metidos en sus sacos de dormir, tras un dia de trabajo agotador, los miembros de la expedicion y los dos jefes de los sherpas estaban reunidos en la concha, cenando; escuchaban la radio y conversaban. Habian traido las sillas y las mesas de los refugios, y la temperatura en el interior del edificio hinchable era de doce grados centigrados, una temperatura agradable, teniendo en cuenta el frio que hacia fuera. Sentados, comiendo sus platos de comida preparada, intentaban todos olvidar la tempestad que azotaba el glaciar. De vez en cuando oian rafagas fuertes, de la intensidad de un obus, y alguno de ellos dejaba escapar un silbido, con la mano en la pared de la concha, perplejo de que pudiera resistir aquella tormenta.
Como si quisieran de alguna manera compensar la aspereza del tiempo inhospito, todos se esforzaban en ser amables con los demas, aunque estaba claro que la altitud ya habia hecho estragos en dos de los miembros del equipo, que se mostraban irritables y nerviosos. Boyd saco una botella de bourbon y al poco rato se pusieron a discutir sobre el objetivo de la expedicion.
– No creo que con este tiempo salga esta noche -comento Cody, y se quito las gafas sin montura, que le daban un cierto parecido con Karl Marx en los tiempos en que este iba con asiduidad a la Biblioteca Britanica, y empezo a limpiarlas vigorosamente.
– ?De quien hablas? -pregunto Jutta.
– Del yeti, de quien va a ser.
Boyd se rio, burlon, y apuro su vaso.
– No creo que salga ni ahora ni nunca -sentencio sirviendose una abundante cantidad de whisky.
El equipo se dividio rapidamente en tres grupos: Swift, Jack, Byron Cody, Dougal MacDougall, Hurke Gurung y Ang Tsering creian en la existencia del yeti; Jutta Henze, Miles Jameson y Lincoln Warner eran agnosticos los tres; y Boyd sostenia que era una leyenda que contaban los viajeros o, en el mejor de los casos, un fenomeno local que debia de tener una explicacion perfectamente racional.
– No veo que tenga nada de irracional creer que en estas montanas pueda habitar un gran simio del que nadie sabe nada todavia -opino Cody-. Tengo que confesar que esta es una explicacion que me parece muchisimo mas probable que algunas de las que he oido sobre el yeti, como extranas condiciones atmosfericas, perezosos o lemures gigantes y otras cosas por el estilo.
– Me teneis un poquitin desconcertado -les hizo saber Boyd, que se pasaba, abstraido, el indice por el bigotito-. Yo creia que erais cientificos. Pero esto…
Dejo en paz su bigote y empezo a pasarse la mano por la cabeza, que tenia forma de bala, visiblemente exasperado.
– En Khat, cuando me explicasteis que no teniais intencion de rastrear unos cuantos huesos viejos sino otra cosa, no dije nada. Pero francamente, creo que estais persiguiendo una quimera.
– ?Que sabras tu de quimeras? -le pregunto Lincoln Warner, cuya voz, muy grave, al resonar en el interior de la concha, parecia la de Darth Vader.
»-Pues, para que lo sepas, lo que tu llamas una quimera no es nada fantastico, ni ninguna ilusion. En realidad es algo mas facil de cazar que el mas esquivo de los animales.
Swift estaba callada. En Washington habia sentido una gran simpatia por Boyd, pero en Katmandu, una noche que el estuvo bebiendo una cerveza detras de otra, intento ligarsela y Swift, que tambien habia bebido lo suyo, le dijo que antes se acostaria con un yak que con el. Ahora, en la concha, el escepticismo de aquel hombre le parecio simple y llanamente mala educacion, ademas de ser peligroso porque estaba sembrando la desmoralizacion en el equipo. Se pregunto si no era el rencor personal lo que explicaba su postura. Quien sabe si lo que estaba haciendo era solo vengarse mezquinamente, con todo su sarcasmo, porque ella le habia rechazado con brusquedad.
– ?Sabes?, hace mucho que vengo coleccionando viejos huesos, para decirlo con tus palabras -dijo Swift con mucha calma-. Desde que era una nina. Nunca me intereso coleccionar sellos, ni monedas, ni nada. Para mi este tipo de colecciones no tenia ningun sentido. En cambio, coleccionar fosiles, en especial fosiles de humanos, era algo que si lo tenia. Mira, Jon, creo que la posibilidad de hallar una coleccion viviente, por decirlo asi, existe. Puede que encontremos un especimen vivo. Muchas veces se ha llegado a descubrir una nueva verdad partiendo de proposiciones improbables. Pero no veo por que nuestro empeno debe tildarse de quimera.
Boyd se encogio de hombros afirmando con la cabeza como si no estuviera muy satisfecho de su manera de expresarse.
– Retiro lo de quimera. Me parece que perseguis a un ser muy concreto pero que no existe. No se. En cualquier caso, es una locura.
Estaba claro que no habia escuchado nada de lo que Swift acababa de decir, y Swift decidio que tal vez Boyd habia bebido demasiado bourbon.
– ?Que les dirias, pues, a estas dos personas que estan aqui sentadas y que han visto un yeti? -le pregunto ella-. ?Que les dirias a Jack y al sirdar?
– Senor, pues no lo se -contesto Boyd riendose-. Que padecian mal de altura, seguramente.
– Perdone, sahib -intervino Gurung-, pero yo naci en estas montanas.
– Los sherpas tambien necesitan oxigeno -solto Boyd.
– Pero menos que nosotros -le aclaro Jack.
– Muy bien, pues contestame a esta pregunta, Hurke -insistio Boyd-. Cuando subiste a la cumbre del Everest, ?lo hiciste con o sin oxigeno?
– Si, tiene razon, sahib. La primera vez ascendi con oxigeno. La segunda vez, con Jack sahib, ascendimos sin oxigeno. Pero se ha formulado bien la cuestion. Hasta los sherpas pueden ver cosas extranas. Y aunque estoy horriblemente seguro de que vi lo que vi, quiza Boyd sahib es demasiado educado y no dice lo que es evidente: que muchos sherpas son gente muy supersticiosa.
Boyd asintio, satisfecho.
– Bien dicho, Hurke -dijo llenandole el vaso.
Se quedaron todos en silencio un momento. De pronto se oyo el ruido sordo que hizo algo al golpear el exterior de la concha. Incluso Jack se sobresalto un poco y, andelantandose a la pregunta, nego con la cabeza y dijo:
– Seguramente habra sido un trozo de hielo. El viento arrastra de todo aqui arriba. En cuanto traigan la tela metalica de Chomrong, colocaremos una cerca, por si acaso.
– ?Por si acaso que? -se rio Boyd-. ?Por si viene a vernos un yeti?
Jack sonrio, paciente.
– Por si acaso se producen aludes. Esta es otra de las razones por las que no quise acampar en el CBM. La nieve que habia en la vertiente del Machhapuchhare me parecio traicionera.
A Jack no le faltaban razones para temer los aludes en el Machhapuchhare, pero tampoco tenia por que dar mas explicaciones sobre las precauciones que debia tomar.
– Mal de altura -resoplo MacDougall, furioso-. Todo eso no es mas que una gilipollez, y voy a decirte por que. Porque estoy mas que convencido de que no vas a poder decirme que lo que vi fue una alucinacion, tio, por la sencilla razon de que no vi nada de nada. Pero oi un ruido. Si, estoy mas que seguro de haberlo oido, estoy absolutamente convencido.
– Fue en el Nuptse, ?verdad, Mac? -le pregunto Swift, que habia introducido en su ordenador practicamente todos los casos de personas que afirmaban haber visto yetis.
MacDougall hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
– En el Nuptse, si -contesto.
– El Nuptse es una de las estribaciones del Everest -explico Jack a los que no eran escaladores.
– Esta a casi ocho mil metros de altura, ?no es cierto, Jack?
– Si.
– Si, una manana, muy temprano, estabamos a una altitud de unos cinco mil quinientos metros cuando me desperto el ruido de algo que se movia fuera de la tienda. Era un ruido de pasos. Unos pasos lentos e intencionados. En un primer momento pense que era Jack. El y Didier se habian adelantado, por lo que me figure que habian subido ya a la cima de la montana y estaban de vuelta. Le llame. Le dije: «?Eres tu, Jack?» No recibi ninguna respuesta. Volvi a llamarle: «?Que? ?Estas sordo, yanqui cabron? ?Como te ha ido? ?Conseguiste llegar arriba?» Nada, otra vez silencio. Yo estaba metido en mi saco, con la cremallera subida, y me dije: ?quien cono andara por ahi? Porque empece a oir el ruido que hacia alguien al abrir unas mochilas; quienquiera que fuese, estaba revolviendo nuestras provisiones. Me dije: Senor, hay un ladron. No me lo podia creer. Estabamos a una
