada que ver con lo de Jurgens, la policia me dejo libre de toda sospecha.

– Pero ese amigo de Jurgens insiste en que el coronel tenia una cita contigo.

– ?Crees que yo me habria citado con ese hombre?

– No, no lo creo, pero…

– Eres tu quien tiene que confiar en mi.

– Tambien tengo otra cosa que decirte… espero que no te enfades.

– ?Se trata de Ludovica?

– Si… ?Como lo sabes?

Amelia guardo silencio esperando que el hablara. No sentia celos de Ludovica, sabia que Max von Schumann la queria solo a ella.

– En cuanto ha sabido que estaba en Grecia ha decidido venir. Le he pedido que no lo haga, que no someta a mi hijo a los rigores de un viaje en tiempos de guerra, pero no se si me hara caso.

– Tratandose de Ludovica, llegara en cualquier momento.

– Le he prometido que si no viene, ire a verles a Friedrich y a ella a Berlin.

– Extranas a tu hijo, ?verdad? Friedrich ya tiene tres anos, ?no?

– Casi cuatro, y apenas le he visto desde que nacio, pero le quiero con toda mi alma, como tu al tuyo.

– Si, no hay un solo dia en que no me acuerde de Javier.

– No nos pongamos melancolicos, pero quiero que estes alerta por si aparece Ludovica.

– La ultima vez que la vi fue con Ulrich Jurgens en el vestibulo del hotel de Varsovia. Hacian buenas migas.

– No pensemos en Ludovica. Hoy cenaremos fuera del hotel, ?que te parece?

Amelia sonrio para no preocuparle, pero hablar de los hijos, y recordar a Javier, la habia entristecido.

No se atrevio a preguntar a Dion donde se encontraba el cafe que el pope le habia indicado. Sabia que no debia mostrar ninguna familiaridad con aquel hombre porque se pondrian en peligro los dos, de manera que salio del hotel con tiempo suficiente para ir caminando hasta el Plaka y dejar perder la mirada hacia el Partenon, que se dibujaba majestuoso en lo alto de la Acropolis. La esvastica ondeaba en lo alto pese a que todos los dias algun patriota griego emprendia la mision suicida de escalar la roca sagrada para intentar sustituirla por la bandera de Grecia. Alguno lo habia conseguido, pagando su hazana con la vida.

A Amelia le sorprendia tanto patriotismo en los griegos, y por un momento les envidio. Recordo con ira como, en Espana, Franco calificaba de antipatriotas a todos los que habian defendido la Republica, y se dijo que preferia ser antipatriota antes que una patriota a la manera como entendia Franco el patriotismo. Con estos pensamientos llego hasta Monastiraki y callejeando, sin preguntar a nadie, encontro el viejo cafe.

Detras de una barra minuscula atendia un hombre que en aquel momento estaba sirviendo un espeso cafe a un parroquiano. La miro sin mostrar ninguna curiosidad, y ella espero a que terminara de servir el cafe.

– ?Este es el cafe de Agamenon? -le pregunto cuando el quiso saber que queria tomar.

– Si.

– Un pope amigo mio me pidio que viniera aqui.

El hombre le hizo una sena para que le siguiera, y ella le siguio detras del mostrador donde una cortina negra separaba en dos la pequena estancia donde se apilaban cajas y botellas. Apenas cabian en el sitio.

– Sus amigos de Londres -dijo el hombre hablando en ingles- quieren que les envie todos los documentos con los que pueda hacerse: planes, movimientos de tropas, cualquier cosa susceptible de ser de interes.

– ?Nada mas?

– Eso es lo que quieren por ahora. Tenga, me han dado esto para usted. Es una microcamara. Y en este sobre tiene las claves para cifrar los mensajes. Tenga cuidado.

– ?Donde he de hacer las entregas?

– Aqui solo ha de venir en caso de que no pueda darselo a Dion. Tambien puede acercarse a la catedral, el pope suele ir de vez en cuando.

– ?Que mas quieren en Londres?

– Que colabore con nosotros. Dada su relacion con ese aleman, puede sernos muy util.

– De acuerdo.

– Puede que la necesitemos muy pronto para una operacion.

– Vuelvase -le pidio al hombre.

El obedecio y ella oculto la camara dentro de su sosten. Despues se despidieron.

Cuando llego al hotel, entro en la habitacion de Max. Se comunicaba con la suya, de manera que no tuvo ningun problema para hacerlo. Rebusco en su armario sin encontrar nada mas que la ropa del baron; tambien miro en el escritorio, donde tampoco hallo nada de interes. Tendria que esperar a que el regresara para fotografiar los documentos que llevara en la cartera. Ya lo habia hecho en Varsovia. Pero como ansiaba comenzar a trabajar, escribio un resumen con todas las conversaciones que habia tenido con el baron sobre la marcha de la guerra, con algunos datos que pensaba podian ser de interes estrategico para Londres. Ansiaba volver a sentirse util.

Max la telefoneo desde Salonica y le anuncio que se iria dos dias a Berlin.

– Lo siento, pero me han ordenado presentarme en el Cuartel General. Al parecer no les gustan mis informes, dicen que soy pesimista. Supongo que tendre que edulcorar la realidad para no resultar incomodo. Procura

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