habitacion, ella se levanto de un salto. No tardo mas de quince minutos en estar lista. Dion le habia dado un plano del hotel indicandole las salidas de servicio por donde poder escabullirse, ademas de haberle proporcionado un uniforme de doncella. Se lo habia puesto, ocultando su cabello en una cofia y colocandose unas gafas que la ayudaban a disimular su rostro.

Salio de la habitacion y busco la puerta que daba a un cuarto que comunicaba con las escaleras de servicio. Tuvo suerte, solo se tropezo con un camarero malhumorado por tener que servir un desayuno a esa hora tan temprana. Ni siquiera respondio a su saludo.

Salio del hotel y con paso decidido se fue alejando hasta llegar a la plaza Omonia, donde la esperaba el coche de la pareja.

– Se ha retrasado -le recrimino la mujer.

– He venido tan deprisa como he podido.

La llevaron hasta la casa de Costas. El hombre aguardaba impaciente en el garaje.

– Nuestros amigos estaran preguntandose por que no llegamos. Nosotros tenemos los explosivos -dijo refunfunando.

Amelia no sabia adonde iba, solo seguia las indicaciones de Costas. Al cabo de un buen rato dejaron la ciudad y se alegro al ver los brotes de la primavera a ambos lados del camino.

– Sigue por ahi… fijate, a lo lejos veras unas casas, alli viven los ricos… aqui no hace calor en verano.

Luego le indico una cuesta, un camino de tierra; Amelia temio que el coche no pudiera subir. Pero lo hizo, y al cabo de un rato de conducir por aquel sendero llegaron hasta una construccion que parecia un lugar donde guardar los aperos de trabajar el campo. Costas la mando parar, y sin saber de donde, aparecieron cinco hombres armados.

El cojo los saludo efusivamente y les presento a Amelia. Los hombres les ayudaron a descargar los explosivos y las armas que llevaba el coche de la pareja.

– No esta mal -dijo uno de los hombres, el que parecia mandar a aquel pequeno grupo.

– ?Que no esta mal! -gruno Costas-. Los ingleses han cumplido, Dimitri; ese Churchill no es de los nuestros, pero quiere lo mismo que nosotros.

Costas volvio a darle una pistola a Amelia y le indico a ella y a la otra mujer que cogieran unas bicicletas que estaban apoyadas junto a uno de los muros de la casa. Ellas obedecieron sin preguntar; llevando las bicicletas de la mano, fueron caminando escondiendose entre los pinos hasta llegar al borde de otra carretera.

No pasaba nadie por alli, pero Costas mando a tres hombres que se colocaran en lugares estrategicos para vigilar, y ordeno a Amelia y a la otra mujer que cada una fuera en una direccion de la carretera montadas en sus bicicletas, y si veian algun coche, debian avisarles de inmediato.

Todos le obedecieron; mientras se alejaba, Amelia vio como iban disimulando los explosivos a ambos lados de la carretera.

Creyo escuchar un ruido de camiones a lo lejos y salio de la carretera para, escondida entre los arboles, vislumbrar el convoy militar que lentamente se iba acercando. Pedaleo con ganas hasta llegar donde estaban Costas y sus hombres.

– ?Ya vienen!

– ?Daos prisa! Tenemos que terminar, los cerdos ya estan aqui.

Se fueron escondiendo entre los arboles y Costas le hizo una senal a Amelia.

– Hemos puesto cargas en distintos lugares, y cada uno de nosotros se encargara de un detonador. Asi es mas seguro: si falla uno, no fallara el otro. Acompaname, ya te dire cual es el tuyo.

– ?Yo? No se nada de explosivos…

– Solo tienes que apretar aqui cuando escuches mi silbido.

Solo eso. Podras hacerlo. Es mas facil que conducir. Luego ya sabes lo que has de hacer. Correr hacia donde hemos dejado el coche; si no he llegado, esperame, si tardo mas de cinco minutos desde que se produzca la explosion, entonces vete.

– ?Sin ti?

– Yo no puedo correr, ya sabes como tengo la pierna. Subire como pueda.

– No deberias haber participado en esto -dijo Dimitri-, pero quieres estar en todo, nos las podriamos haber arreglado sin ti.

– Calla, y procura que llegue al coche.

– El medico te dijo que si continuabas andando perderias la pierna.

– ?Los medicos no saben nada! -respondio Costas con desprecio.

El ruido de los coches y camiones se escuchaba cada vez mas cerca. Amelia ocupo su posicion. Tenia todos los musculos en tension y no queria pensar en lo que estaba a punto de hacer. Sabia que muchos hombres moririan.

Costas habia organizado el sabotaje de manera que el convoy se viera atrapado por varias explosiones a lo largo de la carretera.

Amelia vio pasar camiones y carros de combate seguidos de varios coches en que viajaban oficiales de la Wehrmacht. Justo a su paso era cuando ella debia detonar el explosivo. Asio con fuerza la llave del mecanismo. Fijo la mirada en el detonador esperando un silbido de Costas y cuando lo escucho, bajo el detonador. La carretera se convirtio en un infierno. Varios vehiculos saltaron por los aires, otros se incendiaron, un tanque revento al explotar la municion. Los cuerpos desmembrados de algunos soldados habian sido proyectados a decenas de metros de distancia. Las llamas devoraban los restos de los camiones y los gritos desgarradores de los heridos se confundian con el sonido rabioso de las ordenes que impartia un oficial desde lo alto de la torreta de un tanque. Sentia el silbido de las balas al rasgar el aire puro de la manana mezclandose con los gritos desesperados de los heridos. Sabia que era el momento de salir corriendo hacia la casa de los aperos, pero se quedo paralizada al mirar hacia el coche donde iban los oficiales. Un grito aterrador salio de su garganta.

– ?Max! ?Max! -grito enloquecida, dirigiendose hacia el infierno. No pensaba, solo sabia que debia acercarse hasta la orilla de la carretera donde Max estaba tirado en el suelo empapado de sangre y envuelto en llamas que Amelia intentaba apagar con sus propias manos.

Costas vio a Amelia correr hacia la carretera. «Esta loca -penso-, la cogeran y hablara, entonces nos detendran a todos.» Le apunto con su arma y la vio caer cerca de donde estaba uno de los oficiales. Despues, ayudado por uno de sus camaradas, huyo monte arriba.

Amelia cayo a pocos metros de donde estaba Max gritando: «?Que he hecho, Dios mio, que he hecho!».

En medio del dolor, Max creyo escuchar un grito de Amelia, y penso que se estaba muriendo puesto que escuchaba su voz.

Aquel no fue un buen dia para los alemanes: era el 6 de junio de 1944, y horas antes, en las playas de Normandia, los aliados habian iniciado la invasion.

Cuando Amelia empezo a recuperar el conocimiento estaba en un hospital, y el primer rostro que vio fue el del coronel de las SS Winkler. Quiso gritar, pero la voz se negaba a salir de su garganta.

– Despiertela, tengo que interrogarla -ordeno Winkler al medico que estaba junto a el asistido por una enfermera.

– No puede interrogarla, lleva en coma desde hace mas de un mes.

– ?La seguridad de Alemania esta por encima de lo que le pueda suceder a esta mujer! ?Es una terrorista, una espia!

– Sea lo que sea, ha estado en coma, le he avisado tal y como me ordeno porque en las ultimas horas parece haber evolucionado. Pero tendra que esperar a que sepamos si su cerebro ha sufrido danos. Dejeme hacer mi trabajo, coronel -pidio el medico.

– Es de suma importancia que pueda interrogar a esta mujer.

– Para poder hacerlo con exito, debe permitir que haga mi trabajo; en cuanto ella pueda hablar, le avisare.

A pesar de su estado, Amelia pudo captar la mirada de odio de Winkler y cerro los ojos.

– Ahora debe irse, coronel, puede que la paciente vuelva a caer en coma.

Las palabras le llegaban desde lejos. Habia varios hombres hablando a su alrededor, pero no queria abrir los ojos temiendo encontrar los de Winkler.

Aun pasaron varias semanas hasta que Amelia recupero completamente la conciencia. Cada minuto de lucidez sentia que se le quebraba el alma recordando a Max. No soportaba pensar que lo habia matado. Porque habia sido

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