lo que tienen.
– ?Has hablado con los britanicos?
– Solo para arreglar mis papeles, y no creas que se han mostrado muy dispuestos a ayudarme. No entienden por que quiero permanecer aqui. Pero cuentame de ti, ?te has casado?
– No, no he tenido tiempo de hacerlo, la guerra no es el mejor momento para hacerlo.
Albert se impuso como tarea cuidar de Amelia, de Max y del pequeno. Los visitaba a menudo; resolvio el papeleo para que no molestaran al baron, y ademas les solia llevar comida.
Le impresionaba ver a Amelia en actitud tan sumisa respecto a Max. Le trataba con reverencia y mimaba cuanto podia a Friedrich. Pero habia cambiado, no era la joven llena de vida que habia conocido, idealista, bella. Aquella mujer tenia poco que ver con la que el habia amado, y sin embargo era la misma Amelia.
Albert hablo con su tio y le informo de la presencia de Amelia en Berlin. Pero lord Paul le explico que la mujer no estaba en disposicion de volver a trabajar para ellos. No solo habia rechazado esa posibilidad, sino que ademas los hombres que habian contactado con ella escribieron en su informe que no parecia duena de si misma.
– ?Y como estarias tu si te hubieran torturado durante meses? -pregunto, airado, Albert a su tio-. No tienes ni idea de lo que le hicieron en Ravensbruck.
Ella nunca le conto por lo que habia pasado, pero Albert habia leido informes con los testimonios de algunas supervivientes, y se estremecia al pensar que a ella le pudieron hacer lo mismo que a las otras mujeres. Todas habian sufrido mutilaciones, a todas las habian violado, y suponia que Amelia no habia sido una excepcion; pero ella no hablaba de lo que habia pasado, como si su sufrimiento lo tuviera bien merecido, como si fuera parte del pago por lo que le habia sucedido a Max.
Era tan grande su remordimiento por aquella operacion en Atenas, que Albert le recomendo que hablara con algun sacerdote.
– Necesitas que te perdonen, solo asi podras recobrar la paz.
– Max me ha perdonado, es un ser excepcional.
– No es suficiente con su perdon, necesitas que te perdone Dios.
Nunca supo si acabo siguiendo su consejo, y tampoco volvio a insistir. Mientras tanto, en Berlin aumentaba la tension entre los vencedores de la guerra. Las relaciones de las potencias occidentales con los rusos cada dia eran mas tensas. Habian combatido juntos pero ya no estaban en la misma trinchera.
En la OSS encargaron a Albert que buscara el rastro de un cientifico nazi que habia huido antes de acabar la guerra. Muchos de los cientificos que habian trabajado para Hitler habian aceptado gustosos trabajar para los norteamericanos o los rusos ya que con ello se garantizaban la impunidad. Pero no fue el caso de Fritz Winkler.
Albert no le habia confesado a Amelia que trabajaba para la OSS; mantenia la farsa de que solo era un periodista norteamericano deseoso de noticias, por eso decidio probar suerte con Max, quiza el habia conocido o sabia de la existencia de Fritz Winkler. Al fin y al cabo, la familia de Max habia estado muy bien relacionada y conocia a todo aquel que era alguien en Alemania. Quiza le diera una pista.
– Me han encargado un reportaje sobre cientificos que trabajaban para Hitler. Algunos se han escapado y nadie sabe donde estan.
– Dicen que algunos se han pasado a vuestro bando y otros a los rusos -respondio Amelia.
– Puede ser que sea asi, pero no todos. Al parecer el doctor Winkler logro salir de Alemania con la ayuda de su hijo, creo que era coronel de las SS y organizo su fuga; lo que no se es donde.
– ?Winkler? -Max se puso tenso.
– ?Estas seguro de que te han dicho «Winkler»? -quiso saber Amelia.
– Si, al parecer es un cientifico que a pesar de haber sido reprobado por la Convencion de Ginebra, trabajaba en un proyecto secreto de armas con gases. Su hijo era un coronel de las SS muy bien relacionado. A el tampoco le hemos encontrado. Han desaparecido los dos.
Por el silencio opresivo que se hizo en la sala, Albert dedujo que ambos debian de conocer a uno de los Winkler, o quiza a los dos. Max habia vuelto el rostro, pero Amelia estaba palida y quieta como si se hubiera muerto en ese instante.
– ?Que sucede? -pregunto sin dirigirse a ninguno de los dos en concreto.
Fue Max quien rompio el silencio.
– El coronel Winkler envio a Amelia a Ravensbruck. La odiaba por creer que asesino en Roma a un oficial de las SS amigo suyo.
Albert no supo que decir, pero penso que su intuicion habia dado en la diana.
– ?Donde puede estar ahora? -pregunto haciendo caso omiso de la tension.
– ?Quien sabe! Se habla de que muchos jefes nazis han logrado huir, que tenian rutas de escape previstas en caso de que Alemania perdiera la guerra -fue la respuesta de Max.
– ?Conociste a Fritz Winkler, Max? Cuentan que estaba muy bien relacionado y era recibido por algunas de las grandes familias alemanas que incluso antes de la guerra financiaban sus experimentos.
– No, no lo conoci. Desgraciadamente si conoci en Roma a su hijo, el coronel Winkler, ya te he dicho que queria que ahorcaran a Amelia. Lo siento, no te puedo ayudar, no sabria como.
Albert estuvo a punto de preguntarle si lo haria en caso de que supiera donde estaba Fritz Winkler, pero no lo hizo. Max vivia atormentado por haberse convertido en un invalido, pero a pesar de lo sufrido, mantenia una lealtad inquebrantable a sus compatriotas pese a las barbaridades cometidas por muchos de ellos.
Penso en las contradicciones de Max, en su empeno para que Gran Bretana frenara a Hitler antes de la guerra, en la repugnancia y el desprecio que sentia por el nazismo, pero aun asi, habia luchado junto a ellos porque en aquel momento representaban a Alemania y el nunca habria traicionado a su patria, como si el nazismo no hubiera sido la peor traicion. Pero Albert no dijo nada, no queria discutir con el baron, y mucho menos con Amelia. Les veia a ambos como dos seres perdidos, sin futuro ni esperanza, atados el uno al otro como si de una condena se tratase. Solo Friedrich, el pequeno Friedrich, reia en aquella casa silenciosa y triste. Albert se daba cuenta de que el hecho deque tanto Max como Amelia conocieran al coronel Winkler le podia resultar util; aun no sabia como, pero lo pensaria.
Salio de la casa y decidio dar un paseo antes de regresar al sector norteamericano del dividido Berlin.
Mas tarde Albert se reunio con Charles Turner, un miembro de los Servicios de Inteligencia britanicos que, como el, estaba destinado en la antigua capital alemana. Se conocian de los duros dias de la guerra, y ambos habian simpatizado mas alla de haber llevado a cabo algunas acciones conjuntas.
– Necesito que me dejes echar un vistazo al expediente de Amelia Garayoa.
– ?Y quien es Amelia Garayoa?
– ?Vamos, Charles, estoy seguro de que sabes quien es Amelia Garayoa!
– No la conozco, pero creo que tu si -respondio Charles Turner con ironia.
– Ha trabajado para vosotros, la capto mi propio tio, lord James, de manera que no perdamos el tiempo en duelos dialecticos.
– ?Y se puede saber para que quieres el expediente de Garayoa? En primer lugar, yo no tengo acceso a los expedientes de los agentes, que, como supondras, estan bien guardados en Londres. En segundo lugar, Garayoa ya no trabaja para nosotros. Uno de nuestros hombres la localizo en Berlin al poco de acabar la guerra, y en su opinion, no estaba muy bien de la cabeza, lo que no es de extranar teniendo en cuenta que la tuvieron prisionera en Ravensbruck. Ninguna mujer que haya pasado por alli volvera a ser la misma.
– Vaya, veo que te empiezan a funcionar las neuronas y ya sabes algo de Amelia Garayoa.
– No puedo darte su expediente, pero quiza pueda ayudarte si me dices que quieres saber sobre ella que no sepas ya.
– Necesito saber que paso en Roma; al parecer, la acusaron de haber asesinado a un oficial de las SS, pero no se pudo probar. Quiero saber si lo hizo o no.
– Vere lo que puedo hacer.
