– Tu padre… bueno, sufrio un ataque al corazon cuando te marchaste, pero no te asustes, no fue nada grave, el medico dijo que era por la tension, ya se ha recuperado.

Amelia rompio a llorar. De repente se daba cuenta de las consecuencias que habia desencadenado su fuga. No habia querido pensar en lo que dejaba atras, preferia pensar que todo seguiria igual, que nada cambiaria. Y se encontraba con que Santiago impedia que sus padres pudieran ver a Javier, que su padre habia sufrido un ataque al corazon… y todo por su culpa.

– ?Dios mio, que he hecho! ?Nunca podra perdonarme! -decia entre lagrimas.

– ?Por que no regresas? Si lo haces, todo se arreglara… Estoy segura de que Santiago te sigue queriendo, y si le pides perdon… teneis un hijo… el no puede negarle el perdon a la madre de su hijo. Vuelve, Amelia, vuelve… Tus padres se llevarian una alegria, no hay dia que no lamenten tu ausencia, lo mismo que nosotros. Laura tambien ha estado enferma, y ha sido del disgusto… Estoy segura de que si regresas no habra reproches. ?Te acuerdas de la parabola del hijo prodigo?

– ?Y Edurne? -acerto a preguntar Amelia.

– Esta con nosotros, tu prima Laura insistio para que se quedara aqui… Santiago no queria tenerla…

– ?Que he hecho! ?Que he hecho!

– Hija, la culpa han sido las malas companias. Esa Lola, esos comunistas… Dejales, Amelia, dejales y regresa.

El hombre decidio cortar la comunicacion. Intuia que aquella joven amante del camarada Pierre estaba a punto de ceder a las suplicas de su tia. Lo mejor era que no continuaran hablando y llamar de inmediato a dona Anita; ella sabria que hacer.

– ?Oiga, oiga, se ha cortado la linea! -gritaba Amelia intentando llamar su atencion.

– Un momento, senorita, vere si puedo restablecerla, aguarde en la cabina.

Pero en lugar de eso telefoneo a dona Anita, a la que explico rapidamente cuanto habia escuchado.

– Retenia, que no tardo ni un minuto en llegar alli. Estas burguesitas se creen que la vida es un juego.

Amelia aguardaba impaciente en la cabina a la espera de que se restableciera la comunicacion con la casa de sus tios. Hubiera preferido hablar con Laura, pero su tia se habia mostrado carinosa y comprensiva. Si regresaba… acaso todos la perdonarian.

De repente sintio unos ojos frios que la taladraban. Dona Anita se dirigia hacia la cabina donde aguardaba.

– Amelia, querida, ?que casualidad! He tenido que salir a un recado y me ha parecido verla desde la calle, ?quiere que la acompane? ?Con quien espera hablar, hija?

Sintio deseos de salir corriendo, de escapar, pero dona Anita ya habia cerrado su mano sobre su brazo.

– Queria hablar con mi familia -respondio entre lagrimas.

– ?Claro, claro! Bien, esperare mientras le ponen la comunicacion.

– No, no se preocupe, hay problemas en las lineas, ya volvere a llamar.

– Pero no hace falta que venga hasta aqui, ya sabe que en la libreria dispone de telefono, es uno de los pocos lujos que me permito.

– Era por no molestar… -se excuso Amelia.

– ?Molestar usted? De ninguna manera, Pierre y usted son bien recibidos en mi casa. Tenemos un ideal comun. Hija, no sabe la suerte que tiene con que Pierre se haya enamorado de usted. ?Cuantas mujeres no desearian ser las elegidas! Y es tan atento y caballero con usted… Aproveche la vida y no renuncie a este amor tan grande, se lo digo yo que tengo experiencia.

Amelia pago el importe de la llamada, y salio de la central de telefonos agarrada por dona Anita, que no la soltaba del brazo.

– Bien, ahora le acompanare a comprar sus telas, ?le parece bien? Y deje de llorar, se le ha puesto la nariz como un pimiento morron, y los ojos se le han empequenecido a causa de las lagrimas. ?Que disgusto se llevaria Pierre si la viera asi! Vamos, y esta tarde visitaremos a su amiga Lola, seguro que ella sabra como animarla.

Dona Anita no la volvio a dejar sola ni un minuto. Disimulando la irritacion que sentia por convertirse en «guardiana» de la «burguesita», como ella calificaba a Amelia, paso el resto del dia acompanandola en un deambular sin sentido por la ciudad. Cuando por la tarde se reunieron con Pierre, dona Anita a duras penas ocultaba su malhumor y Amelia tampoco hacia ningun esfuerzo por mantener a raya la depresion que la habia invadido despues de la conversacion con su tia.

Pierre ya habia sido informado por el hombre de la central de telefonos del contenido de la conversacion entre Amelia y dona Elena.

– ?Que tal habeis pasado el dia? -pregunto haciendose de nuevas.

– Bien, muy bien, hemos estado de compras. Amelia necesitaba algunas cosas para vuestro viaje a Buenos Aires -respondio dona Anita.

– Bueno, si os parece os invito a cenar. Me he encontrado con Josep y se va a unir a nosotros con Lola y Pablo. Cenar con amigos es lo mejor despues de un dia de trabajo. Vamos, Amelia, alegra esa cara y arreglate un poco; mientras, quiero hablar con dona Anita del libro que he venido a buscar, necesito el consejo de su ojo experto.

Amelia, obediente, se encerro en el cuarto que compartia con Pierre. Se le hacia cuesta arriba tener que ver a Lola, sobre todo en un momento en que tenia el animo por los suelos. Pero no se atrevia a contrariar a Pierre, de manera que abrio el armario y busco ropa que ponerse. Mientras tanto, Pierre y dona Anita habian bajado a la libreria, lejos de los oidos de Amelia.

– Ya se lo que ha pasado, me aviso el camarada Lopez al mismo tiempo que a ti. Por lo que me ha contado, la charla con su tia fue insustancial -afirmo Pierre.

– A mi no me ha podido decir de que han hablado, pero la chica lleva todo el dia lloriqueando y lamentandose por su hijo. No se, pero me da que vas a tener problemas con ella. Es muy joven y para mi que esta arrepentida de haber abandonado a su familia -respondio dona Anita.

– Si se convierte en un problema yo mismo la enviare a Madrid.

– ?Vaya, te hacia enamorado de ella!

Pierre no respondio. Le irritaba perder el control sobre Amelia. Estaba harto de comportarse como un rendido enamorado, harto de tener que fingir ser un seductor a diario, de estar pendiente de cualquier mohin. Casi deseaba que ella le dijera que volvia a Madrid. Si no fuera porque ya habia disenado su cobertura en Buenos Aires con Amelia, la dejaria plantada alli mismo, en Barcelona, y que ella se las arreglara como pudiera para regresar a Madrid.

Amelia bajo a buscarles y todo en ella indicaba desgana: el gesto, la manera de caminar, su actitud ausente.

Fueron andando hasta un pequeno restaurante cerca del Barrio Gotico propiedad de un camarada donde ya estaban esperandoles Josep, Lola y Pablo.

– Os habeis retrasado -se quejo Lola-, llevamos aqui mas de media hora. Pablo esta hambriento.

Nos sentamos en una mesa un poco separada del resto, y Pierre, haciendo un esfuerzo, intento poner un poco de alegria en la reunion. Pero ni Amelia ni Lola estaban por la labor, y dona Anita tenia los nervios de punta despues de todo el dia de andar con contemplaciones con Amelia.

Josep se ocupo de los apuros de Pierre e hizo lo imposible por animar al grupo. Finalmente, los dos hombres decidieron rendirse ante la actitud de las mujeres, y se enfrascaron en una conversacion sobre los ultimos acontecimientos politicos que giraban en torno a las evidencias cada vez mayores de que un sector del Ejercito parecia querer poner fin a la experiencia republicana. El nombre del general Mola corria en boca de todos.

Amelia apenas probo bocado; todo lo contrario que dona Anita y Lola, que siempre tenian buen apetito.

Cuando termino la cena, Josep se ofrecio a acompanarles durante un trecho en direccion a casa de dona Anita. Pierre y Amelia caminaban delante, y aunque hablaban en voz baja, llegaban a mi retazos de su conversacion.

– ?Que te pasa, Amelia? ?Por que estas triste?

– Por nada.

– ?Vamos, no me enganes, te conozco bien, y se que algo te esta haciendo sufrir!

Ella rompio a llorar tapandose la cara con las manos mientras Pierre le echaba la mano por el hombro en un gesto protector.

– Yo te quiero, pero… creo que he sido muy egoista, solo he pesando en mi, en que queria estar contigo, y no

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