A pesar de los preparativos de Aristandro, los auspicios no eran buenos. Una fria niebla crepuscular llegaba desde el mar, una sombria nube que amenazaba con extinguir los fuegos que ardian en once de los altares. Alejandro levanto una mano. Los trompeteros levantaron las trompas y soplaron una larga y ensordecedora nota que se transmitio mas alla del agua y llego hasta el campamento macedonio, que parecia cubrir todo el horizonte. Ahora se hizo un silencio sepulcral. Las tropas, congregadas alrededor de la colina, miraron hacia el sitio sagrado donde los guardaespaldas reales custodiaban el lugar del sacrificio. Aquellos que habian llegado primero espiaban a traves de la empalizada, ansiosos por ver a su rey. Alejandro de Macedonia, vestido con la armadura de comandante de la brigada real, esperaba pacientemente, con la cabeza echada un poco hacia atras, con la mirada puesta en los negros y amenazadores nubarrones que ocultaban el sol moribundo y amenazaban con oscurecer la palida luz de la luna y las estrellas. Se pronosticaba una noche lobrega, azotada por el viento.
Alrededor de Alejandro, se agrupaban sus companeros. Estaban Hefestion, alto, de cabellos oscuros, de rostro afilado y sombrio y con barba y bigote; algunos murmuraban que la «sombra» de Alejandro se parecia mas a un semita que a un macedonio. A su lado, Ptolomeo, bien afeitado, con la tez muy bronceada, el cabello corto. Una cicatriz en el ojo derecho, junto con la nariz quebrada y labios finos, hacia que en su rostro apareciera una expresion de permanente desden. Despues estaba Nearco, el pequeno cretense, que se ocupaba de las catapultas, los mandrones y otras maquinas de guerra. Por ultimo, Seleuco, alto y fornido y con los parpados gruesos, que sonaba con convertirse en un potentado asiatico.
A la izquierda de su rey, habia un grupo de sacerdotes, encabezados por el calvo y zanquilargo Aristandro, con los ojos saltones y la nariz que le chorreaba continuamente. Su aspecto no podia ser mas apropiado para el personaje que todo el mundo le asignaba: brujo, mago, vidente y adivino. Un sacerdote que conocia los ritos secretos y que habia sido enviado por Olimpia para que su maestria en la magia negra ayudara a su hijo. Todos le observaron mientras el toro blanco como la leche, con los cuernos dorados, una guirnalda de flores alrededor del cuello y debidamente drogado, entraba en el circulo sagrado. El paje real que guiaba el animal se detuvo ante Alejandro. El rey, con un pequeno cuchillo, corto un punado de pelos entre los cuernos. Despues se acerco a unos de los altares y los dejo en el fuego. Aristandro le alcanzo una copa de oro llena de vino de Chian. Alejandro derramo la bebida sobre las llamas y se aparto. Acercaron el toro al altar donde no ardia fuego alguno. A una senal de Aristandro, los sacerdotes rodearon a la bestia. Uno de ellos levanto el hacha ceremonial y la descargo en un golpe tan fuerte como certero en la nuca del animal, que bramo de miedo mientras caia de rodillas. Otro de los sacerdotes, montado en el toro, le echo la cabeza hacia atras y, con un rapido movimiento, le rajo la garganta con un cuchillo de hoja curva. El bramido del toro fue repetido por los asistentes, mientras su sangre manaba en un bol de plata para llevarla al fuego sagrado.
Alejandro lo observaba todo atentamente. Mientras lo hacia, las palabras del oraculo de Delfos volvieron a su memoria para acosarlo: «El toro esta preparado para el sacrificio. Todo esta listo. El verdugo espera». Unas palabras que profetizaban la muerte de su propio padre. ?Filipo habia sido sacrificado? ?Su madre Olimpia habia sido la sacerdotisa? ?Por que lo habian sacrificado? ?Para proteger a Olimpia o al amado hijo de Olimpia? ?Era inocente del derramamiento de la sangre de su padre? ?Regresaria la sombra de Filipo desde el Hades para burlarse y provocarle durante las primeras horas de la madrugada?
Los sacerdotes habian levantado el cuerpo del toro para depositarlo sobre el altar. Alejandro intento disipar sus sombrios pensamientos y observo como los sacerdotes abrian el vientre de la bestia. Se cubrio con la capucha de su capa de guerra y levanto las manos en una plegaria a Zeus el todopoderoso. Las entranas del toro cayeron sobre el altar. Una subita horda de moscas, con un ruidoso zumbido, aparecio para lanzarse sobre el charco de sangre. Un mal presagio. El corazon de Alejandro se sobresalto. ?Las habian enviado las Furias? ?Una senal del inminente desagrado y castigo de los dioses? ?De todos ellos? ?O solo de uno? ?Apolo quiza? ?Hera? Bien podia ser Poseidon, cuyo permiso necesitaba Alejandro para extender su dominio a traves del Helesponto. ?Serian propicias las otras senales? El toro habia sido seleccionado cuidadosamente. Aristandro habia dado unas ordenes secretas muy precisas. El rey recordo las cartas que habia recibido de Olimpia. ?Todo esto era obra de un dios o maquinaciones de los hombres? Todos los principes estaban rodeados de traidores y asesinos, pero ?podia fracasar ahora, incluso antes de haber comenzado?
Aristandro, con los brazos metidos en el vientre del toro, busco el higado todavia caliente y lleno de la espesa sangre del animal. Lo deposito sobre el altar y lo observo durante un momento: se volvio hacia su senor y sacudio la cabeza. Alejandro tenia la respuesta. Los auspicios no eran buenos. El higado seguia vivo, pero adivinaba por la sonrisa retorcida de Aristandro que estaba mancillada, que era inaceptable para los dioses. Alejandro se quito la capucha y cogio el brazo de Hefestion.
– ?No sirve! -susurro-. ?Esta manchado, mancillado! Se lo entregue a los dioses y ellos lo han rechazado. Diselo a los hombres congregados: las senales todavia no son lo bastante claras.
– ?Y? -pregunto Hefestion.
– ?Bah, ocupate de que limpien toda esta porqueria! -replico Alejandro, y se marcho.
Dejo el recinto de los sacrificios y camino por la avenida entre sus tropas. Procuro sonreir y se sintio mas tranquilo cuando el portador de su sombrilla, que intentaba mantenerse a la par, tropezo y se cayo de bruces para gran diversion de los soldados.
– ?Una buena senal! -grito Alejandro ayudando al hombre a ponerse de pie-. ?Los dioses saben que no necesito proteccion! Os tengo a vosotros y los tengo a ellos. ?Que mas necesita el hijo de Filipo?
Sus palabras, pasadas de boca en boca, fueron saludadas con gritos de aprobacion. Alejandro continuo caminando. Noto un subito escalofrio a su lado izquierdo y se detuvo. ?Se trataba de su padre? ?Un fantasma? ?Una premonicion? Alejandro se sintio vulnerable. Habia marchado sin mas del circulo sagrado y no tenia a nadie que le protegiera la espalda. A cada lado estaban sus lanceros macedonios, pero cualquiera de ellos podia ser un asesino. Alejandro domino el ansia de apresurar el paso. En cambio, se acerco a un grupo de tesalios para hacerles algunos comentarios jocosos sobre sus largas cabelleras y recordar sus hazanas durante las anteriores campanas. Conocia a algunos de ellos por su nombre y les pregunto por sus familias, al tiempo que eludia responder a las mismas preguntas. ?Cuando comenzarian la marcha? ?Cuando cruzarian el Helesponto?
– Marcharemos muy pronto -les tranquilizo Alejandro, sin dar muestras de su propia inquietud-. Creed-me, en menos de un ano todos vosotros vestireis con las mas ricas sedas. Comereis y bebereis en platos y copas de plata y oro mientras las damas de Persia se ocupan de complacer todos vuestros deseos.
– ?Todos nuestros deseos? -replico un gracioso.
Alejandro senalo a su interlocutor y le guino un ojo, divertido.
– ?En tu caso, podria haber un par de excepciones!
Un coro de carcajadas celebro la respuesta. Alejandro continuo su marcha. Exhalo un suspiro de alivio cuando llego al recinto real, marcado por los carros y los trofeos colocados para conmemorar antiguas victorias y custodiado por una unidad de elite de la brigada real. Alejandro hablo brevemente con el capitan de la guardia y cruzo el perimetro. En el centro, habia un altar cubierto con flores marchitas. Alejandro se acerco para recoger una azucena y la aplasto entre sus dedos. ?No le habia advertido Olimpia, o habia sido Aristoteles, del riesgo que entranaba el zumo de esta flor? ?No habian dicho que era venenoso o…? Alejandro miro hacia los pabellones reales montados con la forma de una «T». La barra superior era la camara de reunion; la vertical, sus aposentos privados. En la entrada, estaban reunidos un grupo de fisicos. Perdicles el Ateniense, alto y con la frente despejada y su cabello negro muy corto. Tenia ojos oblicuos, la nariz afilada y los labios muy finos. A su lado, Cleon de Samos: bajo, rubio, cara redonda e inquieto, un hombre con muchos secretos, muy proximo a Alejandro. Leontes de Platea, oscuro como una baya y con ojos picaros y una boca que siempre parecia estar abierta. Por ultimo, Nikias. ?De donde era? Ah, si, de Corinto. Tenia la mirada grave, el rostro enjuto surcado por las arrugas y un humor seco. Una mata de rebeldes cabellos grises coronaba la cabeza del anciano. Los fisicos discutian acaloradamente con el oficial que les impedia el paso; no se dieron cuenta de la llegada de Alejandro hasta que el oficial saludo a su comandante.
– ?Esta el aqui, senor? -pregunto Perdicles-. Escuchamos el rumor…
– Escuchasteis un rumor y yo se la verdad -se burlo Alejandro-. Si, ya hablareis con el, pero no ahora.
Guino un ojo a Cleon y paso entre ellos para entrar en la primera parte de la tienda, la sala de espera, donde haraganeaban los pajes reales. Alejandro les entrego la capa y aparto la cortina de tela que ocultaba la camara privada donde tenia la mesa, las sillas, los tesoros y las posesiones personales. El paje que estaba encendiendo un candil de aceite se volvio rapidamente.
– ?Fuera de aqui! -le ordeno el rey.
El chiquillo se seco las manos en la tunica y se apresuro a obedecer. Alejandro lo sujeto por el hombro cuando
