– ?Que experiencia tienen?

– Algo hicieron una vez en Bruselas, e hicieron lo del aeropuerto de Alemania Occidental. Berlin Occidental, quiero decir. ?Como se llama?

– Joder, pues no se.

– Sea como fuere, le dieron al avion que no tocaba.

– Tuvo que ser el infierno.

– Se llevaron por delante el DC-9.

– ?Con que?

– Con misiles.

– Tuvo que ser la leche justificar todo eso ante el mando.

Lyle se puso en pie. El Burks original respondio arrancando en motor.

– ?No se te exige por ley decirme exactamente a que organizacion perteneces?

– Si tuviera la energia necesaria para levantar el pie, Lyie, se te exigiria recibir una patada en los huevos. Ahora mismo, ese es el unico requerimiento efectivo.

7

En el parque, Lyle se plego a la racionalidad estricta del volumen y el precio en todas sus ramificaciones. Una atencion consumada era una caracteristica positiva, una mirada mansa por todas partes, la cordura que residia en cuantas caras le salian al paso. Era un trabajo solido, nitido y a veces incluso animado, muy del Viejo Mundo en cierto modo, los hombres reunidos en una plaza para tomar parte del intercambio verbal, abierto, a la vez que tomaban nota de las cifras con lapices, los operarios desconcertados ante la caligrafia del personal. El papel se acumulaba bajo sus pies. Corrientes secretas, penso, recordando el concepto de dinero electronico segun Marina. Olas, sistemas, invisibilidad, poder. Penso: bip-bip-bip-bip-bip. Uno de los brokers le dio un golpeenlo en la cabeza, de broma, cual si fuera un combate de boxeo fingido. Lyle fue a la zona de fumadores y llamo a la sede de la empresa desde una de las cabinas, pregunto por Rosemary Moore. Le cogio Zeltner, colgo el telefono. Fumo cruzado de brazos, dando brincos sobre los talones. Tenia un aura de sufrimiento viril, como si las cosas hubieran llegado a tal punto por el despenadero del error que ya no podian expresarse de una manera verbal coherente, necesitadas de comentarios imposibles, de lagrimas o gritos.

– Bueno, Frank.

– El mundo sigue dando vueltas.

– Veo que te has afeitado.

– El mundo exterior.

– Aun sigue dando vueltas.

– Eso es obvio incluso para mi.

– Es buena cosa que de vueltas -dijo Lyle-. Si no, no reinaria esta quietud. Necesitamos ese movimiento, ves, el fluir exterior, para seguir estando sanos y a salvo.

– A eso cuesta acostumbrarse.

– Porque nunca te lo dicen. Tus papaitos, digo. El vejete. Ya sabes, dandose un tiron en los tirantes. Nunca te lo dijo.

– ?Y yo donde quiero estar, Lyle?

– Dentro.

– Respuesta correcta -dijo McKcchnie.

– Oye, sobre la llamada que te pedi que hicieras. Da lo mismo. No te lo tendria que haber pedido. Todo esta en su sitio.

– No me digas nada.

– Todo en orden. Nada que decir. Finito.

– Es que no te podria conceder toda mi atencion, Lyle. ?Sabes?

– Es un asunto religioso, Frank. Pronunciar ciertas palabras, los nombres de ciertas personas. Es un asunto profundamente personal.

– No se de que me hablas, pero estoy de acuerdo.

– Toca el nervio en los rincones mas secretos.

Kinnear ya parecia muy distante en el tiempo y en el espacio. Las dos visitas de Lyle a la casa de madera gris eran puntos de niebla, casi miticos, el cuarto de estar y el patio, el arsenal del sotano. Era como si hubiese oido una descripcion de esas zonas sin que supiera quien la hacia, como si jamas hubiera estado en ellas, fisicamente, en persona, rascandose las costillas, con la garganta seca. Rebusco en su memoria los detalles del lugar, cierta sensacion de la textura y la dimension. No habia mucho mas que Kinnear, con sus pasos almohadillados, sus rasgos faciales perfectos, su cabello de extrano color. Sus arrugas amistosas cuando sonreia. Su voz, madura y profesional: dos creditos, no obligatorios. Iba reduciendose la serie de acontecimientos, su propia participacion, a ese unico elemento, la voz de J., las olas que la transportaban, emitidas desde algun lugar remoto.

Volvio a llamar esa noche. Cuando sono el telefono, Lyle supo de inmediato quien era: J., y sintio un pro- r fundo alivio, como si temiera verse abandonado en manos de Marina y de Burks, expulsado a las categorias menos nitidas de la realidad. Hablando sin inflexion de ninguna clase, sin malgastar palabra, Kinnear recordo a Lyle que le habia dado un numero de telefono para utilizarlo solo cuando el, Kinnear, se lo indicase de manera especifica. Antes de colgar, anadio que los tres digitos del numero del telegrama recibido por Lyle eran el prefijo, solo que del reves.

Lyle se cambio de ropa sin saber por que. Tomo un taxi, luego recorrio a pie varias manzanas, hasta Grand Central. Cambio cuatro dolares en monedas pequenas y entro en una cabina.

– Creo que estamos operativos.

– Y eso significa…

– Dos o tres dias libres, si te lo puedes permitir.

– ?A empezar cuando?

– Pasado manana.

– No hay problema.

– Calcula tres mil quinientos dolares.

– ?De que forma?

– No hay limite a la cantidad en metalico que puedas llevarte al atravesar la frontera.

– He vuelto a hablar con Burks. Burks ya no tiene ningun interes. Lo cual tiene su logica. Tenian a un informador y lo han perdido. No hay motivo para que nos echen los perros.

– Y una mierda -dijo Kinnear.

– Marina, no creo que sea capaz de encontrarte. Bastante tiene con hacer que alguien ensamble algo que haga ruido cuando le prendan fuego.

– Lyle, van a por mi.

– Cierto.

– Es muy capaz. Marina es muy capaz. La policia secreta sabe como me llamo. Saben cual es mi historial. Les encantaria una charlita, esa es mi impresion.

– En serio me lo pregunto.

– ?Estamos operativos, si o no?

– Pero si van a por ti…

– Exacto.

– ?Y como lo hacemos?

– Imagina que con tres mil quinientos compro documentos, billetes para viajar, cubro mis necesidades durante una temporada.

– No me digas.

– Solo el tiempo necesario para comprar papel. El nombre y los numeros requeridos. ?Y si viajo en un carguero?

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