nuestro barracon. La recuerdo muy bien. Apenas podia andar, se notaba que no hacia mucho que la habian torturado. Casi no podia abrir el ojo derecho y tenia la cara amoratada por los golpes recibidos. Estaba extremadamente delgada y tenia el cuello y la espalda surcada por las huellas de los instrumentos de tortura.

Recuerdo como si fuera ayer aquel primer dia en que la vi…

– ?Ponte donde puedas, cerda! -El guardia le dio un empujon para que entrara en nuestro barracon.

Amelia apenas dio unos pasos y se sento en el suelo sin mirar a ninguna parte, como si no nos viera o no le importara quienes estabamos alli. Mi madre se acerco a ella y le hablo, pero no obtuvo respuesta.

– No sabemos de donde es, no parece rusa -dijo una mujer.

No se por que a mi madre le conmovio la espanola, pero el caso es que la arrastro hasta nuestro lado, y la acomodo sobre una esquina del colchon. Ella se dejaba hacer sin mostrar ninguna emocion.

– La ropa que lleva esta muy sucia, pero es buena -comento otra de las presas.

Desde aquella noche Amelia durmio a nuestro lado. Mi madre parecia haberla adoptado.

Creiamos que no nos hablaba por no entender el ruso, pero a los dos dias de haber llegado mi madre me dijo al oido que la habia sorprendido mirandola cuando hablaba con otra mujer acerca de ella, como si las entendiera.

Pasaron varios dias antes de que el comandante Schaefer la llamara a su presencia.

Como apenas se sostenia de pie, mi madre decidio ayudarla a caminar para que llegara hasta el despacho de Schaefer.

Mi madre regreso pero a la espanola no la volvimos a ver hasta dos dias mas tarde, cuando se abrio la puerta y uno de los guardias tiro al centro del barracon lo que parecia un fardo de ropa vieja.

La habian violado. Era lo habitual cuando llegaba una prisionera. Si era joven, el primero en violarla era Schaefer, o en ocasiones el propio doctor Kiefner. Pero incluso las mas viejas sufrian esa humillacion ya que Kiefner disfrutaba metiendoles por la vagina todo tipo de objetos.

– Aqui ninguna os podreis quejar, todas recibis vuestra racion para calmar los ardores femeninos -decia, riendose.

Cuando la trajeron estaba en muy mal estado, pero no dijo nada, continuaba sin hablar, incluso lloraba en silencio. Le caian las lagrimas y apretaba las mandibulas como si quisiera reprimir el grito que anudaba su garganta.

Mi madre le limpio como pudo las heridas, y al hacerlo, comprobo que en algunos lugares le habian arrancado la piel.

Vinieron a por ella en mas ocasiones para interrogarla. Pronto supimos que un coronel de las SS habia ordenado a Schaefer que la hiciera hablar utilizando los metodos que quisiera. La enfermera del doctor Kiefner conto a otra presa que habia oido decir al doctor que Amelia era una asesina, una terrorista. Al parecer la acusaban del asesinato de un oficial de las SS y de participar en secuestros y atentados.

Parecia imposible que aquella joven de aspecto tan fragil pudiera haber hecho nada de todo aquello. Era un saco de huesos y creo que aunque hubiera estado en mejor estado, mucha carne no le habria sobrado. Mi madre la llamaba «la muneca rota».

Pero a pesar de su estado, sobrevivio. Fue un milagro. Y eso que un dia se presento en el campo aquel coronel que tenia cuentas pendientes con ella. Aun recuerdo su nombre: Winkler; Schaefer se puso muy nervioso cuando le anunciaron su visita. Todas pensamos que si Schaefer temblaba ante Winkler, eso significaba que este era aun peor, y todas sentimos mas miedo.

Winkler se marcho y pensamos que la espanola habria muerto. La enfermera nos dijo que el coronel Winkler se habia encerrado en una habitacion con ella y que los chillidos de Amelia no parecian los de un ser humano.

Cuando volvimos a verla era un amasijo de carne ensangrentada donde era dificil distinguir si tenia rostro. Durante varios dias lucho entre la vida y la muerte, y mi madre penso que no sobreviviria. Tenia las piernas y los brazos rotos, los pies aplastados y no habia un solo centimetro de su piel sin huellas de quemaduras de cigarrillos. Escondiendose entre las sombra la enfermera vino aquella noche a nuestro pabellon. Le limpio con cuidado las heridas y extendio una pomada por todas las quemaduras. Despues, con ayuda de mi madre, intento colocarle los huesos que tenia rotos. Tambien trajo un frasco que contenia un calmante fuerte.

– No he podido hacerme con mas -dijo-, pero es muy potente, debeis darselo poco a poco. Y que no se mueva, es la unica manera de que los huesos no se suelden del todo mal.

Supimos por ella que el coronel Winkler se habia marchado sin conseguir su objetivo.

– Esta mujer tiene la mente en el mas alla, no esta aqui, y por eso, aunque la torturen hasta matarla, nunca hablara.

Aquella noche escuchamos su voz por primera vez. Mi madre creyo oir un sonido y acerco su oido a la boca de Amelia.

– Dice «mama», llama a su madre.

Yo me acurruque en brazos de la mia; tenerla alli conmigo me hacia mas fuerte. De otra manera no habria podido soportar las torturas y las humillaciones a las que me sometian.

Cada dia aumentaba el numero de prisioneras que morian en la «camilla» de experimentos del doctor Kiefner. Su ultima canallada consistio en coser parte de la vagina de las prisioneras mas jovenes, tal como habia leido que hacian en algunas tribus africanas para evitar que pudieran sentir ningun placer en las relaciones sexuales.

– No, aqui no habeis venido a gozar, sino a pagar por vuestros crimenes, de manera que evitare que sintais placer -decia mientras preparaba el material con el que nos cosia.

Nos mutilo a todas, tambien a Amelia, y algunas murieron por la infeccion.

Luego, cuando el o alguno de los guardias nos violaban, el dolor resultaba insoportable. No se como sobrevivimos a ello.

Antes de que llegara la primavera, hablo de febrero de 1945, nos llego la noticia de que los rusos estaban cerca. Escuchamos como hablaban de ello nuestros guardias, y la enfermera checa nos lo confirmo. Estabamos expectantes, ansiosas de que el rumor fuera cierto.

Los alemanes temian a los rusos. Si, nos temian porque nosotros respondiamos con la misma brutalidad que habian mostrado los alemanes al invadirnos.

No habia soldado ruso que no hubiera perdido a un hermano o un padre, que no supiera de un amigo al que los alemanes no hubieran violado a su madre o a su hermana. De manera que en cada palmo de terreno que el Ejercito sovietico reconquistaba, los soldados se vengaban de los alemanes sin contemplaciones ni remordimientos. Creo que fue a principios de marzo cuando llego al campo aquel hombre, un aleman mutilado vestido de oficial. Estabamos en el patio cuando nos apartaron del camino para que un coche negro circulara sin obstaculos hasta el pabellon de Schaefer.

Mi madre dijo que el comandante estaba nervioso; yo no lo recuerdo bien.

Vimos a Schaefer abrir la puerta y saludar intentando parecer marcial ante aquel hombre al que otro oficial ayudaba a salir del coche. Antes habia sacado una silla de ruedas donde deposito al hombre ante el que se cuadraba Schaefer.

Era un oficial de la Wehrmacht que llevaba la gran cruz de hierro y otras condecoraciones prendidas en la guerrera. A pesar de ir en silla de ruedas, el porte aristocratico de aquel militar imponia. Bajo la manta que le tapaba se ocultaban los munones de lo que habian sido sus piernas. Era poco mas que un tronco.

Lo condujeron al despacho de Schaefer y todos nos preguntamos por el motivo de la visita de aquel general mutilado.

Nos encerraron en nuestros barracones. Al cabo de una hora, un guardia vino en busca de Amelia y le ordeno que recogiera todas sus cosas. ?Que ironia! Alli careciamos de todo, no habia nada que recoger. Mi madre se puso a llorar temiendo que se la llevaran a algun otro campo, o con aquel coronel Winkler que tanto parecia odiarla. Salimos tras ella, y vimos como el guardia la acompanaba hacia la explanada. Alli estaba el comandante Schaefer junto al general que iba en silla de ruedas. Amelia caminaba indiferente, con la vista perdida, como si nada de lo que sucedia a su alrededor le importara; asi habia sido desde el primer dia en que llego a Ravensbruck.

De repente se puso alerta, habia algo en el general invalido que parecia atraer su atencion. Recuerdo verla correr hacia el gritando «?Max, Max, Max!» y que se cayo al suelo. El ayudante del general corrio hacia ella y la ayudo a levantarse.

Todas nosotras mirabamos asombradas la escena, no entendiamos nada. La espanola no habia dicho ni una palabra desde su llegada a Ravensbruck. Cuando la torturaban por la noche, la oiamos llorar en silencio llamando a su madre, «mama» fue la unica palabra que pronuncio en todo el tiempo que estuvo alli, y de repente gritaba

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