– No creo que nos vuelvan a ayudar, de manera que… por favor, Amelia, ?ten cuidado!

– Pero si no he hecho nada, Max…

– El coronel Winkler no parara hasta vengar la muerte de su amigo el coronel Jurgens y ha decidido que su muerte has de pagarla tu. Las SS se estan haciendo cargo de los casos de espionaje y… bueno, Winkler esta convencido de que eres una espia de los aliados.

– ?Y tu te lo crees, Max?

– Cuando estuve en Berlin vi a Ludovica y a mi hijo Friedrich.

Quiero a mi hijo con toda mi alma, daria mi vida por el, sin embargo… sacrificare poder estar con el el resto de mi vida con tal de no separarme de ti. Se lo dije a Ludovica.

Amelia rompio a llorar. Se avergonzaba por enganarle, por no poder serle totalmente leal y contarle su colaboracion con los britanicos. Max abominaba de aquella guerra pero no a costa de traicionar a Alemania. Por eso no podia explicarle lo que estaba haciendo.

– No llores, Amelia, no te sientas responsable.

– Lo soy, Max, lo soy; no debi dejarme llevar por mi amor por ti, se mejor que nadie lo que significa renunciar a un hijo.

– Ludovica no podra impedirme que le vea y participe en su educacion. Pero eso sera cuando termine la guerra.

– ?Y tu familia, Max? ?Y tus hermanas? Nunca me has dicho que piensan ellas de que estes conmigo.

– Lo reprueban y jamas te aceptaran. Pero eso no deberia preocuparnos ahora. Nuestro problema se llama Winkler.

– Y Hoth.

– Ese es solo un policia ansioso por conseguir que las SS le den palmaditas en la espalda demostrando que puede ser igual de brutal que ellos.

Durante unos dias Amelia no salio de la habitacion. Apenas podia caminar, y Max la obligaba a estar sentada. Luego el mismo la ayudaba a dar sus primeros pasos por el vestibulo del hotel. Amelia deseaba hablar con Dion, pero no encontraba la ocasion. Max no se separaba de su lado. La oportunidad llego una tarde en la que entro en el bar su ayudante, el comandante Hans Henke, para anunciarle que le reclamaban con urgencia en el Estado Mayor.

– Te acompanare a la habitacion.

– ?Por favor, Max, permiteme quedarme un rato! Aun es pronto, solo el tiempo de terminar el te… -pidio ella con una sonrisa.

– No quiero que estes sola…

– Pero no me movere de aqui, y estare solo unos minutos mas. ?Paso tanto tiempo en la habitacion!

– De acuerdo, pero prometeme que te iras derecha a tu habitacion.

– Te lo prometo.

Dion se acerco a ella nada mas ver salir al baron.

– ?Desea algo la senora?

– No… no… pero tengo algo para usted -dijo ella en voz baja, mientras el se inclinaba para recoger el servicio de te y, disimuladamente, recibia de la mano de Amelia un carrete fotografico.

– Muy bien, senora, le traere una jarra de agua.

Regreso y se inclino para servirle el agua de la jarra.

– El pope quiere verla. Es urgente.

– ?Urgente? Pero ya ve como estoy… y el baron no me permite salir…

– Tendra que hacerlo. Pasado manana, en la catedral. Ha habido una redada, y han detenido a Agamenon y a otros patriotas.

Amelia regreso a su habitacion dandole vueltas a como actuar. Tenia que convencer a Max de que le permitiera salir. Ya se encontraba mejor, podia andar, y la hinchazon de las piernas habia desaparecido. Si, debia convencerle para que le permitiera volver a la normalidad.

Cuando Max regreso aquella noche, Amelia se deshizo en carantonas.

– ?Vamos, dime ya que es lo que quieres! -dijo Max riendo.

– Salir, necesito salir, me ahogo en esta habitacion. Permiteme pasear, ir a la catedral, ya sabes lo que me gusta ir a recogerme alli, volver a visitar los restos arqueologicos; cualquier cosa menos estar aqui.

Al principio el se resistio, pero acabo cediendo.

– Tienes que prometerme que no hablaras con ningun desconocido y que me diras siempre adonde vas.

– Te lo prometo -aseguro ella, rodeandole el cuello con sus brazos.

No vio al pope al entrar en la catedral. Varias mujeres encendian velas y otras, sentadas, parecian ensimismadas en sus oraciones. Busco un lugar oscuro y discreto para sentarse. Sin darse cuenta comenzo a rezar. Dio gracias a Dios por haberla salvado de las garras de la Gestapo, por contar con el amor inmenso de Max, por estar viva. La voz profunda del pope la devolvio a la realidad.

– Han llegado ordenes para usted desde Londres. La felicitan por lo de Madrid, sea lo que sea lo que usted haya hecho alli; pero necesitan saber el despliegue de las tropas alemanas en la frontera con Yugoslavia.

– Hare lo que pueda -dijo Amelia.

– Nosotros tambien necesitamos su ayuda, ?esta dispuesta? Han detenido a Agamenon y a algunos amigos, pero resistiran, no hablaran aunque eso implique la muerte.

– ?Que he de hacer?

– ?Sabe conducir?

– Si, aunque no lo hago muy bien porque apenas he tenido tiempo de practicar.

– Es suficiente. Tenemos que recoger armas que nos envian sus amigos britanicos. Las trajo un pesquero hace unos dias de un submarino cerca de Creta. El pesquero viene hacia aqui, llegara manana. Necesitamos esas armas para la Resistencia. Dentro de unos dias saldra hacia el norte un convoy aleman con tanques y armas pesadas, van a reforzar la frontera de Yugoslavia con Italia. Nosotros haremos que no lleguen a su destino. Por eso es importante el cargamento de los britanicos, nos envian un buen paquete de explosivos y detonadores, con ellos atacaremos ese convoy. Sera un golpe para los alemanes, y nuestra respuesta a las detenciones de los patriotas.

– ?Donde llegara el pesquero?

– Al norte de Atenas, iremos con barcas a descargar al mar.

– ?Saben en Londres que me han pedido que les ayude en esta mision?

– No, Londres no tiene nada que ver, se lo estoy pidiendo yo.

– Sera muy peligroso.

– Todo lo es. ?Esta dispuesta?

– Si, pero aun no me ha dicho que he de hacer.

– Unirse a nuestro grupo. Nos falta gente, necesitamos otro conductor.

– De acuerdo, pero… no se si podre escaparme por la noche. No es facil salir del hotel.

– No tendra que escaparse por la noche. Nosotros desembarcaremos las armas y las esconderemos en un lugar seguro cerca de la playa. Las armas seran distribuidas a pequenos grupos. Usted debe conducir a dos amigos hasta alli y luego regresar con ellos a Atenas. Nada mas. Ellos la guiaran.

– ?Ninguno de esos dos hombres sabe conducir?

– No, no saben. No todo el mundo sabe. Ya le he dicho que ha habido detenciones, tenemos bajas.

– Muy bien. ?Y que mas?

– Ya le dire el dia y el lugar al que debe acudir para ayudarnos.

Amelia salio a pasear cerca de la Acropolis tal y como le habia ordenado el pope. No sabia ni quien ni en que momento se pondrian en contacto con ella, solo que debia caminar.

Un coche se paro a su lado y vio el rostro de una mujer y escucho una voz instandola a subir. Lo hizo instintivamente.

– Echese al suelo -ordeno la mujer que iba junto al conductor.

– ?Adonde vamos? -pregunto Amelia.

– A buscar el coche que usted debe conducir.

No pudo ver hacia donde iban, solo sintio que se le revolvia el estomago por culpa de los vaivenes del vehiculo.

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