corriendo.
– ?Papa, papa! ?Venimos con un amigo tuyo! -grito el nino.
Entraron en una sala con las paredes cubiertas por estanterias llenas de libros. El antiguo inquilino debia de ser un lector empedernido, o acaso un profesor.
Max estaba en la penumbra, sentado en un sillon cubierto por una fina manta.
Amelia se acerco a el y le beso, acariciandole el cabello.
– Max, me he encontrado con un viejo amigo, Albert James, le he traido aqui.
Albert no entendia por que Max no se levantaba para saludarle, y cuando acomodo sus ojos a la penumbra tuvo que hacer un gran esfuerzo para que su expresion no lo delatara. El otrora orgulloso y atractivo baron Von Schumann tenia el rostro deformado por las cicatrices provocadas por quemaduras y metralla.
– Acercate -le pidio Amelia a Albert.
– Albert, amigo mio, me alegro de que estes aqui. -Max extendio la mano sin levantarse, y el periodista se dio cuenta de que no debia de ver bien porque tenia un ojo medio cerrado y un tremendo costuron le recorria la frente hasta el parpado-. Perdona que no me levante, no lo consideres una descortesia.
– Desde luego que no, me alegro de verte, Max. Tu hijo es un hombrecito -dijo por decir algo.
– Si, Friedrich es un sueno.
Amelia, que habia salido de la estancia, volvio con una bandeja en la que llevaba tres tazas y una tetera.
– No es el mejor te del mundo pero es el unico que he podido conseguir en el mercado negro.
Hablaron del Berlin que conocieron, de las veladas en el Adlon y en casa del profesor Schatzhauser, de la ciudad alegre y transgresora que habia sido. Max le hizo prometer que volveria a charlar con el. Amelia le acompano a la puerta.
– Siento verle asi. ?Donde paso? ?En el frente ruso?
– Se lo hice yo -respondio Amelia.
Albert la miro incredulo. Amelia le resultaba una extrana, no encontraba en ella rastro de la mujer que habia sido. En aquellos dias debia de tener veintisiete o veintiocho anos, pero sus ojos delataban que habia bajado a los infiernos. No supo que responder a la afirmacion de Amelia.
– Ya se que puede resultar pretencioso, pero ?puedo ayudar en algo?
Ella parecio dudar antes de responder.
– Que le dejen en paz. Los sovieticos detienen a la gente, buscan nazis por todas partes. No se cuantos comites han examinado el expediente de Max: le han interrogado, han solicitado testigos… Hasta ahora no han encontrado a nadie que pueda decir que Max es un criminal. Tu sabes que el no era nazi, que acudio a tu propio tio a pedir que Inglaterra acabara con esa politica de apaciguamiento que solo daba alas a Hitler. Si puedes conseguir que nos dejen en paz…
– Lo intentare. Dame las requisitorias que os hayan enviado, los papeles, lo que tengas; no te prometo nada, este es el sector ruso y no permiten que nadie meta las narices en sus asuntos.
– Dime, ?donde quieres que los lleve?
Le dio la direccion de un pequeno hotel situado en el lado norteamericano.
– Manana temprano te lo llevare.
– Estupendo, tomaremos un cafe juntos, ?te parece bien?
Al dia siguiente la vio llegar caminando erguida, absorta en sus pensamientos. Le sonrio al verle esperar en la puerta del hotel. -?Tienes que irte ya?
– No, te estaba esperando. Pasa, la patrona hace un buen cafe.
– ?Autentico?
– Si, se lo proporciono yo -respondio el, riendo.
Le entrego los papeles y el le pidio que le contara que habia sido de ella durante la guerra.
– Trabaje para tu tio.
– ?Todo el tiempo?
– Todo el tiempo menos cuando estuve en Pawiak y en Ravensbruck.
– ?Pawiak? ?Estuviste detenida en Varsovia…?
– Si, fue la primera vez. Colaboraba con un grupo de polacos que ayudaban a la gente del gueto. Nos detuvieron a todos; yo tuve suerte, Max evito que me ahorcaran. Crei que habiendo estado en Pawiak ya habia conocido lo que era el infierno, pero estaba muy equivocada. El verdadero infierno fue Ravensbruck, solo que a mi ya no me importaba lo que pudieran hacerme, solamente queria morir.
– Ayer me dijiste que Max estaba asi por tu causa…
– ?No te lo ha contado tu tio?
– No, nunca me habria desvelado ninguna operacion de inteligencia.
– Ayudaba a un grupo de la Resistencia griega. Teniamos que volar un convoy cargado de armamento que salia de Atenas hacia la frontera yugoslava. Ese mismo dia Max iba a inspeccionar un batallon no lejos de Atenas. Decidio hacer parte del camino con el convoy porque el oficial que lo mandaba era amigo suyo. Yo no lo sabia. Aprete el detonador al paso del coche de los oficiales y le vi saltar de su asiento envuelto en llamas. Perdio las piernas, y ya ves como le ha quedado la cara, pero aun tiene peor el resto del cuerpo. A pesar de lo que le he hecho, Max me ha perdonado, fue el quien hace unos meses me saco de Ravensbruck. Me ha devuelto a la vida en dos ocasiones, y ya ves… yo se la he quitado. Estuvo muchos meses entre la vida y la muerte, pero sobrevivio; sin embargo, cuando se vio asi… dice que preferiria haber muerto. Me lo dice todos los dias.
– Es un soldado, Amelia, y medico; el sabe que esto ocurria todos los dias, que a cualquiera podia habernos sucedido.
– ?Estas seguro? ?Crees que a cualquiera podria haberle dejado asi la mujer en quien confiaba?
– ?Ya no trabajas para lord Paul?
– No, no quiero saber nada de guerra, ni de muertes, ni de servicios de inteligencia. Ademas, tampoco podria; todo mi tiempo es para Max, se lo debo, el me necesita.
– ?Y el nino?
– Friedrich es lo unico que mantiene vivo a Max. Le adora.
– ?Y la baronesa Ludovica?
– Murio durante uno de los bombardeos britanicos contra Berlin. Friedrich sobrevivio de milagro. Solo se tienen el uno al otro.
– Te tienen a ti.
– ?Oh, yo solo trato de hacerles mas facil la existencia! Lo han perdido todo.
– Y tu te sientes culpable y has decidido sacrificar el resto de tu vida dedicandosela a ellos. ?Y tu hijo? ?Y tu familia?
– A Javier le he perdido para siempre. Mi marido no me ha permitido acercarme al nino. Mi familia me echa de menos, seguro que si, pero no me necesitan como me necesitan Max y Friedrich.
– ?Saben que estas aqui y por lo que has pasado?
– No, no lo saben, ni quiero que lo sepan, es mejor asi, solo les provocaria sufrimiento.
– No crees que no saber nada de ti es lo que realmente les estara haciendo sufrir.
– Seguro que si, pero por ahora no puedo hacer otra cosa que lo que estoy haciendo.
– ?Los sovieticos no te han molestado?
– Tengo buenas credenciales, he estado dos veces prisionera de los nazis, primero en Varsovia, en Pawiak, y despues en Ravensbruck, ?que mas quieren?
– Ademas, siempre puedes exhibir tu carnet del Partido Comunista de Francia -dijo el con una sonrisa, intentando relajar la tension de Amelia.
– ?Crees que si se lo enseno a Walter Ulbricht me dara un buen puesto? ?O quiza deberia acercarme a Wilhelm Pieck? Son los que mandan aqui ahora, ademas de los sovieticos -respondio Amelia siguiendo la broma.
– Bueno, Ulbricht ha sido el jefe de los comunistas alemanes en el exilio, y Pieck es un hombre muy considerado por Moscu, es logico que sean los hombres del presente. Pero dime, ?como os las arreglais? Me refiero a si teneis medios para vivir, estando Max asi…
– Hacemos lo que podemos. Las posesiones familiares ya no existen, son escombros. En cuanto a los valores y el dinero, de poco valen. Hemos ido vendiendo algunas cosas, y si algun inquilino nos da algo, pues ese dia es fiesta. A veces nos pagan en especies: una barra de pan, unas bolsitas de te, un trozo de carne de origen dudoso…
