rapidez.

Cuando llegue, me encontre esperando a un grupo de judios norteamericanos y a los alumnos de un colegio. Tambien habia un grupo de turistas espanoles que aguardaban a que llegara su guia. Me pegue a ellos para escuchar sus explicaciones.

Sali del museo sobrecogido, con el estomago revuelto y una sensacion de nausea. ?Como era posible que toda una nacion hubiera enloquecido hasta el punto de haber asesinado masivamente a millones de personas por ser de una raza distinta o por tener otra religion? ?Por que no se habian revelado? Me acorde de Max von Schumann y de sus amigos; ellos no estaban de acuerdo con Hitler, pero su oposicion era unicamente intelectual. ?Cuantos alemanes de verdad se jugaron la vida combatiendo a Hitler?

Llegue al hotel al mismo tiempo que el profesor Meir, que sorprendentemente conducia el mismo una vieja camioneta.

– Suba. ?Viene del museo? El lugar donde vamos no esta muy lejos, solo a doce kilometros de aqui, ya vera.

Salimos de la ciudad sin que el profesor me dijera adonde me llevaba, tampoco le pregunte. Me parecio que nos estabamos internando por el desierto hasta que de pronto me parecio vislumbrar un oasis verde en el horizonte. Parecia un pueblo, un pequeno pueblo con una cerca de proteccion y hombres y mujeres armados que vigilaban el perimetro de la poblacion. No eran soldados, sino que parecian gente corriente, vestidos con ropa comoda, sin ningun distintivo militar.

– Esto es Kiryat Anavim, un kibutz, aqui viven sobre todo judios rusos. Lo fundaron unos judios que llegaron de Rusia en 1919. En Israel cada vez quedan menos kibutz; vivir aqui es muy duro, es comunismo puro.

– ?Comunismo?

– No existe la propiedad, todo es de todos y la comunidad provee segun las necesidades de cada cual; los ninos se educan en la casa comunal, y todos se reparten el trabajo, pero haciendo de todo; usted puede ser ingeniero o medico, pero tambien le tocara estar en la cocina, o arar. La unica diferencia con el comunismo sovietico es que aqui hay libertad: cuando alguien se quiere ir, se va; todo cuanto hacen es voluntario. Vivir en el kibutz es muy duro, sobre todo para las nuevas generaciones, los jovenes de ahora estan demasiado mimados y no aguantan una vida espartana.

– No me extrana -respondi en un ataque de sinceridad.

– Yo vivi unos cuantos anos en un kibutz cuando llegue a Israel, alli conoci a mi esposa y pase los anos mas felices de mi vida.

– ?Su esposa?

– Mi esposa murio hace anos. Desgraciadamente el cancer se la llevo. Era rusa, una rusa judia. Vino con sus padres siendo una nina. Fueron de los primeros pioneros, y se asentaron aqui, en Kiryat Anavim.

– ?Tiene hijos?

– Si, cuatro hijos. Dos han muerto. Daniel, el mayor, en la guerra del sesenta y siete, y Esther en un ataque terrorista al kibutz en el que vivia en el norte del pais, cerca de la frontera con Libano. Me quedan dos: Gedeon vive en Tel Aviv, esta a punto de jubilarse, es productor de television, tiene tres hijos y dos nietos, asi que soy bisabuelo; Ariel, el pequeno, vive en Nueva York. Se caso con una norteamericana y se marcho. Tengo dos nietos neoyorquinos que en su momento cumplieron con su obligacion y vinieron a hacer el servicio militar. Buenos chicos, se han casado y tambien tienen hijos.

Detuvo la camioneta en la puerta de una casa baja y modesta. Todas las casas eran iguales: de piedra, alineadas unas junto a las otras, sin nada que las distinguiera.

La puerta de la casa estaba abierta y Avi Meir entro como si se tratara de su propia casa.

– ?Sofia! ?Sofia! ?Estoy aqui!

Una mujer mayor aparecio sonriendo y nos tendio la mano.

– ?Avi! ?Pasa, pasa! Me diste una gran alegria cuando me llamaste esta manana. Hacia tiempo que no venias. ?Y tus hijos? ?Sabes algo de Ariel? Nunca entendere por que a los chicos les gusta tanto irse a Norteamerica. ?Y este joven es…?

– Guillermo, el joven espanol del que te he hablado. Es periodista, pero esta aqui escribiendo un libro sobre su bisabuela.

– Cuando me llamaste para preguntarme si Ravensbruck habia conocido a una espanola llamada Amelia Garayoa, me dio un vuelco el corazon. Amelia, ?pobrecilla!

Sofia nos invito a tomar asiento y trajo una jarra de limonada aromatizada con hojas de menta, luego me miro de arriba abajo como intentando encontrar en mi alguna huella de Amelia, pero no parecio encontrarla.

– Cuentanos todo lo que sepas, a mi tambien me gustara saberlo -le pidio el profesor Meir.

Sofia no se hizo de rogar y comenzo su relato.

«Yo tenia dieciocho anos cuando me llevaron a Ravensbruck, en mayo de 1944. Mi madre era comisaria politica y yo ansiaba serlo. Tambien era una jovencisima comunista que adoraba al padrecito Stalin, y que habia destacado en las Juventudes Comunistas, ayudada por la influencia de mi padre, comisario politico como mi madre.

No voy a contar lo que los alemanes nos hicieron cuando invadieron Rusia, solo que mi madre y yo tuvimos suerte, mejor suerte que otras muchas mujeres, a las que ademas de violarlas, despues las destriparon en presencia de sus maridos y de sus hijos, u otras que tuvieron que soportar ver como descuartizaban en pedazos a sus hijos delante de sus ojos.

Estabamos en un pueblo, organizando a los campesinos, cuando de repente llegaron los nazis… Estaban furiosos porque iban perdiendo la guerra. Asesinaron a los ancianos y a los ninos y nos hicieron prisioneros a todos los que llevabamos un uniforme; en mi caso, el de comisaria de las Juventudes Comunistas. Aun hoy siento miedo cuando recuerdo como nos subieron a aquellos camiones golpeandonos con las culatas de los fusiles. A mi madre y a mi, al descubrir que eramos judias, nos separaron del resto. Para ellos eramos lo peor: judias, comunistas y rusas. Y nos enviaron a Ravensbruck, un campo de prisioneros situado cerca de Berlin.

Alli dormiamos en barracones, amontonadas las unas encima de las otras sobre unos colchones duros, sin apenas espacio para respirar, aunque bastante teniamos con combatir a los piojos y a las chinches que corrian por los colchones y por nuestra ropa.

Uno de los jefes del campo era un comandante de las SS que se llamaba Schaefer; era un hombre brutal, bajo, gordo, moreno, todo lo contrario del ideal ario. Pero alli estaba el hablandonos de la superioridad de su raza mientras nos torturaba. A Schaefer le gustaba participar personalmente en los interrogatorios y poner en practica cuanto de macabro ideaba con ayuda del doctor Kiefner.

El doctor Kiefner era un sadico que, al igual que Schaefer, violo a muchas mujeres del campo.

Le gustaba llevar a cabo lo que el calificaba como «sus experimentos» para comprobar cuanto dolor podia soportar un ser humano, pero sin causarle la muerte.

La mayoria de las mujeres eran mutiladas. «?Se puede vivir sin pezones?», se preguntaba el doctor Kiefner mientras se disponia a cortar los pezones a alguna de las presas. Lo hacia con un bisturi, sin ningun tipo de calmante que pudiera aliviar el dolor de sus victimas.

Era un sadico y disfrutaba mutilando los genitales de las mujeres de Ravensbruck. A otras las destripaba porque decia que eso le ayudaba a tener un conocimiento mas preciso del cuerpo humano.

– Vamos, querida, no te resistas, es por el bien de la ciencia. Yo estudie con cadaveres, pero no es lo mismo que poder contemplar como se mueven tus organos mientras se van apagando -le decia a la mujer que habia elegido como victima.

Si a alguna de nosotras nos enviaban al hospital, ibamos aterrorizadas sabiendo que aunque consiguieramos regresar vivas, ya nunca seriamos las mismas. A mi me amputo los dos pechos… estuve varios dias entre la vida y la muerte. Me salvo que una enfermera que le ayudaba tambien era una prisionera. No era judia, a la pobre mujer la obligaban a asistirle en aquellas carnicerias. Creo que era checa, no lo recuerdo bien; hablaba muy poco y habia sido enfermera antes de caer prisionera. No se por que estaba alli, pero el caso es que el doctor Kiefner no la utilizo para sus experimentos. Ella nos ayudaba cuanto podia, que no era mucho, pero a veces lograba sustraer pequenas cantidades de antisepticos y analgesicos que se los entregaba a alguna presa para que cuidara a quienes habian pasado por la «camilla» del doctor.

Supongo que sobrevivi porque era joven y queria vivir, y ademas contaba con mi madre; sin ella no lo habria logrado.

Pero estoy contando lo que me sucedio a mi, y no es eso lo que ha venido a buscar; usted lo que quiere es que le hable de la espanola. Llego a principios de septiembre del cuarenta y cuatro, estaba enferma y la destinaron a

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