que se habia dejado engatusar por su muy atractivo hijo, la dejaria plantada en cuanto se cansara de ella. Asi terminaban esas historias de amores prohibidos; bien lo sabia ella, que se habia leido a todos los clasicos rusos. Tolstoi, Dostoiesvski, Gogol, eran su mejor referente.

Pierre disponia de dos cuartos dentro de la casa paterna; uno le servia como dormitorio y el otro, como despacho. Amelia paso mas tiempo en el despacho de Pierre que en el salon de la casa para no encontrarse con Olga. Las dos mujeres se trataban con frialdad y procuraban evitarse.

Amelia se daba cuenta del gran apego de Pierre por sus padres, y como, a pesar de las peleas continuas entre madre e hijo, estaban unidos por un profundo afecto.

A Amelia, aquel Paris le resulto diferente al que habia conocido con sus padres. En esta ocasion sus dias no los pasaba visitando a su tia abuela Lily, hermana de su abuela Margot; ni tampoco en recorrer museos, como habia hecho guiada por su padre junto a su madre y su hermana Antonietta. Le hubiera gustado ir a ver a su tia abuela, pero ?como iba a decirle que habia abandonado a su familia? Tia Lily no lo hubiera entendido, seguro que hubiera reprobado su decision. Pierre parecia tener prisa porque la conocieran sus amistades y, sobre todo, porque tomara el pulso a las actividades politicas de aquella ciudad fascinante donde parecia haber revolucionarios en todas las esquinas. Aun asi, siempre encontraba tiempo para seguir con las clases de ruso que a Amelia le hacian tanta ilusion.

A los pocos dias de llegar a Paris, Pierre avalo su ingreso en el Partido Comunista, pese a las reticencias de algunos camaradas, que consideraban precipitado dar la bienvenida a sus filas a una espanola a la que apenas conocian.

Jean Deuville, un poeta amigo y correligionario de Pierre, fue quien mas firmemente se opuso a la entrada de Amelia en el Partido Comunista Frances.

– No sabemos quien es -argumentaba ante el comite de Paris-, por mucho que el camarada Comte responda por ella.

– ?No te basta con mi aval? Te recuerdo que fue suficiente para que te convirtieras en nuestro camarada - contraatacaba Pierre.

Quiza porque se intervino discretamente desde la embajada sovietica o porque Deuville decidio ceder para no perder la amistad de su amigo, lo cierto es que Amelia Garayoa se convirtio en militante del Partido Comunista de Francia. Ella, una extranjera, sin mas credenciales que ser la amante de un hombre valioso para los sovieticos que estaba convencido de que la espanola podia serle de gran utilidad. Lo que Amelia no sabia es que, semanas atras, el controlador de Pierre le habia transmitido las ultimas ordenes de Moscu del jefe de operaciones del INO: deberia trasladarse a Sudamerica para afianzar y ampliar las redes que se estaban empezando a poner en marcha alli con agentes locales.

El jefe de operaciones le habia advertido del caracter, a veces explosivo, de los sudamericanos, instandole a que fuera cuidadoso a la hora de elegir a sus colaboradores.

Pierre no habia dejado de pensar en la mision que se avecinaba, y en que necesitaria una coartada mas creible que la de un librero en busca de joyas bibliograficas; eso tenia sentido en Europa, pero no en aquella parte del mundo, que se le antojaba tan lejana como ignota.

Cuando conocio a Amelia, empezo a pensar que la joven podia serle de utilidad. No solo tenia una belleza delicada y ademanes elegantes, sino que ademas era una ingenua total, arcilla pura en sus manos, incapaz de ver mas alla de sus propias emociones.

Instalarse en Mexico o Argentina como dos enamorados que huyen de un marido abandonado daria verosimilitud a la coartada de por que debian establecerse en el continente. Y siendo ella espanola, aun reforzaria mas la coartada.

Tenga en cuenta que Pierre era un agente sovietico, un hombre que solo vivia por y para la revolucion, y su ceguera era tal que los seres humanos que se iba encontrando en el camino eran solo peones a los que utilizar y sacrificar en pro de una idea superior. Y Amelia no era una excepcion.

Desde que decidio convertirla en parte de su plan sudamericano, Pierre procuro no dar ni un paso en falso con Amelia, ante la que se mostraba como un seductor que habia caido en las redes del amor.

Para reforzar la dependencia de Amelia con el, Pierre no dudaba en hacerse acompanar por ella a todas las reuniones de amigos donde podian encontrarse con algunas de las amantes que la habian precedido y con las que intercambiaba alguna mirada complice que ponia en estado de inquietud a la espanola.

De manera que Amelia se vio envuelta en una voragine de reuniones politicas desde el mismo dia de su llegada, salpicadas por cenas con los amigos de Pierre, algunos de los cuales comentaban a sus espaldas no entender por que un hombre de sus convicciones y valia se habia rendido ante una mujer tan bella pero insustancial dada su ingenuidad.

En aquellos dias las conversaciones giraban en torno a Leon Blum, y a las consecuencias de la disolucion de Accion Francesa, a cuenta de que en febrero de 1936 unos jovenes militantes de esta formacion derechista agredieron a Blum cuando formaba parte del cortejo funebre del academico Bainville.

Y fue precisamente en una cena celebrada en La Coupole para celebrar el cumpleanos de Pierre donde se produjo el primer encuentro entre Amelia y Albert James.

Albert James era un periodista norteamericano de origen irlandes que trabajaba como freelance para varios diarios y revistas de su pais. Alto, con el cabello castano y los ojos azules, era bien parecido y tenia gran exito entre las mujeres. Le gustaba comportarse como un bon vivant, era un antifascista furibundo, pero eso no le habia llevado a enamorarse del marxismo. No era amigo de Pierre pero si de Jean Deuville, asi que se acerco al grupo a saludar, sobre todo atraido por la presencia de Amelia.

Bebio una copa de champan con el grupo de Pierre y procuro colocarse al lado de Amelia, que parecia estar fuera de lugar.

– ?Que hace una joven como usted aqui? -le pregunto sin preambulos aprovechando que Pierre daba la bienvenida a otro amigo que se unia al alegre grupo.

– ?Y por que no habria de estar aqui?

– Se nota que no es su ambiente, la imagino detras de unos cristales, bordando, a la espera de que llegue el principe azul a rescatarla.

Amelia rio ante la ocurrencia de Albert James, al que encontro simpatico a primera vista.

– No soy ninguna princesa, de manera que dificilmente puedo esperar bordando a que llegue el principe azul.

– ?Francesa?

– No, espanola.

– Pero habla frances perfectamente.

– Mi abuela es francesa, del sur, y con ella siempre hablabamos en frances; ademas, los veranos los pasabamos en Biarritz.

– Habla con anoranza.

– ?Anoranza?

– Si, como si fuera usted muy viejecita y recordara tiempos pasados.

– No te dejes engatusar por Albert -les interrumpio Jean Deuville-. Aunque es norteamericano, su padre era irlandes y ha aprendido el arte de la seduccion de nosotros los franceses, y como suele suceder, el alumno supera a los maestros.

– ?Oh, pero si no charlabamos de nada en especial! -se justifico Amelia.

– Ademas, aunque Pierre no lo parezca, es celoso, y no me gustaria asistir como padrino a un duelo entre dos buenos amigos -continuo bromeando Deuville.

Amelia enrojecio. No estaba acostumbrada a esas bromas desenfadadas. Le costaba acostumbrarse al papel de amante que habia asumido entre aquellos hombres y mujeres aparentemente sin prejuicios pero que la escudrinaban y murmuraban a sus espaldas.

– ?Es usted novia de Pierre? -pregunto Albert James con curiosidad.

– Mas que su novia, es la mujer que le ha robado el corazon. Viven juntos -apostillo Jean Deuville para no dejar lugar a dudas al norteamericano de que no debia avanzar ni un paso mas con Amelia.

Ella se sintio incomoda. No entendia por que Jean habia tenido que ser tan explicito colocandola en una situacion en la que se sentia en inferioridad de condiciones.

– Ya veo, es usted una mujer liberada, lo que me sorprende siendo espanola, aunque me han contado que

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