– ?Luego que?

– ?Para un tirado como yo?

– Volveras, te lo garantizo.

– Podria ser, Lyle.

– Burks dijo algo de Nueva Orleans.

– Ves, te lo dije, lo saben.

– No es mucho, J.

– Han dedicado mucho tiempo a seguirme. Saben a quien y como azuzar, de veras lo saben. Maldita sea, hablaron de Nueva Orleans, ?si o no? Hace ni me acuerdo cuanto de aquello. Como tres o siete vidas.

– Burks dijo algo interesante.

– ?Que dijo?

– Dijo Oswald.

– ?En serio?

– Dijo Cuba, papeles echados a faltar, no se.

– Son buenos -dijo Kinnear-. Le dedican tiempo.

– ?Quiso decir Burks que tu conocias a Oswald antes de Dallas?

Los dos se echaron a reir. Lyle se volvio hacia la hilera de las cabinas. Una estaba ocupada por una mujer negra, de mediana edad, con un vestido de lunares.

– A lo mejor podemos hablar de eso en otro momento.

– En lo que se refiere a la pasta, Lyle, no se si podre devolvertela.

– No es problema.

– ?Es problema? Porque si lo es, Lyle…

– Olvidalo.

– Lo deje estrictamente en los huesos. Ese es el minimo minimisimo que necesito para abrirme. No te pido ni diez centavos de mas.

Hicieron lo preciso. Lyle salio de la cabina y echo a caminar por Lexington. Era tarde. Un coche viro hacia el cuando subia a la acera. Freno, un hombre de treinta y tantos, demasiado adelantado en el asiento, la cabeza girada hacia Lyle, inquisitivo, una mano entre los muslos, hinchando la tela y todo lo que hubiera bajo ella. Quedo claro que se trataba de una presentacion. Lyle, directamente bajo la luz de una farola, evito su mirada y concentro la suya por encima del coche, como si viera algo ineluctable en una ventana de la tercera planta, al otro lado de la calle, hasta que el coche por fin se fue.

8

Pammy salio a la terraza. Ethan aun trataba de aclararse la garganta, de pie ante la balaustrada, con una taza de cafe. La manana estaba luminosa y calida, ya pasaba de mediodia. Jack estaba en el otro extremo, apilando la lena. Cavidades nasales, membranas de los se-• nos. Ella entro, se puso una taza de cafe y volvio a la terraza. Se sento en la balaustrada, con la cabeza bien alta, la cara ya en un plano inclinado.

– Pero… ?no te encanta? -dijo Jack-. Todas las mananas lo mismo. Siempre exactamente igual. Como si no hubiera nadie alrededor. Tose, carraspea, escupe, senor Esputador. Cualquiera diria que hace algo.

– Alivio rapido. Respira hondo, no te atosigues.

– Joder, por Dios, es que no veas, esto es lo que oigo cada manana, todas las mananas, sin respiro.

– Me gusta toser -dijo Ethan-. Y carraspear me gusta mas. Es una de las ultimas huellas distintivas de!a presencia humana y sensual en el planeta. Me gusta esputar.

– Es igual que el metro, a las dos de la manana, te dan ganas de echar la pota.

– No, no.

– Te entran arcadas.

– Carraspear es a una arcada lo mismo que un haiku a una carrera de patinaje.

– ?Como es posible que hables por la manana? -dijo Pammy-. Mira que ponerte a trazar similitudes, analogias, proporciones, nada mas levantarte, sin que importe la idiotez que representa… Yo apenas consigo abrir la boca para dar un sorbo.

– A mi me gusta sentir como se desprende la mucosa.

Entro y se hizo unas tostadas. Despues, Pammy fue caminando hasta el pueblo de la Isla del Ciervo, seguida durante medio kilometro por dos perrazos, y compro unas postales y algunos comestibles. Por el camino de vuelta la acompano un buen trecho una chica en bicicleta, que respondio a todas las preguntas de Pammy con una o dos palabras, antes de internarse por un camino con baches que llevaba a una bonita casa antigua. Pammy se percato de que sonreia ante la casa, tal como habia sonreido antes a la chica, y antes aun a los perros. Resolvio abstenerse de emplear esa sonrisa idiota y animada.

– ?Y Ethan?

– En Stonington, de compras.

– Yo acabo de hacer la compra.

– El queria pescado.

– No le vi pasar. Supongo que estaba en el mercado.

– ?Que te apetece hacer?

– ?Vamos al prado? -dijo ella.

– No hay nada que hacer.

Caminaron por la playa. Jack iba descalzo, a paso ligero entre las rocas, aguantando unos leves dolores furtivos, la cabeza agachada, las manos bien separadas de los costados. Era un poco mas bajo que Pam, la fuerza de su cintura escapular y de sus piernas facil de discernir por la camiseta y los tejanos cortos que llevaba. Ella lo siguio para rodear una gran roca que sobresalia, tratando de juzgar hasta que punto eran resbaladizas las piedras mientras avanzaba a saltos, con cuidado, de una a otra, rozando las olas. Caminaron otro centenar de metros hasta unas escaleras de madera que ascendian a un prado anchuroso, en algunos trechos la hierba alta hasta la cintura. Habia un cartel: propiedad privada. Era un cuadrado de pasto, cercado de arboles por tres lados, la bahia al oeste. Pammy se tumbo y se desabrocho la camisa. A esa hora, el sol alcanzaba practicamente todos los rincones del prado.

– Ya no estoy abatida.

– La hierba pincha. No es como la de las peliculas.

– Se nos ha olvidado el queso, la fruta, el pollo, el pan y los dos tipos de vino.

– Yo antes pensaba en la hierba e imaginaba un picnic -dijo el.

– He estado abatida en secreto. Ahora lo puedo contar. Queria ligar un bronceado agresivo. Vine aqui en busca de eso, ni mas ni menos. Un intenso bronceado. Las senoras de mediana edad a veces lo consiguen. Es como si se te pusiera la piel tan apergaminada y tan bronceada que casi rozase el negro. Ese aspecto de coccion que se tiene a veces. Como si te sintieras inmensamente sana, fenomenal, pero te parecieras mas bien a un ser, como explicarlo, quien es ese desenterrado con esas arrugas tan raras. Yo queria hacerlo una vez en la vida, pero como soy idiota no me di cuenta de que este no seria el sitio adecuado. Por eso me voy a relajar y voy a superar mi abatimiento, y conseguir lo que se pueda, un tenue tinte rosado.

– Buena suerte.

– Tumbate en la hierba.

– Es que esta llena de cosas.

– Vamos, Laws, tiendete, se uno, fundete.

– Me dices que me una a la hierba.

– A la tierra, al terreno.

– A la tierra, al ser, al tacto.

– Fundete -dijo ella.

– El aire, los arboles.

– Siente el viento.

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