– A ese le veia mucho menos, era mas discreto. Las pocas veces que le vi (supongo que era el por la voz), estaba tambien correctamente trajeado y llevaba gafas oscuras. Era mas alto que el anterior y llevaba gafas de sol incluso aunque lloviera. Era totalmente rubio, cosa bastante rara.

– ?Rara? ?Por que?

– Por su acento. No era de aqui, vasco quiero decir, pero tampoco espanol aunque hablaba perfectamente nuestro idioma.

– ?Europeo, tal vez? ?Frances, aleman, ingles?

– No, no. Yo creo que era sudamericano, aunque no sabria decirle de que pais. Por eso me extranaba tanto que fuera rubio, los sudamericanos suelen ser mas bien morenos y atezados, y tampoco suelen ser muy altos, pero bueno, supongo que habra de todo -anadio encogiendose de hombros.

– ?Tenia alguna otra caracteristica especial?

– No sabria decirle. Yo creo que ella le tenia miedo.

– ?Por que piensa eso?

– Bueno, a veces los oia. No es que me pase el dia poniendo las orejas donde no me importa -mintio descaradamente la anfitriona de Artetxe-, pero sin querer muchas veces me llegaban trozos de conversacion. Cuando el hablaba en tono enfadado ella solia callarse. Una vez incluso llego a golpearla. Eso me imagine al oir el ruido que hacian, y al dia siguiente, lo confirme, Tuve que ir a pedirle un poco de aceite y cuando me abrio la puerta, por cierto, solo llevaba encima del cuerpo un camison totalmente transparente y abrio sin siquiera preguntar quien era; bueno, lo que le iba diciendo: cuando me abrio la puerta vi que tenia un ojo completamente morado.

– ?Sabe usted cual fue el motivo de que el le pegara?

– Si, porque me extrano un monton. Fue porque ella le llamo a el capitan.

– ?Capitan?

– Si, capitan. Yo pienso que ser capitan de lo que sea, del ejercito o de la policia, si uno es honrado, es un orgullo, no una indignidad, y que conste que lo digo porque nunca he sido una fanatica ya que, como usted imaginara por lo que le he dicho antes, en mi familia nunca ha habido militares ni policias espanoles. Gudaris si, hubo unos cuantos durante la guerra, pero nunca fueron capitanes.

– No sabra quiza el nombre de ese capitan.

– Espere un momento… no, no estoy segura. Algo asi como Eladio, o Heriberto. No. ?Herminio? Creo que tampoco.

– ?Podria ser Hector?

– Eso es, Hector. Mira que haber dicho Herminio, aunque algun parecido si que tienen. Hector, ese es el nombre, seguro. Lo tenia en la punta de la lengua y al mencionarmelo usted me he acordado.

Artetxe penso que tal vez la mujer le estaba confirmando el nombre tan solo para quedar bien, para impresionarle con su colaboracion, pero se arriesgo a creerla. No tenia mas remedio, pero de todos modos la historia era verosimil. Los mismos nombres que habia mencionado previamente dona Rosario, si no eran exactamente identicos, si eran los que podrian haberle surgido en la mente mientras intentaba recordar el autentico nombre. Por otra parte, Hector, aunque no era un nombre desconocido en Espana, tampoco era de uso muy corriente, por lo que cabia la posibilidad de que perteneciera a un sudamericano. De hecho, a Artetxe el unico Hector que le venia a la cabeza asi de repente, aparte del heroe griego, era el ex presidente argentino Hector J. Campora.

Todavia estuvo hablando un cuarto de hora mas con la senora, pero no obtuvo ningun dato anadido que le fuera de alguna utilidad. Volviendo a prometerle que indagaria sobre su pension, se despidio con la sensacion de que su visita no habia sido baldia. Ahora lo que necesitaba era encontrar al tal Hector, pero desgraciadamente su direccion no vendria en las paginas amarillas, de eso estaba seguro.

30

La primera medida que tomo Artetxe para intentar localizar a Hector fue pasarle el dato al inspector Rojas para ver que podia averiguar este a traves del Grupo de Extranjeros de la Jefatura Superior, pero no se consiguio nada.

– Hay mas de un Hector sudamericano e incluso un filipino -les comento Roberto Salcedo, companero de Rojas e inspector-jefe del Grupo de Extranjeros-, pero ninguno encaja en el perfil que buscamos. Eso no significa que no exista, sino que en una primera busqueda no hemos podido encontrarlo. Puede ser que Hector no sea un nombre, sino un alias que no tengamos recogido. Otra posibilidad que intentare investigar, aunque tardare en sacar algo en claro porque requiere mucha discrecion, es que efectivamente el tal Hector sea capitan, bien de algun ejercito o de algun cuerpo policial latinoamericano que, tras la caida de alguna dictadura, haya decidido refugiarse en Espana. En ese caso, aparte de que por nuestras autoridades hay mas tolerancia que ante otros refugiados, podrian no estar inscritos en nuestros archivos ya que, seguramente, contaran con una autentica falsa documentacion.

– ?Una autentica falsa documentacion? -pregunto Artetxe.

– Creia que tu amigo no era ningun pipiolo -dijo Salcedo mirando a Manuel Rojas. Luego, sonriendo hacia donde estaba Artetxe anadio-: ?No te imaginas que es eso?

– Supongo que si. Documentacion expedida con todos los requisitos legales por quien tiene la capacidad de hacerla, pero con los datos de filiacion falsos.

– ?Bingo! -exclamo Salceda-. Has dado en el clavo. Si ese es el caso, y el enfado del tal Hector al ser llamado capitan es un indicio a favor, la cosa esta jodida. Procurare investigarlo, pero no os prometo resultados a corto plazo.

A Artetxe no se le habia ocurrido considerar esa ultima posibilidad, pero mientras mas pensaba en ella mas posibilidades vislumbraba de que fuera cierta. Y aunque confiaba en las gestiones del inspector Salceda, decidio iniciar por su cuenta una linea de investigacion.

Segun salio de Jefatura se dirigio al barrio de Santutxu. La parroquia de San Francisquito estaba abierta, aunque en ese momento no se estaba celebrando ningun oficio. Se reclino junto a una viejecita que estaba orando y casi entre suspiros inicio una conversacion con ella.

– Perdone, pero ?seria tan amable de indicarme si sigue destinado en esta parroquia el padre Arbulu?

– ?Don Imanol Arbulu? ?Un jovencito de barbas que no va vestido como un cura?

Artetxe penso que Arbulu, coetaneo suyo, no era precisamente un jovencito, pero teniendo en cuenta la edad de la senora respondio afirmativamente.

– Si, anda por aqui. Precisamente hace muy poquito ha celebrado una misa y acaba de entrar en la sacristia.

– ?El padre Arbulu? -pregunto Artetxe asomando la cabeza por la puerta de la sacristia.

Del fondo de la estancia salio un vozarron que solicitaba un momento, por favor, antes de atenderle.

– ?Tu! -exclamo un sorprendido Imanol Arbulu cuando vio, frente a el, a Inaki Artetxe.

– Si, yo. ?No te alegras de verme?

– ?Se puede saber a que has venido? -replico el sacerdote, que repentinamente habia olvidado las cristianas virtudes de la caridad y la templanza.

– Soy catolico, ?no lo sabias? ?Y que cosa mas normal que el hecho de que un catolico entre en una iglesia?

– Dejate de chorradas; seras todo lo catolico que digas, pero la ultima vez que has entrado en una iglesia seguro que ha sido para asistir a una boda o un bautizo.

– O a un funeral, amigo mio, o a un funeral.

– A lo que mas te guste, pero di a que has venido y vete. Cuanto antes mejor.

Artetxe miro al que hacia anos habia sido amigo y companero de lucha. No habia transcurrido tanto tiempo, aunque parecian siglos. En aquella epoca eran los dos estudiantes, Artetxe de Filosofia y Arbulu de Teologia y Sociologia. El tiempo los separo y posteriormente, al ser detenido Artetxe por colaborar con un activista de ETA, su antiguo amigo volvio a acercarsele para ofrecerle su apoyo y solidaridad. El desmarque de Artetxe de la organizacion armada volvio a enfriar las relaciones, esta vez irremisiblemente. Si se hubiera declarado ateo militante no habria pasado nada, pero su defeccion politica era imperdonable a ojos de quien tenia por una de sus

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