– ?Bobadas!

– No, dona Laura, no puedo aceptar, bien que lo siento, pero no puedo.

– Guillermo, fue usted quien se presento en nuestra casa pidiendonos ayuda para poder escribir sobre Amelia. Nos costo lomar la decision, pero una vez que decidimos confiar en usted no hemos dejado de ayudarle, de hecho… En fin, como bien dice, sin nosotras no habria podido averiguar nada. Lo que no sabe es que, bueno, ha desencadenado algo que ya no se puede parar. De manera que acepte trabajar para nosotras, escriba todo lo que averigue sobre la vida de Amelia Garayoa, y luego olvidese de ella para siempre.

– Pero ?por que ese repentino interes en que investigue la vida de su prima? Usted debe de saber que paso…

– No me haga preguntas y responda: ?trabajara para nosotras, si o no?

Dude unos segundos. La verdad es que no tenia ganas de dejar la investigacion, aunque por otra parte no me gustaba tener que recibir dinero de las Garayoa.

– No lo se, dejeme pensarlo.

– Quiero la respuesta ahora -me apremio dona Laura.

– De acuerdo, acepto.

Escribi un correo electronico a tia Marta anunciandole que iba a continuar la investigacion con otro «patrocinador» y, como imaginaba, poco despues me llamo gritandome.

– ?Pero tu estas loco! ?Has perdido la cabeza! ?Crees que voy a permitir que un desconocido te pague por investigar la historia de mi abuela? Guillermo, vamos a acabar con esta historia. Tuve una idea que ha resultado mas complicada de lo previsto; vuelve a Madrid, cuentame lo que has averiguado y ya decidire que hacer, pero, como comprenderas, no puedo financiarte la vuelta al mundo.

– Lo siento, tia, ya me he comprometido con unas personas a seguir y entregarles el resultado de la investigacion.

– Pero ?quienes son esas personas? No voy a consentir que los trapos sucios de la familia los airees ante no se sabe quien.

– En eso estoy de acuerdo contigo, pero veras, Amelia Garayoa, ademas de ser tu abuela, tenia otros parientes que estan tan interesados como tu en saber que fue de ella, de manera que todo quedara en la familia.

Mi madre me llamo a continuacion diciendome si es que queria amargarle la existencia. Acababa de tener una bronca a cuenta mia con su hermana. Pero yo tambien habia tomado una decision y empezaba a pensar que trabajar para dona Laura y dona Melita era lo mas adecuado, al fin y al cabo, sin ellas no habria dado un solo paso a derechas. Ademas, estaba harto de tener que mendigar a la tia Marta cada euro que necesitaba.

9

No se que temperatura haria en Moscu en la primavera de 1938, pero en la de 2009 hacia un frio helador.

Me sentia feliz de estar en una ciudad que se me antojaba llena de misterios. Como, para mi sorpresa, dona Laura me habia vuelto a llamar para decirme que habia hecho un ingreso en mi cuenta corriente y que ademas me habia reservado una habitacion en el hotel Metropol, se me antojaba que todo iba a ir sobre ruedas.

?Vaya lujazo!, pense cuando entre en el vestibulo del Metropol. Desde luego la ciudad que habia vislumbrado a traves de las ventanillas del taxi no parecia tener nada que envidiar a Nueva York, Paris o Madrid, salvo que en pocos minutos habia visto mas Maseratis y Jaguars que en toda mi vida. ?Caramba con los ex comunistas, no han perdido el tiempo para ponerse al dia con el sistema capitalista!, me dije.

Una vez instalado en la habitacion me puse a hacer mis «deberes» y llame a la profesora Tania Kruvkoski.

La profesora hablaba ingles, ?menos mal!, y nos entendimos de inmediato, aunque me lleve una gran sorpresa cuando me dijo que si lo preferia podiamos hablar en espanol. Concertamos una cita para la manana siguiente en su casa; segun me explico, no estaba lejos del Metropol, asi que podia ir dando un paseo.

Aproveche el resto del dia para hacer turismo, fui a la tumba de Lenin, pasee por la plaza Roja, visite la catedral de San Basilio, y me perdi en animadas calles repletas de bares, restaurantes y tiendas de ropa de las marcas mas sofisticadas.

No tenia ni idea de como habia sido Moscu antes de que cayera el Muro de Berlin, pero lo que mis ojos veian era que aquella ciudad era la quintaesencia del capitalismo. Desde luego no se parecia a la ciudad que me habia descrito mi madre: gris, pobre y triste. Bien es verdad que ella habia hecho un tour por la Union Sovietica en plena era comunista y si la viera ahora creeria estar alucinando en colores.

El apartamento donde vivia la profesora Kruvkoski era pequeno pero comodo, con estantes de madera repletos de libros, cortinas de cretona, un sofa, un par de sillones de terciopelo verde y una mesa de comedor llena de papeles. La profesora era tal como esperaba que fuera: una mujer entrada en anos y en carnes, con el cabello blanco recogido en un mono detras de la nuca. Me sorprendio su vestido floreado, casi juvenil, y el chal de lana que llevaba sobre los hombros.

Pero tras su aspecto de dulce abuelita encontre a una mujer energica, nada dispuesta a regalarme ni un segundo de mas de su tiempo, de manera que tenia preparados varios dossieres sobre Pierre Comte y Amelia.

– Lo que me han pedido mis colegas, el profesor Soler y el profesor Muinos, es que le explique que fue de Pierre Comte y de Amelia Garayoa cuando llegaron a Moscu en febrero de 1938. Bien, no se si va a tomar notas…

– Preferiria grabar la conversacion, ya que usted habla un espanol tan excelente -le respondi con animo de halagarla.

– Haga lo que quiera. No dispongo de demasiado tiempo. Le voy a dedicar la manana pero ni un minuto mas - advirtio.

Asenti poniendo en marcha el minidisc.

– Como usted sabra, la perversidad del camarada Stalin no tenia limites. Nadie estaba seguro, todos eran sospechosos, y por aquel entonces las purgas se sucedian a diario. Poco a poco habia ido quitando de en medio a los hombres que lucharon en primera linea por la revolucion, bolcheviques abnegados que fueron acusados de traicion. Nadie tenia segura la cabeza sobre los hombros. Stalin contaba para su politica criminal con hombres sin escrupulos, dispuestos a arrastrarse y cometer las mayores atrocidades solo por servirle, creyendo que asi se ganaban su derecho a vivir, pero muchos de estos seres infectos tambien terminaron sus dias de mala manera, porque Stalin no agradecia nada ni reconocia a nadie.

– Por su edad… En fin… Creia que usted fue una revolucionaria en su juventud.

– Soy una superviviente. Cuando vives en un regimen de terror lo unico a lo que aspiras es a ganar un dia mas a la vida, y bajas la cabeza; no ves, ni oyes, casi ni sientes, temiendo que se fijen en ti. El terror anula a los seres humanos, y para poder sobrevivir saca los peores instintos. Pero no se trata de mi vida, sino de las de Comte y Garayoa.

– Si, si, perdone la interrupcion, es que pensaba que era usted una comunista convencida.

La profesora se encogio de hombros y me miro con cara de pocos amigos, de manera que opte por callarme.

– La mia es una familia que participo en la Revolucion de Octubre, pero eso no nos garantizo nada; mi padre y algunos tios y primos murieron en los gulags porque en algun momento se atrevieron a decir en voz alta lo que era evidente: el sistema no funcionaba. No es que creyeran que el comunismo no tenia las respuestas adecuadas para construir un mundo mejor, lo que pensaban es que quienes dirigian el pais no lo hacian con acierto. Stalin mato de hambre a miles de campesinos… Pero eso es historia, una historia que no es la que ha venido usted a buscar. Ya le he dicho que, para sobrevivir, uno termina adaptandose a las circunstancias, y en mi familia aprendimos a bajar la cabeza y a callar. ?Podemos continuar?

– Si, si, perdone.

«Amelia y Pierre se instalaron en casa de su tia Irina, la hermana de la madre de este. Ella estaba casada con un funcionario del Ministerio de Exteriores, Georgi, un hombre sin ningun cargo ni relieve importante. Tenian un hijo, Mijail, periodista, mas joven que Pierre y casado con Anushka, una belleza que se dedicaba al teatro. La casa tenia dos habitaciones y una pequena salita, que se convirtio en el dormitorio de Pierre y Amelia.

Al dia siguiente de su llegada Pierre se presento en la sede de la NKVD en la plaza Dzerzhinski, la tristemente

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