Schaffer podria convencer a los del Comite de Investigacion y de Exploracion para que cambiaran de parecer.

– Mira que hace anos que te conozco, Perrins, y todavia me sorprendo cuando te oigo expresar mis propias ideas como si las hubieras parido tu.

– Calla -sonrio Perrins-. Por cierto, ?que cuesta montar este tipo de expedicion?

– Esto consta en la solicitud de la subvencion -respondio Brindley-. Si la memoria no me falla, creo que querian una cantidad que rondaba los setecientos cincuenta mil dolares. Sin contar con lo que aporten los patrocinadores privados.

– No van a tener tiempo de encontrar patrocinadores -afirmo Perrins-. Tres cuartos de millon, ?eh? ?Sabes lo que esta cantidad representa para el presupuesto de Defensa de 1996?

Brindley se encogio de hombros.

– Pues te lo digo. -Con una mueca de colegial en el rostro, Perrins se puso a teclear numeros en su ordenador-. Cerca de dos minutos.

– Ya me figuraba que seria algo irrisorio.

– ?Que puedes decirme de este tal Furness? -pregunto Perrins-. ?Crees que podremos hacerlo nuestro?

– Supongo que si. Hizo un anuncio publicitario de unos bonos muy turbios para la television, asi que no debe de ser hombre de principios.

– ?Y ella?

– No sabria decirte. Me parece que es australiana o inglesa. Algo asi.

Perrins se inclino hacia adelante y pulso un boton del interfono.

– Connie, ?puedes traerme los expedientes de…? -Echo una ojeada a la solicitud de la subvencion y leyo los dos nombres que figuraban en la portada-. De un tal Furness. F-U-R-N-E-S-S. Y de una tal doctora Stella Swift, se deletrea como el pajaro, de la Universidad de California, de Berkeley. Oh, y preguntale a Chaz Mustilli si puede venir a verme aqui al despacho. Gracias, Connie.

Solto el boton, hojeo la solicitud que tenia ante el y echo una rapida ojeada a los objetivos de la expedicion que constaban en ella.

– Fosiles humanos, ?eh?

– Paleoantropologia -dijo Brindley asintiendo con la cabeza-. ?No has oido hablar de ella? Es la nueva religion.

– La gente tiene que creer en algo -comento Perrins encogiendose de hombros-. Si tengo que serte franco, yo soy incapaz de imaginarme a un Dios que prefiere ir a misa que ir al cine.

– No salgamos esta noche -dijo Swift-. Quedemonos a cenar en el hotel.

Estaba viendo el telediario.

– Pero si ayer cenamos aqui -protesto Jack-. ?No prefieres que vayamos a otro sitio?

– No me apetece ir a ningun lado. Lo unico que me apetece es quedarme aqui y compadecerme de mi misma.

– Bueno, si es eso lo que quieres.

– Mierda. ?No te parece increible?

– ?Que?

Swift senalo la television.

– Las noticias -dijo abstraida-. El secretario de Estado ha logrado convencer a los indios y a los pakistanies de que se abstengan durante tres meses de pasar a la accion.

– ?Y que hay de malo en ello? -pregunto Jack, extranado.

– Nada -respondio Swift encogiendose de hombros-. Solo que tres meses nos hubieran venido de perlas para ir al Nepal y poder salir del pais sin problemas.

– Tres meses es lo que lleva, como minimo, preparar la mayoria de las expediciones -comento Jack.

– Esta no tiene nada que ver con la mayoria de las expediciones. Bueno, tenia.

Swift le beso en la mejilla.

– Voy a banarme, Jack.

– ?No puedo quedarme y mirarte?

Ella se rio flojito, azorada. Habia veces en las que Jack tenia salidas de colegial. Pero desde que volvia a acostarse con el, habia caido en la cuenta de lo mucho que lo habia echado de menos, aun sin saberlo.

– ?Por que no nos vemos luego en el bar?

– La verdad es que me sentaria bien tomarme una copa -reconocio Jack-. Detesto los comites. -Sacudio la cabeza con rabia-. No lo entiendo, no entiendo por que nos la han denegado.

– Pero ?que dices? Si tu me advertiste de lo dificil que lo teniamos. -Swift se encogio de hombros con garbo-. Ademas, me la han denegado a mi. A ti te han dicho que, si lo deseas, puedes volver y escalar todas las cumbres que te quedan por escalar.

– Esto no es lo que yo quiero. Ya no.

– Bueno, todavia nos queda la Fundacion Nacional de la Ciencia. En el comite de seleccion esta Warren Fitzgerald. Es el decano de la Facultad de Paleoantropologia de Berkeley.

– Conque para hacer carrera no importan tanto los conocimientos como los conocidos, ?eh?

– De hecho, los conocidos tampoco. Solo con quien te acuestas.

– No lo diras en serio.

Swift se echo a reir.

– Es un poco asi. Me parece que, desgraciadamente, en estos momentos los de la Fundacion no andan precisamente boyantes.

– Ya encontraremos quien nos financie. Ya veras. A lo mejor conseguimos dinero de un periodico o de una cadena de television. Seguro que hay muchisima gente dispuesta a embarcarse en una aventura como esta. Si pudieramos contarles la verdad, si pudieramos decirles cual es en realidad el objetivo de la expedicion…

– Ni hablar -dijo Swift con firmeza-. No nos conviene nada que los medios de comunicacion metan sus narices en esto antes de que nos hayamos puesto en marcha. No hay que abandonar el plan inicial. Ni una palabra sobre la posibilidad de que Esau este vivo. ?De acuerdo?

– Si, tienes razon.

Swift hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y se fue hacia el cuarto de bano.

– Nos vemos abajo.

El salon del Jefferson parecia el salon de una casa del siglo xviii. Encima de la chimenea de marmol verde y blanco, en la que chisporroteaba un tronco muy grande, habia un retrato de Thomas Jefferson, que aparecia junto a su perro, un lebrel blanco de carreras que husmeaba la mano de su amo.

Jack se sento en una gran butaca, pidio un whisky al camarero y se repantigo para contemplar el fuego a sus anchas. El viento huracanado azotaba las ventanas con tal furia que lo transporto al Himalaya. En las noches frias como aquella se alegraba de estar recogido. La comida de Virginia del chef del hotel, que gozaba de gran fama, era justo lo que mas le apetecia. Cuando le sirvieron la copa, la cogio entre las palmas de las manos y estuvo un buen rato asi, sin bebersela. Despues la apuro y pidio otra lamentando no haber cogido un buen libro o una buena revista, porque Swift tenia la costumbre de pasarse horas en el cuarto de bano. Como casi todas las mujeres.

– ?Senor Furness?

– ?Hum?

Jack alzo la vista, que tenia clavada en la lumbre, y vio ante si a un hombre de elevada estatura, ataviado con un blazer muy conservador que parecia de una talla ligeramente superior a la suya, a pesar de lo cual su aspecto era el de una persona en plena forma fisica.

– Espero que me disculpe por haberle interrumpido, senor -se excuso el intruso, quien, senalando a una butaca, pregunto-: ?le importa que me siente?

Jack lo invito a tomar asiento y leyo la tarjeta de visita que le habia dado.

– «Jon Boyd, director, Instituto de Investigacion Alpina y Artica.» ?Que puedo hacer por usted, senor Boyd?

El camarero llego con la copa de Jack, y Boyd le entrego su tarjeta de credito, le pidio un Daiquiri y le dijo que le cobrara las dos copas. Al estirar los brazos para acercar sus manos al fuego, Jack advirtio que tenia grabado en

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