de Buda y el sol convertia la nieve y la roca en oro resplandeciente. Pero la sensacion de calor era puramente estetica, pues seguia soplando el viento en rafagas cortas como punetazos, y tan frias que te cortaban el aliento y el habla, si hablabas, y te obligaban a cerrar los ojos llorosos o dar la espalda a quien estuviera a tu lado. El viento mantenia la temperatura exterior muy por debajo de los cero grados.

Jack fue uno de los primeros en salir de los refugios para inspeccionar el campamento temiendo que la tempestad hubiera causado destrozos. El extremo norte de la concha estaba sepultado bajo la nieve, y tambien lo estaban varias cajas en las que se guardaban las provisiones y que pesaban demasiado para bajarlas a los refugios; por lo demas, sin embargo, todo parecia haber sobrevivido intacto. Jack inspiro hondo, euforico, llenandose los pulmones de aquel aire helado, como si alli, en el valle de uno de los glaciares mas increibles del mundo, el halito vital estuviera cargado de una especial dulzura.

A su izquierda, formando el portico sur del Santuario, se veia el Hiunchuli, que, con seis mil cuatrocientos metros, es una de las cumbres mas bajas de las que forman el Annapurna. Es una montana, penso, bien recortada. Le recordaba la cabeza y el pico de un ave rapaz: el viento levantaba la nieve, que subia hacia el cielo como una rociada y que semejaba una cresta de plumas blancas; si miraba el picacho de hielo, le parecia ver un ala afilada que ascendia ondeante hacia el pico Modi, llamado tambien Annapurna Sur.

Jack estaba todavia saboreando el placer gozoso que le causaba el aire y el paisaje cuando oyo un grito que procedia de mas arriba del valle, al pie de la cresta del Hiunchuli. Protegiendose los ojos del destello cegador de la nieve, puesto que no llevaba gafas de sol, vio una figura que le hacia senas con la mano. Cogio los pequenos prismaticos Leica que llevaba colgados, se los acerco a los ojos y vio el tripode de una camara; en seguida se dio cuenta de que era MacDougall.

Jack le devolvio el saludo y fue a su encuentro.

A medio camino se encontro con un Mac extremadamente entusiasmado y para entonces el norteamericano sabia ya cual era la causa del nerviosismo del que era presa el escoces. En la ladera, por lo demas pristina e inmaculada, mas alla de donde estaba Mac hacia un momento, se veia en la nieve una hilera de pisadas que, semejantes a una larga cremallera negra, partian de los alrededores del campamento en direccion este, hacia la salida del Santuario.

– ?Ha salido alguien mas esta manana? Quiza uno de los sherpas.

– No, he sido el primero en salir -dijo Mac-. Queria fotografiar la salida del sol por encima de las montanas. Y ya estaban aqui.

Ambos se dirigieron hacia el rastro de pisadas dibujado en la nieve.

– Por un momento he pensado que eran mis propias huellas, pero luego, cuando he visto lo mucho que subian, me he dado cuenta de que no podian ser las mias.

Se detuvieron justo antes de las pisadas. Jack se arrodillo para examinarlas de cerca y Mac quito la tapa de la lente de la Nikon y empezo a disparar.

– ?Que opinas, Jack? Lo parecen, ?verdad?

– Podria ser, Mac.

– ?A que es genial? Quiero decir que acabamos de llegar y nos encontramos con esto. Es como ganar la loteria a la primera. -Echo un vistazo al diafragma de la Nikon y despues a Jack-. Sea lo que sea, ha bajado por la arista de la montana hasta casi el campamento.

– A lo mejor es verdad que Cody oyo algo anoche.

– Si, claro, lo habia olvidado. -Mac hizo mas fotografias-. Hay que dar gracias a Dios por toda esta nieve. Todo el santuario es como hormigon fresco. Mira estas huellas, son perfectas. No habria obtenido un resultado mejor aunque yo mismo hubiera sido el director de estilismo y el director de arte.

Jack cogio la radio GPS que llevaba asegurada al pecho y acerco los labios al microfono. Le contesto el sirdar.

– ?Hurke? ?Que estan haciendo en este momento?

– Estan desayunando, sahib.

– Pues diles que se terminen los cereales de una vez, que muevan el culo y que salgan. Y si alguien puede traer una cinta metrica, mejor. Hemos encontrado unas huellas. Por lo visto, anoche por poco tenemos una visita.

Miles Jameson extendio la cinta metrica sobre una de las huellas que se percibian en la nieve y parecio que hubiera tendido un diminuto puente metalico sobre una fisura en forma de pera.

– Mide treinta y cinco centimetros y medio -le dijo a Swift, que estaba tomando notas.

Sin mover la cinta metrica, Miles se echo hacia atras para que Mac pudiera hacer fotografias detalladas que mostraran la escala de la pisada.

– Genial -solto el escoces.

– Ninguno de los porteadores ha querido venir a verlas -les hizo saber Jutta-. ?Acaso tienen miedo, Tsering?

– Ciertamente, memsahib -respondio el sirdar ayudante-. Me temo que son todos bastante supersticiosos y creen que ver un yeti o hasta escuchar un grito de yeti es un mal augurio. No se sorprendan de que ahora esten celebrando alguna ceremonia estupida para alejar la mala suerte. -Se encogio de hombros como pidiendo disculpas-. Este es el caracter de mi gente.

– Si ahora se comportan asi -reflexiono Swift-, ?que va a ocurrir cuando, con un poco de suerte, capturemos un especimen vivo?

– Los dolares americanos pueden alejar toda futura mala suerte por grande que sea -repuso Tsering.

– Ahora si has dicho una gran verdad -intervino Boyd.

Jameson introdujo el extremo de la cinta metrica en la huella.

– Mide entre treinta y treinta y ocho centimetros de hondo.

Examino la parte interna de la huella como un jugador de golf mesura el golpe que debe dar a la pelota para que entre en el hoyo, haciendo un esfuerzo por determinar el contorno. Cuando hubo terminado, hizo lo mismo con la siguiente pisada.

– Es dificil ver con claridad -dijo.

Swift volvio a tomar notas.

– La nieve se ha depositado en cada uno de los hoyos. Pero, en terminos generales, se trata de una pisada considerablemente larga. Es un pie cuyos dedos son cortos, excepto el dedo gordo, que es muy alargado. No es lo ancha que yo hubiera esperado, pero se puede descartar que sean las huellas de una garra. Estoy totalmente seguro de que no son huellas de un oso. No puedo concretar mas, pero de lo que no cabe duda es de que tienen todo el aspecto de ser las pisadas de un antropoide superior.

Se oyeron varios gritos de alegria. Mac dio un punetazo al aire en senal de triunfo y Jutta abrazo a Lincoln Warner.

– No podiamos haber empezado mejor -reconocio Swift-. Esto supera nuestras expectativas mas optimistas.

– Son exactamente iguales que las huellas que fotografio Shipton en el glaciar Menlung del Everest -observo Mac-. Y el caso es que tambien son identicas a las que fotografio Don Whillans en el Annapurna -dijo riendo, encantado-. Senor, ?pero si acabamos de llegar!

El sirdar se agacho y escudrino atentamente las pisadas, mientras fumaba, meditabundo.

– Por favor, sahib -dijo arrojando el cigarrillo y alargandole la mano a Miles Jameson-. ?Tiene la bondad de prestarme el metro Stanley?

Jameson, que advirtio que Hurke Gurung le estaba pidiendo la cinta metrica, se la dio y lo observo, mientras este media la distancia entre las huellas. Finalmente, el sirdar se puso en pie y hundio su bota Berghaus en una de las pisadas y luego en otra.

– El rey Wenceslao el bueno -bromeo Warner.

Gurung sacudio la cabeza de hombro a hombro, como si dudara de algo.

– Casi dos metros, tal vez. Y no son muy pesadas -dijo-. Creo que es un yeti bien pequeno. Tal vez muy joven o una hembra quiza.

– ?Has oido? -dijo Mac, triunfante, dirigiendose a Jon Boyd, que contemplaba el examen forense con un interes entre divertido y distante-. Ha dicho «un yeti». No ha dicho nada de monos de la India, ni ha hablado para nada del dichoso monstruo del lago Ness. Ha dicho «un yeti».

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