repitiendo aquel nombre: «?Max, Max, Max!».

El ayudante del general la condujo hasta donde estaba el oficial y ella se puso de rodillas suplicandole que la perdonara.

– ?Perdoname, Max, perdoname! Yo no sabia… ?Perdoname!

El oficial hizo una senal a su ayudante y este la levanto del suelo y la llevo hasta el coche. Vimos a Schaefer cuadrarse de nuevo ante el general. Su ayudante regreso a por el, y con ayuda del chofer, la metieron en el coche. Se marcharon y nunca mas la volvimos a ver.

Como podra suponer, durante muchos dias no hubo otro tema de conversacion en el campo. No entendiamos quien era aquel militar mutilado, ni por que la espanola se habia arrodillado ante el pidiendole perdon. Ni tampoco sabiamos adonde se la habian llevado.

Ni siquiera la enfermera pudo esta vez darnos razon de lo que habia sucedido, solo que el general traia una orden escrita para que la pusieran en libertad y que Schaefer no habia tenido mas remedio que entregarsela. Supimos por la enfermera que, cuando se fueron, Schaefer llamo al coronel Winkler para explicarle lo sucedido, pero no pudo hablar con el.

Lo que paso despues lo puede suponer. Poco antes de caer Berlin, mis compatriotas nos liberaron. La guerra llegaba a su fin. Nunca volvimos a saber nada de la espanola, de su bisabuela. Espero que sobreviviera, aunque en aquellos dias…»Sofia se quedo callada y dejo vagar la mirada por sus recuerdos olvidandose de nosotros. Avi carraspeo para devolverla al presente.

– Muchas gracias, Sofia -le dijo mientras cogia su mano y se la apretaba carinosamente.

– Senora, no sabe cuanto se lo agradezco, y… bueno, siento mucho por todo lo que tuvo que pasar -dije por decir algo, ya que estaba impresionado por el relato.

– ?Senora? ?Que es eso de llamarme senora? Llameme Sofia, todos me llaman asi. ?Sabe?, nunca imagine que volveria a saber nada de la espanola, y de repente me llama Avi para decirme que un joven espanol busca informacion sobre Ravensbruck, que es el bisnieto de una prisionera espanola que estuvo alli… Nunca imagine que pudiera suceder algo asi. ?Le ha servido de algo lo que le he contado? -Sofia ya habia recuperado la firmeza en la voz.

– Me ha ayudado muchisimo; sin su relato, mi investigacion no podria seguir. Usted me ha desvelado que Max estaba vivo, yo ya le creia muerto.

– ?Quien era Max? -me pregunto con curiosidad.

– Un oficial que habia sido opositor a Hitler antes de la guerra, un aristocrata prusiano al que le repugnaba el nazismo -explique intentando dejar a Max en buen lugar.

– No le debio de repugnar lo suficiente, porque vistio el uniforme aleman y mato defendiendo aquellos horribles ideales.

– Era medico, asi que no creo que matara a nadie -continue exculpandole, pero Sofia habia conocido al doctor Keifner, de manera que el que un oficial aleman fuera medico no significaba nada para ella. Su cuerpo mutilado era la prueba de lo que habian sido capaces de hacer algunos medicos alemanes.

– ?Y que paso despues? -pregunto para no seguir discutiendo.

– No lo se, es lo que tendre que averiguar ahora, que paso despues. La historia de mi bisabuela es como una de esas munecas rusas, cuando uno cree haber llegado a la ultima, aun hay otra por descubrir. No se que paso, ni si sobrevivieron. No lo se.

– El era general; busque en los archivos, puede que le juzgaran en Nuremberg -sugirio Sofia.

– Lo hare.

– O puede que muriera tranquilamente en la cama, como tantos otros militares alemanes -apunto Avi Meir.

Sofia se empeno en que almorzaramos con ella, aunque en realidad lo hicimos con todos los que vivian en el kibutz, en un comedor comunitario. La comida era sencilla pero sabrosa y todos se mostraron amables conmigo. Avi tenia razon, decia que era una sintesis del sueno comunista, de un comunismo utopico. Si en algun lugar el comunismo se habia hecho realidad era en los kibutz. Pense que mis amigos se sorprenderian si conocieran ese lugar y me pregunte cuantos de ellos, incluso yo mismo, serian capaces de vivir alli compartiendolo todo, aceptando participar en todas las tareas, sin poseer nada que la comunidad no decidiera que era necesario comprar en funcion del dinero que hubiera en la caja y que habia que gastar equitativamente. Alli nadie tenia mas que nadie.

?Vivir asi? No, no seria capaz; era mas comodo hablar de igualdad en el plano teorico.

En un momento determinado Sofia me dijo al oido que si mi bisabuela hubiera sobrevivido, le habrian quedado secuelas de su paso por Ravensbruck.

– Despues de que nos liberaran me tuvieron que operar. La Cruz Roja se hizo cargo de todas nosotras intentando remediar algunas de las barbaridades que nos hizo Kiefner. ?Sabe?, nunca volvi a ser una mujer normal… las secuelas de no tener pechos, o la vagina cosida… Usted no imagina lo que supone eso. Y su pobre bisabuela paso por lo mismo… No se si tuvo la suerte que yo. Claro que gracias a esas operaciones estuve hospitalizada durante mucho tiempo. Mi madre se recupero antes que yo, y antes de regresar a Rusia le pidio a un medico estadounidense judio que me ayudara a venir a Israel. Ella estaba convencida que seria lo mejor para mi. Me sorprendio; yo creia que eramos felices en la Union Sovietica, que debiamos luchar por la revolucion, y mi madre tambien lo creia asi, de manera que nunca entendi por que me pidio que intentara venir aqui. «Sofia», me decia, «que al menos una de las dos pueda ver Jerusalen». Yo le conteste que no teniamos Dios y que no habia mas patria que Rusia, pero ella insistio. Me lo hizo prometer. Lo consegui… y nunca mas volvi a verla.

Eran mas de las cuatro cuando regresamos al hotel. Avi se mostro igual de amable y comunicativo que la noche anterior.

– ?Sabe por donde continuar buscando? -me pregunto.

– En realidad, no; quiza el mayor Hurley pueda desvelarme lo que haya en sus archivos sobre Amelia.

Le explique quien era el mayor Hurley y como me habia ayudado hasta el momento.

– En mi opinion, si su bisabuela trabajo para los britanicos durante la guerra, puede que estos le volvieran a dar trabajo… si es que sobrevivio. Tengo un amigo, es norteamericano aunque de origen aleman. Es historiador y lo sabe todo sobre lo que sucedio despues de la guerra. Quiso alistarse para ir a luchar pero no se lo permitieron porque no tenia la edad, de manera que cuando pudo hacerlo, la guerra ya habia terminado, pero aun asi consiguio que le destinaran a Berlin. Sentia una rabia inmensa de que Hitler y sus secuaces hubieran manchado Alemania. Solia decirme: «Avi, por culpa de Hitler, la humanidad entera cree que todos los alemanes somos igual que ellos; llevaremos esa culpa como si se tratara del pecado original».

»E1 habia nacido en Nueva York, pero sus padres eran alemanes, y le educaron como tal. Era catolico, y mucho; tanto, que termino haciendose sacerdote. Ya lo era cuando le conoci en Jerusalen, donde vivio durante un tiempo y se doctoro en estudios biblicos en la universidad. Nos hicimos muy amigos, y solia contarme muchas cosas sobre el Berlin que conocio cuando llego en el cuarenta y seis. Si quiere, puedo llamarle, quiza le ayude; aunque, claro, vive en Nueva York y no se si…

– Se lo agradezco, Avi, necesito cualquier ayuda, alguien que me guie; de manera que si usted habla con el y le dice quien soy… puede que en algun momento precise de su consejo.

Nos despedimos en la puerta del hotel con el compromiso de que me telefonearia en cuanto hablara con su amigo, el cura norteamericano.

Reserve un billete para regresar al dia siguiente a Londres y aproveche el tiempo que me quedaba para visitar Jerusalen. Avi me habia recomendado que entrara en la ciudad vieja por la Puerta de Damasco y fue lo que hice. Pasee orientandome con el plano que traia conmigo; acabe comprando un rosario para mi madre que estaba hecho de madera de olivo, y tambien le compre una Biblia con las tapas del mismo material. Luego me hice con varios kefyas, los tipicos panuelos palestinos, que pensaba repartir entre mis amigos, y no se por que pero me deje engatusar por un viejo comerciante que se empeno en venderme una tetera de cobre brunido. No es que me gustara especialmente la tetera, pero no fui capaz de resistirme a los requerimientos del viejo. Regrese al hotel satisfecho con mis compras.

Creo que al mayor William Hurley le habria gustado que hubiera permanecido mas tiempo en Jerusalen, porque cuando le telefonee y le dije que estaba en Londres, no parecio alegrarse mucho.

– Usted hace todo muy deprisa, Guillermo -me reprocho.

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