– En realidad he tenido mucha suerte y di con las personas adecuadas y eso me evito perder el tiempo -me defendi, pensando en que si el mayor Hurley no fuera tan ordenancista y decidiera contarme de una vez por todas lo que sabia de Amelia Garayoa, yo podria terminar mi trabajo y el no tendria que soportarme mas tiempo. Pero era britanico y de clase acomodada, asi que la parsimonia era parte de su naturaleza.
– Y bien, ?que es lo que ha averiguado? -me pregunto, como si de ello dependiera que me volviera a recibir o no.
Cuando termine de contarselo parecio dudar, pero a continuacion me ordeno que aguardara a que se pusiera en contacto conmigo.
– ?Y eso cuando sera, mayor?
– Dentro de un dia o dos -respondio, antes de colgar el telefono.
Tratandose del mayor, agoto el plazo, es decir, que me telefoneo dos dias mas tarde, cuando yo ya estaba pensando en marcharme a Nueva York a ver al amigo de Avi, mas que nada porque me carcomia el estar sin tener nada que hacer. Antes de despedirse anadio:
– Lady Victoria tiene la amabilidad de invitarnos a almorzar manana. En su casa a las doce.
Celebre la noticia invitandome a cenar en un restaurante. Lady Victoria me caia bien; al igual que el mayor, era genuinamente britanica. El hecho de estar casada con un nieto de lord Paul James, el tio de Albert James, la convertia en una autoridad en todo lo que se referia a Amelia Garayoa.
Compre una botella del mejor oporto en una tienda de licores de Bond Street. El dependiente dudo de si debia atenderme o llamar al guardia de seguridad porque mi aspecto no se correspondia al de sus distinguidos clientes. No entendi por que me miraba con tanta desconfianza hasta que regrese al hotel y me di cuenta de que llevaba un panuelo palestino alrededor del cuello. Debio de pensar que, como poco, yo debia de ser primo de Bin Laden.
Tuve la tentacion de comprarme una corbata en alguna de las exclusivas tiendas de Bond Street puesto que solo tenia una y era la que siempre llevaba cuando visitaba a lady Victoria, pero los precios hicieron que desechase mi buena intencion: las corbatas no bajaban de los trescientos euros, asi que decidi que era mejor invertir el dinero de la corbata en whisky escoces.
Cuando llegue eran las doce en punto. De nuevo me parecio que lady Victoria tenia mas pecas que de costumbre, y su blanquisima piel estaba enrojecida como si hubiera tomado el sol.
– ?Ah, querido Guillermo! ?Que alegria volver a verle! -Tan caluroso recibimiento parecia sincero.
– No sabe cuanto le agradezco su invitacion -respondi yo, intentando estar a su altura.
– Es emocionante, verdaderamente emocionante, su investigacion. Mi esposo piensa lo mismo que yo, ?verdad, querido?
Lord Richard asintio mientras me estrechaba la mano. Tenia la nariz colorada, no se si porque, al igual que su esposa, habia tomado el sol o era consecuencia de su gusto por el jerez.
Me arrepenti de mis malos pensamientos. Lady Victoria y lord Richard habian pasado unos dias de vacaciones en las Barbados, en casa de unos amigos, de ahi aquella piel tan enrojecida.
Sabia que antes de que lady Victoria y el mayor Hurley decidieran ir al grano tendriamos que hablar de generalidades, y que no seria hasta los postres cuando ambos se metieran en materia; asi que, armandome de paciencia, me dispuse a disfrutar del almuerzo.
– Querido Guillermo, hemos tenido suerte; cuando el mayor Hurley me explico lo que usted habia averiguado en Jerusalen me senti horrorizada… pensar en el sufrimiento de todas esas mujeres… Pero ya le digo que hemos tenido suerte. Vera, he encontrado en nuestros archivos un cuaderno de Albert James, son reflexiones personales que escribio sobre los ultimos dias de la guerra, la capitulacion, la division de Berlin y tambien sobre su encuentro con Amelia. ?Imaginese que momento! Yo recordaba haber leido por encima esos cuadernos ?pero es tanto lo que aun me queda por clasificar! Asi que me puse a buscarlos; recordaba que Albert se referia a Amelia, aunque la verdad es que no sabia por que. Creo que con los cuadernos y con lo que pueda contarnos el mayor Hurley, podra hacerse una idea de lo que le sucedio a su bisabuela despues de la guerra.
– Puede que necesite otras fuentes -apostillo el mayor Hurley.
– Me estan ayudando mucho y les estoy muy agradecido -intervine yo con la mejor de mis sonrisas.
Lady Victoria y el mayor Hurley intercambiaron una rapida mirada en la que el le cedio la palabra a nuestra anfitriona.
«Debe usted saber que Albert James decidio trabajar para la OSS, el Servicio Secreto estadounidense. Lord Paul no consiguio que su sobrino colaborara con los Servicios de Inteligencia britanicos, pero si lo consiguio un buen amigo suyo, William Donovan, un importante abogado de Nueva York, veterano de la Primera Guerra Mundial, que recibio el encargo del presidente Roosevelt de organizar una red de espionaje adaptada a las necesidades de la guerra y que colaborara con la Inteligencia britanica.
Donovan convencio a los mejores para que se enrolaran en la OSS, y Albert era uno de ellos, aunque su incorporacion no se produjo hasta bien entrado el ano 1943. Su idea romantica del periodismo le impedia dar el paso, hasta que comprendio que en aquella guerra no se podia ser neutral, que debia implicarse, y asi lo hizo.
Por su conocimiento del frances, su campo de operaciones fue sobre todo Francia y Belgica. Habia vivido muchos anos como corresponsal en Paris y tenia buenos contactos. Tambien opero en Holanda.
Al finalizar la guerra, Donovan le envio a Berlin. Sabia que en aquella ciudad era donde iba a comenzar una «nueva guerra», una guerra silenciosa y nunca declarada con uno de los antiguos aliados, la Union Sovietica. De manera que se establecio en Berlin con la cobertura de periodista. Fue alli donde poco despues se encontro con Amelia; en sus cuadernos dice que el encuentro se produjo en noviembre de 1945, unos meses despues del final de la guerra.
Amelia caminaba con un nino agarrado de su mano. Al principio le costo reconocerla. Siempre habia sido delgada, pero en aquel momento su delgadez era extrema.
– ?Amelia!
Ella se volvio al escuchar su nombre y durante unos segundos tambien dudo, luego se quedo quieta aguardando a que el se acercara.
– Albert… me alegro de verte -dijo, tendiendole una mano.
– Yo tambien. ?Que haces aqui?
– Vivo aqui -respondio ella.
– ?Aqui, en Berlin? ?Desde cuando?
– Como siempre, preguntandolo todo… -sonrio Amelia.
– Perdona, no he querido molestarte. En varias ocasiones pregunte por ti en Londres; mi tio lord Paul no quiso ser muy preciso, de manera que no he podido saber que ha sido de ti desde… bueno, desde que nos separamos.
– He sobrevivido, que es mas de lo que muchos pueden decir. Pero cuentame tu, ?donde has estado? Supongo que habras contado la guerra a tus lectores norteamericanos, ?me equivoco?
– No, no te equivocas, sigo trabajando en lo mismo, ya me conoces. ?Y este nino? -pregunto, senalando al pequeno que asistia en silencio al encuentro.
– Friedrich, saluda a este amigo mio. Es el hijo de Max.
Se quedaron en silencio sin saber que decirse. Ademas de la guerra tambien Max von Schumann se habia interpuesto entre ellos.
– Tambien el ha sobrevivido, me alegro por los dos -respondio sin mucha conviccion.
– Si, ha sobrevivido. ?Quieres venir a verle? Le gustara hablar con alguien a quien conocio en los buenos tiempos.
En realidad Albert no sentia ningun deseo de ver al baron Von Schumann, pero no se atrevio a decir que no.
– Acompananos, vivimos muy cerca de aqui, a dos calles, en el sector sovietico.
– No es el mejor lugar.
– Es la unica casa en pie que le queda a Max. El edificio pertenecia a su familia, tenian alquilados los pisos; ahora vivimos en uno de ellos, en el resto aun quedan algunos inquilinos, aunque en estos tiempos nadie paga el alquiler.
Subieron andando hasta el tercer piso. Amelia abrio la puerta y Friedrich se solto de su mano y salio
