– Siento molestarle, pero me temo que la investigacion se complica, cuando parece que estoy llegando al final, me encuentro con algo que me obliga a continuar.
– Continue.
– ?Continuo?
– Si. ?Tiene algun problema para hacerlo? ?Necesita que le envie mas dinero? Hoy mismo dare orden al banco para que le hagan un nuevo ingreso en su cuenta.
– No, no se trata solo de eso, sino de… no se, tengo la sensacion de que cuanto mas voy conociendo sobre Amelia Garayoa, menos avanzo.
– Haga su trabajo, Guillermo, aunque… bueno, somos muy mayores y quiza nosotras no disponemos de demasiado tiempo.
– Hare todo lo que pueda, se lo prometo.
Despues telefonee al profesor Soler, pero no le encontre en casa. Su esposa dijo que su marido se hallaba en un congreso en Salamanca.
– Llamele al movil, no le importara; pero hagalo por la noche; no le gusta que le distraigan durante las jornadas de trabajo.
Cuando por fin pude hablar con el profesor Soler, le transmiti mi preocupacion.
– Creo que no voy a terminar nunca, la vida de Amelia es una tragedia sin fin. Cuando crees haber llegado al final resulta que le ha pasado algo mas. Tengo que ir a Jerusalen. ?Conoce usted a alguien en el Museo del Holocausto?
Creo que el profesor Soler sintio curiosidad por saber que era lo que me iba a llevar a Jerusalen, pero se abstuvo de preguntarmelo. No conocia a nadie del Museo del Holocausto pero me dio el telefono de un amigo, un profesor de historia de la Universidad de Jerusalen.
– Avi Meir es polaco, sobrevivio a Auschwitz. En realidad esta jubilado, pero es profesor emerito, el le podra guiar en lo que sea que este buscando.
– A Amelia, continuo buscando a Amelia -respondi resignado.
– ?En Jerusalen?
– No, pero creo que alli pueden darme noticias suyas.
Pablo Soler no pregunto mas. Se habia impuesto a si mismo no conocer mas de lo que las Garayoa quisieran que supiese. Les debia mucho, en realidad les debia todo lo que era.
Decidi no telefonear a mi madre para decirle que me iba a Jerusalen, ya la llamaria desde alli. No tenia animos para otra de las broncas maternas. Pero pense en ir ablandandola enviandole unas flores. Las encargue desde la recepcion del hotel. Ya no podria quejarse de que me olvidaba de ella.
12
Mi llegada a Tel Aviv no comenzo con buen pie. El interrogatorio al que me sometio el policia de la aduana me irrito.
– ?A que ha venido a Israel?
– A hacer turismo.
– ?Conoce a alguien aqui?
– No, no conozco a nadie.
– ?Le han entregado algun regalo para alguna persona de Israel o de los Territorios?
– No, nadie me ha dado nada ni yo traigo ningun regalo.
Luego tuve que detallar donde me iba a alojar y que recorrido pensaba hacer por el pais.
Ya de malhumor, alquile un coche para ir hasta Jerusalen mientras pensaba que, en relacion con la seguridad, los israelies eran un poco paranoicos, incluso mas que los norteamericanos.
El Sheraton de Jerusalen, situado en un lugar centrico, se hallaba no muy lejos del King David, el hotel historico de la ciudad, aunque si queria ir a la ciudad vieja tenia que dar un paseo. Aunque me dije que no estaba alli para hacer turismo, decidi que cuando terminara de trabajar, buscaria un momento para visitar los Santos Lugares y llevar un recuerdo a mi madre. Pense en lo contradictoria que era, tan moderna para algunas cosas, pero tan catolica y tradicional en otras.
El profesor Avi Meir resulto ser un aciano encantador que se mostro dispuesto a recibirme de inmediato.
– Ayer me telefoneo el profesor Soler anunciandome su llegada. Si no tiene ningun otro compromiso, le espero para cenar a las ocho.
Acepte de buen grado. Salvo tres cafes, no habia tomado nada en todo el dia, y estaba hambriento. Despues de darme una ducha, le pedi al conserje del hotel que me explicara como llegar a la direccion que me habia dado el profesor Meir.
El profesor vivia en la segunda planta de una casa de solo tres pisos. El mismo abrio la puerta y me dio un apreton de manos que me sorprendio por su firmeza, teniendo en cuenta que era la mano de un hombre de edad avanzada. Calcule que estaria cerca de los noventa, pero se movia como si tuviera muchos menos.
La casa era sencilla, con estanterias en todas las paredes y libros apilados por el suelo. En la sala de estar habia una mesa redonda perfectamente dispuesta para la cena.
– Sientese, estara hambriento despues del viaje. No se usted, pero yo nunca como en los aviones.
Cenamos con apetito. Ademas de un pescado cocinado al horno, el profesor habia dispuesto varias ensaladas, hummus y una cesta de pan acimo.
– Le gustara el pescado, se llama Pilatia Galilea, aunque creo que ustedes lo llaman San Pedro; es del mar de Galilea, un amigo me lo ha traido hoy.
Dimos buena cuenta de la cena mientras le contaba que necesitaba informacion sobre el campo de Ravensbruck y la confirmacion de si alli habian tenido prisionera a mi bisabuela.
– No somos judios, pero mi bisabuela estuvo muy implicada en la guerra, trabajo para los aliados. Si usted pudiera arreglarme una cita con alguien del Museo del Holocausto, se lo agradeceria mucho. Tanto como esta magnifica cena -bromee.
El profesor se quedo en silencio mirandome fijamente, como si quisiera leer mis pensamientos mas intimos. Luego, antes de responder, me sonrio.
– Hare algo mejor, le presentare a alguien que estuvo en Ravensbruck.
– ?No es posible! ?Aun quedan supervivientes de ese campo de prisioneros?
– Cada vez somos menos, pero aun no nos hemos muerto todos. ?Sabe?, a veces pienso que cuando el ultimo de nosotros desaparezca, no quedara ningun testimonio de lo que fue aquello, porque el mundo tiende a olvidar, no quiere recordar.
– Hay libros, documentales, el Museo del Holocausto… Nunca se perdera la memoria de lo que sucedio -intente animarle.
– ?Bah! Todos esos testimonios no dejan de ser una gota en el inmenso mar. Los hombres necesitan olvidar sus crimenes… Volviendo a lo que nos ocupa, manana le presentare a alguien que le puede ayudar, alguien que sobrevivio a Ravensbruck lo mismo que yo sobrevivi a Auschwitz.
– Muchas gracias, profesor, en realidad es mucho mas de lo que yo esperaba.
– Ire a buscarle a las doce a su hotel, pero antes quiero que haga algo. Visite el Museo del Holocausto, acuda usted a primera hora de la manana. Luego le sera mas facil comprender.
Ya en el hotel, senti la necesidad de hablar con alguien para contarle que habia conocido a un hombre excepcional. La larga conversacion con Avi Meir me habia impresionado. Apenas me hablo de su peripecia vital en Auschwitz, en cambio me explico como era la Europa de antes de la guerra, hasta que nos metimos de lleno en una discusion sobre la existencia del Estado de Israel; aquella velada me hizo sentir tan comodo, que incluso me permiti el lujo de criticar abiertamente la politica de Israel con los palestinos.
Avi Meir no se amilano ante mis criticas y polemizamos con la confianza con que solo lo hacen los buenos amigos. Me senti muy a gusto.
A la manana siguiente me levante temprano. Queria aprovechar el dia, asi que cogi un mapa de Jerusalen y, gracias tambien a las indicaciones del recepcionista del hotel, me plante en el Museo del Holocausto con bastante
