espanoles, hasta los movimientos de los trotskistas o la fuerza de la gente de la CNT, de los socialistas, o del gobierno de Azana. A veces en alguna conversacion dejaba caer que habia charlado con algun politico de las izquierdas, o que habia cenado con algun periodista ilustre.

Pierre tenia la mejor de las coartadas: librero, especialista en libros raros y antiguos. Su libreria en Paris era un referente para todo aquel que buscara una edicion rara, un incunable, o libros prohibidos. Eso le permitia viajar por todo el mundo, y relacionarse con las gentes del mundo de la cultura, siempre inquietas y abiertas a las novedades, incluidas las ideologicas. De manera que a nadie le sorprendia que cada cierto tiempo este librero llegara a Espana, y se quedara un tiempo entre Madrid y Barcelona, a la vez que visitaba otras capitales espanolas.

Yo era un crio cuando lo conoci. Me hacia gracia que hablara espanol con acento frances, tambien hablaba ingles y ruso. Su madre era una rusa que se habia casado con un frances. El padre de Pierre compartia ideologia con su hijo, pero la madre daba gracias a Dios por haberse librado de la revolucion, ya que muchos de sus familiares desaparecieron sin dejar rastro por la politica represiva de Stalin.

Ese era Pierre, un hombre que resultaba irresistible a las mujeres porque era galante y, sobre todo, porque las escuchaba, toda una rareza en una epoca en que los hombres, incluso los revolucionarios, no se andaban con las sutilezas de hoy en dia. Pero Pierre habia hecho un arte del saber escuchar, no habia nada que no le interesara, nada que considerara una anecdota menor. Parecia que todo lo que le contaban le servia, lo iba almacenando en el cerebro a la espera de que fuera de alguna utilidad. En alguna ocasion mi madre le reprochaba a Josep que no era capaz de escucharla como lo hacia Pierre, y eso que mi padre tambien cultivaba el don de escuchar, por eso logro convencer a Amelia de las bondades de la revolucion.

Amelia se enamoro de Pierre sin pretenderlo. El era muy guapo, y ademas diferente; vestia con despreocupacion pero siempre elegante; derrochaba simpatia y buen humor, y era extremadamente culto, aunque nunca pedante.

Efectivamente, yo me encontre con Amelia y Pierre en Barcelona a principios de abril del treinta y seis. Mi madre y yo llegamos dos dias despues de que lo hicieran ellos.

Mi padre habia decidido que fueramos a vivir con el. Habia conseguido un trabajo para mi madre como costurera en la casa de su patron.

La buhardilla en que vivia mi padre era mas espaciosa que la que ocupabamos en Madrid. Tenia tres piezas y la cocina aparte, incluso disponia de un pequeno excusado con lavabo, lo que en aquel entonces era un lujo. Estaba situada en la ultima planta de la casa del patron de mi padre; se la habia cedido para tenerle siempre a disposicion, dia y noche, por si tenia que salir de improviso o llevar a la senora a algun sitio. Antes de darle tanto espacio, mi padre compartia habitacion en otra buhardilla con el mayordomo, pero mi padre le explico a su patron que queria vivir con su familia y que necesitaba un espacio donde acomodarles o, de lo contrario, tendria que dejar el trabajo y buscarse otro.

El patron le cedio la buhardilla pero pidio a mi padre que no le dijera a su esposa que no estaba casado, que mi madre, Lola, no era su legitima, porque de lo contrario tendrian problemas los dos. A el tanto le daba el estado civil de mis padres; era un comerciante pragmatico satisfecho con tener a un chofer a su disposicion las veinticuatro horas, y sobre todo discreto, ya que todos los jueves por la tarde mi padre le llevaba a cierta casa, donde le esperaba una joven a la que mantenia; incluso en alguna ocasion, cuando viajaban a Madrid por negocios, ella le acompanaba. Asi que llegaron a un acuerdo: la buhardilla grande, pero menos sueldo.

A los pocos dias de llegar a Barcelona fui con Lola a casa de dona Anita. Y alli estaba Amelia. Dona Anita era viuda de un librero del que habia heredado la libreria y sus convicciones comunistas, o acaso fue el quien se contagio de ella. Dona Anita, antes de ser tratada como «dona», habia ejercido como planchadora y entre sus clientes estaba la familia del librero. Al parecer, por aquel entonces ella ya militaba con los comunistas. Como era una chica lista, termino engatusando al hijo, con el que se caso, pero tenia la salud muy fragil y murio a edad temprana de un ataque al corazon. Ella defendio con unas y dientes frente a sus suegros el quedarse al frente de la libreria que habia sido de su marido, y lo consiguio. Empezo a organizar lo que ella llamaba «tardes literarias», y logro que acudieran muchos intelectuales, aspirantes a escritores, periodistas y politicos de izquierdas. Precisamente en uno de mis libros, el que escribi sobre Alexander Orlov y la presencia de agentes sovieticos durante los anos previos a la guerra civil, me referia tambien a la libreria de dona Anita: era un lugar donde se dejaban mensajes, se pasaba informacion y se realizaban encuentros discretos entre algunos agentes y sus respectivos controladores.

La libreria de dona Anita tenia una escalera interior que comunicaba con su casa, situada en la primera planta de un edificio situado cerca de la plaza de San Jaime. Alli fue donde nos reencontramos con Amelia.

– Lola, Pablo, ?que alegria! -Amelia parecia contenta de vernos.

– ?Como estas? ?Va todo bien? -pregunto Lola.

– Si, si, soy muy feliz, aunque no puedo dejar de pensar en mi hijo y en…

– ?Calla! ?Calla! Has tomado la decision acertada. Tu y Pierre teneis una mision que cumplir, y ademas… os quereis. Amelia, has decidido ser una revolucionaria y para serlo tenias que revolucionar tu propia vida de burguesita tonta.

Lola no se andaba con contemplaciones cuando trataba con Amelia. Con el tiempo he comprendido que sentia una secreta envidia por ella. Amelia era guapa, elegante, afable, tenia cierta cultura, y sobre todo la patina que le da a uno haber crecido rodeado de cosas bellas, libros, cuadros, muebles… Lola primero habia sido asistenta y luego planchadora y costurera, y era lo que era: una proletaria llena de ilusiones, convencida de que habia llegado la hora de quienes, como ella, nada tenian.

– No puedo evitarlo. ?Quiero tanto a Javier! Espero que algun dia mi pequenin entienda lo que he hecho, aunque Pierre me ha prometido que volvere a estar con mi hijo, que esta separacion es temporal…

Amelia queria enganarse a si misma, pero Lola no se lo permitia.

– A tu hijo no le faltara de nada, lo mismo que a tu primo Jesus, que es de la edad de mi Pablo y sin embargo… Pero hay millones de ninos que jamas tendran ni la cuarta parte de lo que tiene el tuyo; es por esos ninos por los que tienes que sacrificarse. Olvidate de ti misma, deja tus egoismos pequeno-burgueses.

Aquella tarde no habia mucha gente en casa de dona Anita, quien, por cierto, torcio el gesto al verme. Por muy hijo de Lola y Josep que fuera, a ella no le gustaban los mocosos, y lo dijo sin miramientos.

– Aqui el chiquillo esta de mas.

– No tengo donde dejarle y Josep me dijo que debia venir aqui a reunirme con el -dijo encogiendose de hombros.

Lola reconocia en dona Anita a la proletaria que habia sido, y a la que reconocia a pesar de la falda de buen corte, de la blusa de seda, de los pendientes de perlas y del cabello bien peinado. A ella no le impresionaba una mujer como dona Anita.

– Esta tarde viene gente importante a ver a Pierre y no quiero que nadie les moleste -insistio dona Anita.

– Pablo no molesta, mi hijo es comunista desde el mismo dia en que le pari, y esta acostumbrado a las reuniones politicas. Ademas, conoce bien a Pierre. Diselo tu, Amelia.

– No se preocupe, dona Anita, el nino es muy bueno y no dara guerra.

Josep ocupaba un lugar destacado entre los comunistas catalanes; no era un dirigente de primera, pero si un hombre de confianza de los jefes. Actuaba de «correo», gracias a su trabajo como chofer y a sus viajes frecuentes a Madrid.

Para un nino, aquella no fue una tarde divertida. Sentado en una silla, sin que me permitieran moverme, nada podia hacer mas que observar. Cuando llego Pierre, Amelia se dirigio nerviosa hacia el.

– Has tardado mucho -se quejo.

– No he podido venir antes, tenia que ver a unos camaradas.

– ?Y no podias verles aqui?

– No, a esos no. Y ahora permiteme hablar con esos caballeros que acaban de entrar, luego te los presentare. Uno de ellos es el secretario de un miembro del Consell Executiu de la Generalitat.

– ?Y es comunista?

– Si, pero su jefe no lo sabe. Ahora calla y escucha. Tienes que acostumbrarte a moverte en estas reuniones. Sobre todo escuchas, y luego me lo cuentas, ya te he dicho que quiero que te acuerdes de todo por insignificante que te parezca. Mira, procura hablar con los de ese grupo, los de la derecha son dos periodistas que tienen mucha

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