– ?El capitan no le dijo donde pensaba pasar el resto de la tarde?
– No, no me lo dijo. Yo estaba indispuesta y no hablamos demasiado en el camino de regreso a mi casa.
– ?Y el capitan no regreso para interesarse por su salud?
– No, no lo hizo. Pase el resto de la tarde con mis tios, y me acoste pronto, puesto que al dia siguiente debia iniciar mi regreso a Atenas. Creo que el portero ya le dijo a la policia que vio como el capitan Kleist y yo nos despediamos en la puerta del ascensor y que ya no volvi a salir de casa.
– Ya, ya, senorita, ?pero los porteros tambien duermen! A las diez se retiro, de manera que si usted volvio a salir, o si el capitan regreso, es algo que el ignora.
– Mi familia puede corroborar lo que acabo de decir.
– ?Y como podrian decir otra cosa? El testimonio de la familia no es concluyente, senorita.
– Le aseguro que no se donde esta el capitan Kleist.
– Y tampoco estuvo con el coronel Jurgens la noche en que le asesinaron en Roma.
– Hubo dos testigos que descartaron que fuera yo quien estuvo aquella noche en la habitacion del coronel Jurgens -respondio Amelia, conteniendo su indignacion.
– Si, dos testigos que habian bebido y que se cruzaron con una mujer por el pasillo del hotel; a mi juicio, no se debia haber considerado la declaracion de esos testigos.
Amelia no contesto, sentia la mirada airada del coronel Winkler, que permanecia en silencio. Notaba la tension de Max, su sufrimiento por no poder defenderla.
– Tendra que quedarse aqui durante unos dias. Necesito seguir el interrogatorio, pero ahora tengo otras cosas que hacer.
– La senorita Garayoa puede venir en el momento en el que usted disponga de ese tiempo; como sabe, se aloja en el hotel Gran Bretana. Es innecesario que se quede aqui. -El alegato de Max no hizo mella en Hoth.
– Lo siento, coronel, pero soy yo quien decide el lugar en el que deben permanecer los sospechosos.
– ?Sospechosos? ?De que se acusa a la senorita Garayoa? ?De haber compartido una comida campestre con el capitan Kleist? Kleist es amigo mio, amigo nuestro, una persona muy querida por ambos. No tiene nada de que acusar a la senorita Garayoa. Si necesita alguna aclaracion, vuelvala a llamar y vendra gustosamente.
Amelia estaba palida, sin atreverse a intervenir. Sabia que dijera lo que dijese Max, Hoth no la dejaria marchar.
– Lo lamento, coronel, he de hacer mi trabajo. La senorita se quedara aqui.
Max se sintio impotente cuando dos subordinados de Hoth entraron en el despacho y se llevaron a Amelia.
– Le hago responsable de la seguridad de Amelia Garayoa -advirtio a Hoth.
– ?Me hace responsable? Senor, esta mujer es sospechosa de la desaparicion del capitan Kleist y mi obligacion es hacerla hablar. Si interfiere en mi trabajo, sere yo quien le haga responsable de no permitir que la Gestapo descubra a una criminal.
– La senorita Garayoa no es una criminal y usted lo sabe.
– No, no lo se, cuando lo sepa se lo hare saber. Ahora si me permite, tengo mucho trabajo. Desgraciadamente debo luchar contra los enemigos del Reich.
Amelia fue conducida al sotano de la mansion, donde la encerraron en una celda sin ventanas. Aquel lugar parecia haber sido un almacen.
Uno de los subordinados de Hoth la encadeno de pies y manos y la empujo a un rincon de la habitacion.
– Asi, quietecita, no tendra tiempo para distraerse -le dijo, dejando al descubierto una dentadura en la que destacaban varios dientes de oro.
Ella ni siquiera protesto. Sabia lo que le esperaba, el horror de Varsovia se le hizo presente.
Alli, encerrada, perdio la nocion del tiempo; no sabia si era de noche o ya habia amanecido, no tenia modo de saberlo. Tampoco escucho ningun ruido. Le dolian las manos y los tobillos por los grilletes. Sentia que los dedos se le hinchaban y tuvo ganas de gritar. Decidio no hacerlo, sabiendo que eso no era nada comparado con lo que le esperaba.
No supo cuanto tiempo habia pasado cuando abrieron la puerta y el mismo hombre que la habia encerrado le quito los grilletes de los pies y le ordeno que le siguiera.
Apenas podia caminar. La hinchazon de los pies se habia extendido a las piernas. Sentia un dolor agudo, pero volvio a decirse que lo peor estaba por llegar.
De nuevo la condujeron a la segunda planta, al despacho de Hoth. Estaba solo, y ordeno que se sentase en la silla que habia ocupado el coronel Winkler.
– ?Ha reflexionado? -le pregunto con un tono de voz neutro, como si no le importara la respuesta.
– Ayer le dije todo lo que se -respondio ella.
– De modo que no quiere colaborar…
– No puedo decirle lo que no se.
El se encogio de hombros y apreto un timbre que tenia sobre la mesa. Entro el ayudante de Hoth seguido por Max. Amelia sintio un profundo alivio.
– Llevesela -dijo Hoth, dirigiendose a Max von Schumann-. Le hago a usted responsable de que la senorita Garayoa no salga de Atenas sin la autorizacion de la Gestapo.
Max asintio, sosteniendo la mirada de hiena de Hoth.
– Nos volveremos a ver, la investigacion no ha terminado.
Ayudada por Max, Amelia intento mover los pies. Un paso, dos, tres pasos… cada paso le provocaba dolor en los pies deformados por la hinchazon.
Al salir del despacho se encontraron con el coronel Winkler, quien situandose delante de ellos, les obligo a pararse.
– Aun no ha ganado la partida, baron. Ha sido usted muy habil pidiendo ayuda al medico del Reichsfuhrer Himmler. Pero le aseguro que ni siquiera el Reichsfuhrer podra evitar que esta mujer pague por sus crimenes.
– ?Apartese, Winkler! Y no se le ocurra volver a amenazarme.
Amelia no pudo evitar llorar cuando estuvieron en la calle.
– ?Podras caminar hasta el hotel? Solo tenemos que cruzar la calle.
– Si, creo que podre.
Cuando por fin llegaron a la habitacion de Amelia, Max la ayudo a tumbarse sobre la cama y examino cuidadosamente sus manos y tobillos.
– ?Te han esposado?
– Si, me colocaron unos grilletes en los pies y en las munecas. No he podido moverme en todo el tiempo que he estado alli, no se cuanto…
– Una tarde y una noche, Amelia, una eternidad.
– Te estoy inmensamente agradecida; temia volver a pasar por lo de Varsovia y no sabia si seria capaz de aguantarlo: habria terminado declarandome culpable de lo que hubieran querido.
– En realidad te ha salvado Kleist, indirectamente.
– ?Kleist? ?Ha aparecido! -grito Amelia, sorprendida.
– No, no exactamente. Mi ayudante Hans recordo que, cuando lo de Varsovia, Kleist habia hablado de presentar tu caso a Felix Kersten.
– ?Quien es Felix Kersten? ?Es el medico al que se ha referido Hoth?
– No, no es medico, aunque le tratan como tal. Es… es un hombre peculiar, nacio en Estonia y tiene fama de ser muy habil en la terapia manual.
– No entiendo…
– Masajes, simples masajes. Kersten es un hombre amable, que sabe escuchar a sus pacientes, y antes de la guerra tenia clientes muy importantes en toda Europa. Al parecer, Himmler sufre fuertes dolores de vientre y solo Kersten es capaz de aliviarle. Tiene una gran influencia sobre el. El jefe del servicio de informacion del Reichsfuhrer, el Brigadefuhrer Walter Schellenberg, es el segundo hombre que influye sobre el.
– ?Y has hablado con ellos?
– Tengo amigos que les conocen bien.
– Gracias, Max, gracias.
Mientras extendia una pomada sobre las piernas de Amelia, Max le advirtio:
