tintinearon y rodaron.

– Como has dicho, mi senora… -apunto dejando caer la bolsa de cuero-. ?Ni el oro ni la gloria! Quizas en esta ocasion, aceptare la gloria. El oro -hizo un gesto- te lo puedes quedar.

Camino hacia la puerta. El guardia la abrio.

– ?Adios, Telamon! -le grito Olimpia-. Di a mi hijo que su madre le quiere.

Telamon, tenso de rabia, ya caminaba por el pasillo abovedado hacia la luz que salia por el extremo mas lejano.

PROLOGO III

«Las gentes de Troya habian hecho muchos esfuerzos, y durante mucho tiempo, pero fueron incapaces de impedir que las mujeres locrianas entraran en su territorio.»

Eneas el Tactico, «Sobre la defensa de los lugares fortificados», 31.24

La muchacha corria. No sabia hacia donde ni por que. Se detuvo y miro atras a lo largo del polvoriento sendero bordeado por robles que susurraban con el viento. Estaba segura de que las Furias, como aguilas chillonas, se estaban lanzando sobre ella para arrastrarla de nuevo a los terrores de los que habia escapado. Hizo una pausa y contemplo su vestido, roto y manchado de sangre; los pies le sangraban de una multitud de cortes. El golpe en la cabeza parecia haberlo cambiado todo. Los robles se movian como un reflejo en un arroyo. Le llegaban unos sonidos muy lejanos. Avanzo tambaleandose, consciente del dolor en la espalda y los hombros. Se toco el rostro y torcio el gesto en una mueca de dolor al notar los golpes alrededor de la boca. «Una muchacha de rostro dulce.» Asi la habia descrito uno de los marineros. ?Marineros? La muchacha se detuvo de nuevo. Eso era algo que si recordaba: el viaje por mar, la pequena barca de pesca… Estaba sentada alli con otras mujeres y la escolta que les habia enviado el jefe de la aldea. Habian sentido miedo, pero eran felices. La otra muchacha era una desconocida, mas avezada. ?Por que las habian cogido? ?Alguna vieja historia resurgida del pasado? La joven miro a traves de una abertura entre los robles. A lo lejos se veia una montana con la cumbre cubierta de nieve. ?Era el Olimpo? ?Iba a la casa de los dioses? Se acuclillo en el camino. ?Por que estaba aqui? Recordo vagas imagenes referentes a Casandra y la reparacion de un crimen siniestro, una sacerdotisa muerta, la sangre que clamaba al cielo reclamando venganza…

La joven se levanto y continuo tambaleante. Llego a un recodo y los robles dieron paso a una amplia llanura barrida por el viento. El brillo de un rio llamo su atencion. Diviso unas grandes ruinas en lo alto de la colina. ?No era el mar eso que escuchaba estrellandose contra las rocas? ?Por que estaba aqui? ?Que habia pasado? Cerro los ojos y se balanceo sobre la planta de los pies. Habia llevado una guirnalda como la otra muchacha. Habian estado hablando y riendo, pero, despues de aquello, se encontraron en la oscuridad, con aquellas siniestras figuras enmascaradas que las rodeaban. Recordo a su companera, que se habia vuelto para correr, el garrote que le golpeaba en la cabeza, la sangre que manaba de la nariz y la boca de la pobre muchacha. Unas manos la habian sujetado violentamente y le habian arrancado las ropas. Ella habia echado a correr, se habia golpeado contra la pared de la caverna y habia caido de bruces. Los morados, los duros guijarros habian marcado su cuerpo suave, pero ella habia alcanzado la boca de la caverna y estaba oscuro; por eso habian llegado alli, atraidas por la vision del fuego y el olor de la comida.

La muchacha comenzo a temblar. No podia dejar de temblar. Se le aflojaban los intestinos y queria vomitar. Sin saber la razon, las ruinas que tenia delante le resultaban conocidas. ?No era alli donde se suponia que debia ir?

Abandono el sendero y siguio caminando a trompicones. Un pajaro volaba en circulos. Su grito le recordo la llamada de un fantasma. Se detuvo y miro el cielo. ?Estaba en casa? ?De nuevo en Tesalia? ?Podria comer y beber? ?Se ponia el sol porque se acababa el dia otra vez? ?Cuando cayera la noche aparecerian aquellas siniestras figuras? Tropezo y, al caer, se lastimo la rodilla. Se levanto y siguio caminando. Era consciente de que se movia entre paredes rotas y puertas derruidas. De pronto aparecio un hombre bajo, rechoncho y calvo, exceptuando un circulo de cabellos negros dispuestos como si llevara una corona. Tenia los ojos brillantes y la nariz respingona. Le dijo algo, pero ella no podia entenderle. No le gustaba. Tenia una mirada codiciosa, salaz y no dejaba de lamerse los labios como uno de aquellos marineros. Se le acerco.

– ?Que pasa, querida?

Ahora ella podia entender su lenguaje duro y gutural.

– ?Por que estas aqui?

Ella abrio la mano. El hombre vio la pequena lechuza de marfil que guardaba alli. Ahora la muchacha comprendio por que habia apretado tanto el puno. Acostumbraba a llevar la lechuza colgada de una cadena alrededor del cuello.

– ?La lechuza de Atenea! -exclamo el hombre-. Sera mejor que vengas conmigo.

La cogio de la mano. Ella no pudo hacer otra cosa que seguirle mientras el hombre la guiaba por entre las ruinas. Aparecieron otras personas y vio como la rodeaban moviendo los labios, pero no escuchaba las voces. Delante de ella, aparecieron unos escalones que llevaban hasta un templo con un portico sustentando por columnas. La figura con el yelmo de Palas Atenea se elevaba por encima del edificio. Ella la reconocio; le habian hablado de la diosa. El hombre la hizo entrar. El interior estaba oscuro, pero desprendia un olor agradable. Se agacho y advirtio que el suelo era fresco. Vio las columnas y las estatuas. Tres mujeres se acercaron presurosas. Despidieron al hombre rapidamente y la llevaron por un pasillo hasta una pequena habitacion donde un brasero calentaba y perfumaba el ambiente. Se pregunto si la mujer que estaba sentada en un taburete era la diosa. Los cabellos castanos, un rostro hermoso, ojos bien separados de un color mar gris, una sonrisa en los labios, la mirada ansiosa, el entrecejo fruncido. Toco el rostro de la joven, murmuro algo y cogio gentilmente la lechuza de su mano.

– ?Cual es tu nombre? ?Dime quien eres? -quiso saber mostrando preocupacion en sus ojos-. Tu eres una de las doncellas que esperabamos, ?verdad? Me llamo Antigona y soy la sacerdotisa del templo. Estas son mis dos ayudantes, Selena y Aspasia.

Los nombres y los rostros no significaban nada para la muchacha. Se echo a temblar una vez mas. Miro en derredor, desesperada. Amago levantarse, pero una de las ayudantes la retuvo. Acercaron una copa a sus labios.

– ?Bebe! -le ordeno una voz.

La muchacha obedecio. Vacio la copa y una vez mas comenzo a caer, pero no en el sueno, sino en la horrible pesadilla y la lobrega oscuridad del Hades.

CAPITULO I

«Cuando comenzo la siguiente campana, Alejandro dejo a Antipatro a cargo de los asuntos […] y marcho hacia Helesponto.»

Arriano, Las campanas de Alejandro, libro 1, capitulo 11

El momento habia sido escogido por Aristandro, nigromante y depositario de los secretos del rey: la ascension de la estrella Arturo en el cuadragesimo segundo ano de la Olimpiada. Alejandro de Macedonia se encontraba en el centro de un circulo de doce altares de piedra erigidos en honor de los dioses del Olimpo. El anillo sagrado coronaba un pequeno altozano, a unos pocos estadios de la ciudad de Sestos, desde donde se veian las aguas azules agitadas por las fuertes corrientes del Helesponto.

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