Candace hablo por primera vez.
– Como yo soy una de las que entrevisto a Sharon, supongo que deberia asumir cierta responsabilidad. Quiza seria conveniente que se mudara a la Casa de Piedra conmigo y con Marcus, si el comandante Dalgliesh no tiene inconveniente. Tenemos sitio. Y podria echarme una mano con los libros de mi padre. No es bueno que este sin hacer nada. Y ya es hora de que alguien le quite de la cabeza esta obsesion con Mary Keyte. El verano pasado le dio por dejar flores silvestres sobre la piedra central. Esto es morboso y enfermizo. Subire ahora a ver si se ha calmado.
– Intentalo, no faltaba mas -dijo Chandler-Powell-. Como profesora, seguramente tienes mas experiencia que los demas en el trato con los jovenes recalcitrantes. El comandante Dalgliesh me ha asegurado que Sharon no requiere supervision. Y si la requiere, es la policia y el servicio de libertad vigilada quienes han de proporcionarla, no nosotros. He cancelado mi viaje a America. Debo regresar a Londres el jueves y necesito que Marcus venga conmigo. Lamento que esto suene a desercion, pero tengo que ponerme al corriente de los pacientes del Servicio Nacional de Salud que debia haber operado esta semana. Como es logico, hube de anular todas esas intervenciones. El equipo de seguridad estara aqui; lo arreglare para que dos de ellos duerman en la casa.
– ?Y la policia? -dijo Marcus-. ?Cuando calcula Dalgliesh que se marchara?
– No me he atrevido a preguntarlo. Llevan aqui solo tres dias; a no ser que practiquen una detencion, imagino que deberemos aguantar cierta presencia policial durante un tiempo.
– Deberemos aguantarla nosotros, mejor dicho -dijo Flavia-. Tu estaras tranquilamente en Londres. ?Esta conforme la policia con que te vayas?
Chandler-Powell la miro con frialdad.
– ?Que poder legal supones que tiene el comandante Dalgliesh para retenerme?
Y se fue; y en el pequeno grupo quedo la impresion de que, de algun modo, todos se habian comportado de forma poco razonable. Se miraban unos a otros en un silencio incomodo. Lo rompio Candace.
– Bueno, sera mejor que me ocupe de Sharon. Helena, quiza deberias hablar a solas con George. Ya se que estoy en la otra casa y no me afecta como a los demas, pero si trabajo aqui y preferiria que el equipo de seguridad durmiera fuera de la Mansion. Ya es bastante desagradable ver su caravana aparcada frente a la verja y a ellos deambular por ahi; solo falta que ademas esten dentro.
Y tambien se fue. Mog, que se habia sentado en una de las butacas mas impresionantes, habia mirado imperturbable todo el rato a Chandler-Powell pero sin abrir la boca. Se levanto con esfuerzo y se marcho. El resto del grupo aguardaba el regreso de Candace, pero al cabo de media hora en la que la orden de Chandler-Powell de no hablar de Sharon habia inhibido la conversacion, se dispersaron y cerraron firmemente la puerta de la biblioteca tras ellos.
8
Los tres dias en que no hubo pacientes y George Chandler Powell estuvo en Londres brindaron a Candace y Lettie tiempo para trabajar en la contabilidad, ocuparse de algun problema economico con los trabajadores temporales y pagar las facturas de la comida suplementaria necesaria para alimentar al anestesista, los tecnicos y el personal de enfermeria no residente. El cambio en el ambiente de la Mansion entre el principio y el final de la semana fue tan espectacular como grato para las dos mujeres. Pese a la aparente calma de los dias de operaciones, la mera presencia de George Chandler-Powell y su equipo parecia impregnar toda la atmosfera. Sin embargo, los dias previos a su marcha a Londres hubo periodos de calma casi total. El Chandler-Powell cirujano distinguido y con exceso de trabajo se convertia en un hacendado, satisfecho con una rutina domestica que no criticaba nunca y en la que no intentaba influir, un hombre que respiraba soledad como si fuera aire vivificante.
No obstante, ahora, martes por la manana, cuatro dias despues del asesinato, su lista de Londres habia sido aplazada y el evidentemente se debatia entre su responsabilidad para con sus pacientes de Saint Angela y la necesidad de apoyar al personal que quedaba en la Mansion. Sin embargo, el jueves el y Marcus se habrian ido. Cierto es que estarian de vuelta el domingo por la manana, pero las reacciones a una ausencia siquiera temporal fueron diversas. La gente ya dormia con las puertas cerradas con llave, aunque Candace y Helena habian disuadido a Chandler-Powell de organizar patrullas nocturnas a cargo de la policia o del equipo de seguridad. La mayoria de los residentes se habian convencido a si mismos de que un intruso, seguramente el propietario del coche aparcado, habia asesinado a la senorita Gradwyn, y parecia improbable que tuviera interes en alguna otra victima. Sin embargo, cabia suponer que aun tuviera las llaves de la puerta oeste, un pensamiento alarmante. El senor Chandler-Powell no suponia una garantia de seguridad, pero era el propietario de la Mansion, su intermediario con la policia, una presencia tranquilizadora. Por otro lado, estaba obviamente irritado por el tiempo perdido e impaciente por reanudar su trabajo. La Mansion estaria mas tranquila sin sus pasos inquietos, sus esporadicos raptos de malhumor. La policia seguia guardando silencio sobre los progresos de la investigacion, caso de haber alguno. Logicamente, la noticia de la muerte de la senorita Gradwyn habia salido en los periodicos, pero, para alivio de todos, los reportajes habian sido sorprendentemente breves y ambiguos gracias a la competencia de un escandalo politico y el divorcio especialmente enconado de una estrella del pop. Lettie se pregunto si los medios habian recibido alguna presion. De todos modos, el comedimiento no duraria mucho, y si se realizaba alguna detencion, el dique se romperia y todos se verian arrastrados por las contaminadas aguas.
Y ahora, sin personal domestico a tiempo parcial, y con la seccion de los pacientes precintada, el telefono a menudo con el contestador puesto, y la presencia policial como un recordatorio cotidiano de esa presencia difunta que, en la imaginacion, seguia encerrada en el silencio de la muerte tras aquella puerta sellada, para Lettie y, sospechaba esta, para Candace era un consuelo que siempre hubiera trabajo que hacer. El martes por la manana, poco despues de las nueve, cada una estaba sentada a su mesa, Lettie revisando una serie de facturas de la carniceria y el colmado, y Candace frente al ordenador. Sono el telefono de la mesa de al lado.
– No contestes -dijo Candace.
Demasiado tarde. Lettie ya habia cogido el auricular. Se lo paso.
– Es un hombre. No he entendido el nombre. Parece nervioso. Pregunta por ti.
Candace cogio el auricular, se quedo callada unos instantes y luego dijo:
– Aqui en la oficina estamos ocupadas y, para serle franca, no tenemos tiempo de ir en busca de Robin Boyton. Ya se que es nuestro primo, pero esto no nos convierte en sus cuidadoras. ?Cuanto tiempo lleva intentando dar con el…? Muy bien, alguien se acercara al chalet de los huespedes y si esta le diremos que le llame… Si, si no hay suerte le dire algo. ?Cual es su numero?
Cogio una hoja de papel, apunto el numero, colgo y se dirigio a Lettie.
– Jeremy Coxon, el socio de Robin. Por lo visto, le ha fallado uno de sus profesores y quiere que Robin regrese con urgencia. Llamo anoche a ultima hora, pero no obtuvo respuesta y dejo un mensaje, y lo ha estado intentando una y otra vez esta manana. El movil de Robin suena, pero no contesta nadie.
– Quiza Robin ha venido aqui para huir de llamadas telefonicas y las exigencias de su negocio -senalo Lettie-. Pero entonces, ?por que no apaga el movil? Sera mejor que alguien vaya a echar un vistazo.
– Cuando esta manana he salido de la Casa de Piedra -dijo Candace-, el coche seguia alli y las cortinas estaban corridas. Tal vez aun dormia y habia dejado el movil tan lejos que no podia oirlo. Podria acercarse Dean si no esta muy ocupado. Ira mas rapido que Mog.
Lettie se puso en pie.
– Ire yo. Me vendra bien un soplo de aire fresco.
– Entonces mejor que cojas una copia de la llave. Si esta durmiendo la mona, quiza no oiga el timbre. Es un fastidio que siga aqui. Dalgliesh no puede retenerle sin motivo, y lo logico seria que el se alegrase de poder regresar a Londres, aunque solo fuera para divertirse difundiendo el chismorreo.
Lettie se puso a ordenar los papeles en los que estaba trabajando.
– ?No te gusta el, verdad? Parece inofensivo, pero incluso Helena suspira cuando le hace la reserva.
– Es un parasito que se siente agraviado. Seguramente con toda la legitimidad del mundo. Su madre se
