Toc. Toc. Toc.

Agnes oyo que llamaban a la puerta. Aun en delantal, fue a ver quien era. Abrio la puerta y se encontro con un cartero de la Armee de Terre, con la gorra en la mano y un bolso en bandolera.

– Madame Marchand?

– Oui?

El hombre le extendio un sobre. Intrigada, se limpio las manos aun mojadas en el delantal, cogio la carta y rasgo el lateral del sobre. Era una postal del Ministere de la Guerre en la que se lamentaban por tener que informarla de que su marido, el soldado Serge Marchand, habia muerto como un heroe en el cumplimiento del deber y en defensa de la patria.

Agnes releyo el texto, incredula, boquiabierta, miro al cartero en busca de una senal de que aquello era solo una broma, el hombre bajo los ojos, turbado, ella volvio a mirar la postal y, asimilando finalmente el pleno significado de aquella tremenda noticia, sintio que el mundo giraba y se desmoronaba bajo sus pies, que el suelo remolineaba como un trompo sin control. La memoria de la voz de Serge canturreando «Je veux mourir, o ma deesse! En ce beau soir, sous ta caresse» resonaba en su cabeza como un presagio que habia desechado. La melodia se alejaba despacio, como si huyese, como si se alejase en un tunel lejano; la voz desaparecia, esfumandose hasta perderse en un profundo y doloroso silencio.

A los veintitres anos, y solo tres meses despues de la boda, Agnes se habia quedado viuda. La postal no daba detalles sobre la muerte de Serge ni decia donde se encontraba el cuerpo, algo que hizo el luto aun mas dificil. Los dias que siguieron a la llegada de la noticia fueron de gran desorientacion. Agnes se nego a salir de casa y fue madame Jolinon quien le dio apoyo, preparandole la comida, haciendole compania, intentando consolarla.

– Courage, ma petite, usted es aun joven, es duro pero tiene que resistir, c'est la vie! Yo tambien perdi a mi Honore, se lo que cuesta, pero aqui estoy, dispuesta a rehacerme.

Los familiares de Serge la visitaban cada vez menos. Sin su marido, nada la ligaba a aquellas personas. Se fueron alejando gradualmente hasta dejar de verse. Guardo a Mignonne en una maleta para no volver a tocarla nunca mas, era una forma de enterrar la infancia, cuyo final habia precipitado la noticia de la muerte de Serge. Dejo de ser una mujer feliz y despreocupada, el peso del mundo recayo sobre sus hombros.

Para Agnes comenzo a hacerse evidente que no podia seguir en Paris. No tenia marido que la mantuviera ni podia pagar los estudios del ultimo curso de Medicina, y el apartamento de Les Halles se habia vuelto insoportablemente vacio. El problema es que la relacion con su familia se mantenia interrumpida. Los alemanes ocupaban parte de Flandes, y Lille quedaba ahora por detras de las lineas enemigas. Eso significaba que no podia regresar a casa ni sus padres podian enviarle ayuda. Ademas, no era posible siquiera saber que ocurria en Lille, no tenia noticias de sus padres ni de Claudette y, despues de lo que le habia ocurrido a Serge, alimentaba los peores presentimientos acerca de Gaston y Francois.

Dejo de estudiar y comenzo a encarar seriamente la posibilidad de conseguir trabajo. Con la ida de los hombres a la guerra, millones de francesas estaban ya sustituyendolos en los empleos, incluso porque los salarios eran mejores que aquellos a los que estaban habituadas. Habia cada vez mas mujeres conduciendo tranvias y ambulancias, aunque la mayor parte acababa en las fabricas de armamento. Agnes acepto convertirse en una munitionette, tal como se llamaba a estas obreras, pero el destino le reservaba otros planes.

Al comenzar el invierno, Agnes fue a comer una choucroute a la Brasserie Bofinger, en la Place de la Bastille. Se sento en una silla tapizada en cuero de la cerveceria observando distraidamente los ricos vitrales del establecimiento, con la mente recorriendo su vida. Pensaba en las opciones que le quedaban, en las dificiles decisiones que tendria que tomar. La cerveceria se encontraba casi desierta, no habia muchos jovenes que la frecuentasen, estaban casi todos en la guerra. Tal vez por eso sus ojos se posaron en un hombre de mediana edad que acababa de entrar y cerraba el paraguas junto a la puerta. Reconocio al baron Jacques Redier, el viejo amigo de su padre.

– ?Senor baron! -exclamo.

El baron Redier volvio la cabeza y sus ojos se encontraron, pero el mantuvo una expresion interrogante, pues no la habia reconocido. Agnes le hizo una sena para que se acercase. Aunque vacilante, el avanzo hacia ella.

– Senora -saludo-. ?A que debo el honor?

– Senor baron, ?no se acuerda de mi? Soy Agnes, estuve en su casa…

– Pardon?

– Soy Agnes Chevallier, la hija de Paul Chevallier, de Lille. ?Se acuerda de mi?

El rostro del baron se ilumino en una sonrisa calida y hasta efusiva.

– ?Agnes! ?Dios mio, como has cambiado! ?Estas hecha una mujer, muchacha, no te reconocia!

– Sientese, sientese.

El baron se sento.

– ?Vaya sorpresa! -exclamo-. No esperaba encontrarte por aqui, palabra de honor. Estas guapa, ?eh? Una verdadera flor. -Se quedo mirandola un instante-. ?Y tu familia?

La sonrisa de Agnes se deshizo.

– Mis padres y mi hermana estan en Lille y no tengo noticias de ellos desde que comenzo la guerra.

– ?Diablos! Es un desastre esta guerra. -Suspiro-. Afortunadamente, pronto acabara.

– ?Usted cree?

– Es lo que dicen los periodicos. Ademas, ya hemos impedido a los boches llegar a Paris. Ahora es cuestion de tiempo, hasta que los politicos se entiendan. Por tanto, no te preocupes, todo ira bien, estoy seguro.

– ?Cuanto tiempo?

– No lo se, tal vez cinco o seis meses…

– Es mucho… -se desahogo Agnes, desanimada.

– No te angusties, muchacha. Seis meses pasan deprisa -observo el baron-. ? Que estas haciendo en Paris?

– Pues… estoy estudiando Medicina.

– Y con tus padres en Lille, ?como consigues dinero para pagar el curso?

Agnes bajo los ojos.

– Ese es el problema -dijo-. Voy a tener que suspender el curso y ponerme a trabajar.

– ?Trabajar? ?Lo que faltaba!

– ? Por que? -se sorprendio Agnes-. Tengo que vivir, ?no?

– Si, claro, pero no pensar en trabajar.

– ?Como? Hay muchas mujeres que estan yendo a las fabricas de armamento para…

– ?Ni se te ocurra! -interrumpio el baron-. Voy a ayudarte, como que me llamo Jacques Redier.

– Pero…

– Mira, ?por que no te vienes a Armentieres conmigo? Desde que fallecio mi mujer, me he sentido muy solo en aquel palacete inmenso.

– ?Ha muerto la senora baronesa? Oh, lo siento mucho.

– Gracias. Murio hace dos anos, pobrecita, victima de la tuberculosis cronica que padecia hacia mucho tiempo. De modo que solo tengo a Marcel para que me haga compania. Pero si algo he aprendido, es que los mayordomos son unos companeros tediosos. Por ello necesito a alguien que llene el chateau de alegria. ?Por que no vienes a Armentieres?

– Pero, senor baron, yo no puedo ir a Armentieres…

– ?Ah, no? ?Y te quedaras aqui haciendo que? ?Pasando hambre? ?Yendo a las fabricas a colocar polvora en los cartuchos? ?Que te ata a Paris, valgame Dios? No estas casada, ?no?

– Soy viuda.

El baron abrio la boca sorprendido.

– ?Como?

– Me case hace poco tiempo, pero despues vino la guerra y mi marido se alisto…

El baron le acaricio el pelo.

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