le habia preguntado a Emma si le resultaria mas comodo dormir en el edificio principal. Reacia a reconocer su nerviosismo, la joven le habia asegurado que estaria perfectamente bien en su apartamento. El rector no habia insistido, y cuando Emma regreso a Ambrosio y descubrio que no habian instalado la cerradura, su orgullo le impidio ir a verlo, confesar su miedo y declarar que habia cambiado de idea.
Despues de ponerse el camison y la bata, se sento ante el ordenador portatil, decidida a trabajar. No obstante, el cansancio se habia apoderado de ella. Las ideas y las palabras se agolpaban en su mente, confundiendose con los acontecimientos del dia. A ultima hora de la manana el sargento Robbins habia ido a buscarla para que lo acompanase a la sala de interrogatorios. Dalgliesh, sentado a la derecha de la inspectora Miskin, la habia ayudado a rememorar brevemente los hechos de la noche anterior. Emma habia contado que la habia despertado el viento y el tanido de una campana. No supo explicar por que se habia puesto la bata y habia salido a investigar. Ahora le parecia un acto tonto e impulsivo. Suponia que estaba adormilada, o tal vez que el sonido mitigado por el viento habia despertado en ella un recuerdo subconsciente de los insistentes repiques de su infancia y su adolescencia, una llamada que habia que obedecer de inmediato sin cuestionarla.
Sin embargo ya estaba completamente despierta cuando, al empujar la puerta de la iglesia, vislumbro entre las columnas el iluminado retablo y las dos figuras, una tendida y la otra echada encima en actitud compasiva y desesperada. Dalgliesh no le habia pedido que entrara en pormenores al describir la escena. ?Para que?, penso; despues de todo, el habia estado alli. El comisario no expreso pesar ni preocupacion por lo que habia vivido Emma, pero al fin y al cabo ella no era un familiar de la victima. Le formulo preguntas sencillas y claras. No porque el deseara protegerla, medito ella: si hubiese querido saber algo, se lo habria preguntado sin rodeos, por muy angustiada que la hubiera visto. Cuando el sargento Robbins la habia hecho pasar a la sala de interrogatorios y Dalgliesh se habia levantado para invitarla a sentarse, se habia dicho: «No estoy ante el hombre que escribio
– ?El padre Martin dijo algo cuando usted se acerco a el?
Habia titubeado antes de responder:
– Solo unas palabras.
– ?Cuales, doctora Lavenham?
No contesto. Aunque no se proponia mentir, el mero hecho de evocar aquella frase se le antojaba un acto de traicion.
El silencio se prolongo hasta que lo rompio Dalgliesh.
– Doctora Lavenham -dijo-, usted vio el cadaver. Vio lo que le hicieron al archidiacono. Era un hombre alto y fuerte. El padre Martin cuenta casi ochenta anos y esta cada vez mas debil. Se necesita una fuerza considerable para empunar el candelero de bronce, suponiendo que fuera el arma. ?De verdad cree que el padre Martin era capaz de hacerlo?
– ?Claro que no! -exclamo ella-. No hay un apice de crueldad en el. Es dulce, tierno y bondadoso, el mejor hombre que conozco. Jamas se me habria ocurrido cosa semejante. Ni a mi ni a nadie.
– Entonces ?por que cree que se me ha ocurrido a mi? -inquirio Dalgliesh en voz baja.
Repitio la pregunta, y Emma lo miro a los ojos.
– Dijo: «Oh, Dios, ?que hemos hecho?, ?que hemos hecho?»
– ?Y a que cree que se referia con eso? ?Ha pensado en ello?
En efecto, habia estado pensando en ello. No eran unas palabras faciles de olvidar. De hecho no olvidaria un solo detalle de aquella escena. Sostuvo la mirada del interrogador.
– Creo que quiso decir que el archidiacono seguiria con vida si no hubiera venido a Saint Anselm. Que quiza no lo habrian matado si el asesino no hubiese sabido cuanto lo detestaban aqui. Que ese odio tal vez contribuyo a su muerte. El seminario no esta exento de culpa.
– Si -habia asentido Dalgliesh con mayor suavidad-. Eso es lo que me comunico el padre Martin.
Emma consulto su reloj. Eran las once y veinte. Consciente de que le resultaria imposible trabajar, subio a su habitacion. Como su apartamento se hallaba al fondo, el dormitorio tenia dos ventanas, una de las cuales estaba orientada al muro sur de la iglesia. Corrio las cortinas antes de meterse en la cama y se esforzo por olvidar la puerta sin llave. Cuando cerro los ojos, aparecieron imagenes de la muerte burbujeando como sangre en su retina: su imaginacion no hacia mas que intensificar el horror de la realidad. Volvio a ver el viscoso charco de sangre, pero encima de el habia ahora unos sesos esparcidos semejantes a un vomito gris. Las grotescas imagenes de los condenados y risuenos demonios cobraron vida y sus obscenos gestos comenzaron a cambiar. Cuando abrio los ojos con la esperanza de librarse de aquel horror, la opresiva oscuridad del dormitorio la abrumo. Hasta el aire olia a muerte.
Se levanto y abrio la ventana que daba al descampado. Una reconfortante rafaga de aire se interno en la habitacion mientras ella contemplaba la silenciosa extension de tierra y el cielo salpicado de estrellas. Observar en la oscuridad la puerta sin llave resultaba menos traumatico que imaginar como se abria lentamente, y estar en la sala seria mejor que permanecer en vela en la cama, temiendo oir unos pasos decididos en la escalera. Aunque se pregunto si debia colocar una silla contra la puerta, fue incapaz de llevar a cabo esa accion degradante y al mismo tiempo inutil. Avergonzada de su cobardia, se dijo que nadie deseaba hacerle dano. Sin embargo, las imagenes de unos huesos astillados invadieron de nuevo su mente. Alguien de ahi fuera, o quiza del seminario, habia levantado el candelero y aplastado el craneo del archidiacono, golpeandolo una y otra vez en un arrebato de odio y sed de sangre. ?Era acaso la accion de una persona cuerda? ?Alguien se encontraba verdaderamente a salvo en Saint Anselm?
Entonces percibio el chirrido de la verja de hierro al abrirse y luego el chasquido del pestillo al cerrarse; despues, unos pasos silenciosos pero seguros, sin el menor indicio de furtividad. Abrio con sigilo la puerta y se asomo con el corazon desbocado. El comisario Dalgliesh estaba entrando en Jeronimo. Emma debio de hacer algun ruido, porque el se volvio y camino hacia ella, que le abrio la puerta. El alivio que experimento al verlo, al ver a un ser humano cualquiera, fue inmenso, y supo que se reflejaba en su semblante.
– ?Como se encuentra? -pregunto el.
Emma consiguio esbozar una sonrisa.
– No del todo bien, pero se me pasara. No podia dormir.
– Creia que se habria mudado al edificio principal -dijo Dalgliesh-. ?No se lo sugirio el padre Sebastian?
– Si, pero yo pense que estaria bien aqui.
El comisario miro hacia la iglesia.
– Este no es un buen lugar para usted. ?Quiere que cambiemos de apartamento? Estara mas comoda en el mio.
Emma fue incapaz de disimular su satisfaccion.
– ?No supondria una molestia para usted?
– En absoluto. Sacaremos nuestras cosas manana. Lo unico que necesita ahora es la ropa de cama. Me temo que la sabana bajera no servira en mi dormitorio. Tengo una cama de matrimonio.
– ?Y si nos limitamos a cambiar el edredon y la almohada? -pregunto ella.
– Buena idea.
Al entrar en Jeronimo, Emma vio que Dalgliesh ya habia recogido el edredon y la almohada y los habia puesto sobre un sillon. Junto a ellos habia un bolso de lona y cuero. Tal vez hubiera preparado las cosas que necesitaba para la noche y la manana siguiente.
– El seminario nos ha provisto de los inocuos preparados solubles de rigor, y hay leche en la nevera -dijo el abriendo el armario-. ?Quiere una taza de cacao o de Ovaltine? Si lo prefiere, tengo una botella de clarete.
– Si, me apetece mas el vino, por favor.
Dalgliesh aparto el edredon y Emma se sento. El saco del pequeno armario la botella, un sacacorchos y un par de vasos.
– Naturalmente, aqui no esperan que los invitados beban vino, de manera que no hay copas. Debemos elegir entre tazas y vasos.
– El vaso esta bien. Pero no quiero que abra una botella por mi.
– El mejor momento para abrirla es cuando se necesita.
Emma se sorprendio de lo a gusto que se sentia con Dalgliesh. Lo unico que necesitaba era compania, penso. No charlaron mucho; solo hasta que terminaron el primer y unico vaso de vino. Bebieron despacio. El hablo de sus
