– Si tu lo dices, Mac -repuso Boyd-. Pero como tu comentaste, todavia es pronto.

– Uno joven o una hembra -repitio Swift.

– Hajur, memsahib. Podria ser.

– No lo sabremos hasta que no demos con el -apunto Jack.

– Lo que me gustaria saber es que direccion seguiremos -comento Jameson.

– ?Que quieres decir?

– Las huellas provienen de un punto de partida. ?Vamos a seguir al animal o vamos a seguir las huellas hasta el punto de origen?

Jack miro hacia donde miraba Jameson: la arista de hielo que unia el Hiunchuli con el Annapurna Sur, que era de donde procedian las pisadas. El cielo estaba todavia sereno, pero las rafagas de viento levantaban nieve polvo con tanta furia que parecian presagiar un empeoramiento del tiempo.

– Normalmente se siguen las huellas hasta el punto de origen -dijo Jameson.

– Yo tenia planeado que nos quedasemos todos aqui, en el CBA, un par de dias hasta que nos hubiesemos aclimatado del todo a la altura de cuatro mil metros, y empezar a ascender despues -explico Jack-. Hay entre mil doscientos y mil quinientos metros hasta la cima de aquella cresta. Sera dificil llegar sin estar perfectamente adaptados a la altitud. -Sacudio la cabeza-. Ademas, las huellas llevan al Machhapuchhare, que es donde vamos a centrar principalmente nuestro rastreo. Asi que creo que ya esta todo dicho. En este caso me parece preferible seguir al animal. Swift, Hurke, Miles, mejor sera que os marcheis antes de que se ponga a nevar otra vez y perdais el rastro.

– ?No vas a venir? -le pregunto Swift.

– No podemos ir todos. Ademas, hay cantidad de cosas que hacer aqui.

El sirdar hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– Jack tiene razon, memsahib. Se caza mejor si el grupo es pequeno.

Jameson adopto una actitud altiva y se dirigio al sirdar en nepales.

– Huncha. Kahile jaane?

– Turantai, Jameson sahib. Ahora mismo.

– Muy bien -dijo el zimbabwes, y despues le dedico una sonrisa a Swift-. Estupendo. Mejor sera que vaya a recoger mis cosas.

Se encaminaron todos hacia el campamento; Jameson, Swift y Hurke se adelantaron a los demas, ansiosos de ponerse en camino, dejando a Mac solo haciendo fotos. Jack andaba despacio, junto con Warner, Boyd y Cody.

– Has dicho que habia mucho que hacer -comento Boyd-. ?Puedo ayudar en algo?

– Pues si la tela metalica llega hoy, creo que podriamos empezar a colocar una cerca para contener los aludes. Gracias por prestarte a colaborar, pero ya me ayudaran los sherpas. Tu podrias empezar a recoger muestras de sondaje.

– Gracias, creo que es lo que voy a hacer.

– Fue un alud lo que os arrastro a ti y a tu companero, ?verdad, Jack? -le pregunto Warner-. Vino una noticia en el National Geographic.

– Si.

– Debio de ser espantoso. No me puedo figurar lo que debe de sentir uno cuando le pilla un alud alli arriba. Aunque a mi nunca va a pillarme ninguno. -El norteamericano negro movio la cabeza, cauteloso. Con sus gafas de sol de colores brillantes sujetadas con una cinta y su parka de buena calidad parecia un cantante de rap-. A mi me gusta tener los pies en tierra firme.

– Aunque es imposible decir con seguridad lo que ocurrio, siempre he tenido la impresion de que fue un meteorito lo que causo la avalancha.

– Un meteorito, ?eh? -dijo Boyd-. Que interesante.

– Siempre me he preguntado si no fue asi como empezo la vida en este planeta -intervino Warner-. Unas cuantas moleculas en un pedazo de roca intergalactica. ?Sabiais que unos papiros egipcios de hacia el ano 2000 antes de Cristo contienen las noticias mas antiguas sobre meteoritos?

Warner le dirigio una mirada a Boyd.

– No ha sido mi intencion ofender a nadie -aclaro.

– No me has ofendido -repuso Boyd-. En realidad, a mi el tema de los meteoritos siempre me ha interesado.

– Si fue un meteorito, Jack, tuviste suerte -comento Warner-. El que hay en el Planetario Hayden de Nueva York pesa treinta toneladas. ?Tienes idea de donde pudo haber caido?

– ?Que es lo que quieres, buscar un souvenir? -rio Boyd-. Llevarte treinta toneladas de roca a Estados Unidos seria un exceso de equipaje que no te admitirian.

– Lo he preguntado solo por curiosidad.

– Es dificil decirlo con precision -admitio Jack-. Lo que se es que cayo a nuestras espaldas, en un lugar imposible de precisar del glaciar que teniamos al sur. -Indico con el dedo un punto en la entrada del Santuario, mas alla de la hilera de las extranas huellas recien descubiertas, y mas alla del CBA-. Hacia alli. Hacia el Machhapuchhare.

– El pico Cola de Pez, ?eh? -musito Cody-. Si, lo parece, ?verdad? ?Cuantos metros de altitud tendra? Unos seis mil o seis mil quinientos, ?no?

– Seis mil novecientos noventa y dos -dijo Jack.

– Sea como sea, una caminata de miedo -se rio Boyd.

– Desde un punto de vista tecnico, no es una escalada especialmente dificil.

– ?Creen de veras que es una montana sagrada? -pregunto Warner-. ?Que es un lugar sagrado donde moran los dioses y todas esas historias?

– Si, lo creen de verdad -afirmo Jack.

– Parece imposible que en nuestra epoca se crea todavia en esas cosas.

– Cuanto mas tiempo llevas aqui -respondio Jack-, menos imposible te parece.

Miles Jameson estaba habituado a usar drogas para anestesiar e inmovilizar a los animales salvajes. Durante el tiempo que estuvo trabajando en el zoologico de Los Angeles, drogo a todo tipo de animales, desde un elefante indio hasta un ajolote. Habia empleado varios de los agentes quimicos de su arsenal a lo largo de dos decadas, casi desde el momento en que habian salido a la venta. Pero su medio predilecto de administrar narcoticos para anestesiar a los animales era una cerbatana, que se utilizaba desde epocas remotas. Cuando trabajaba en el zoologico, empleaba muy a menudo una cerbatana que le habian regalado unos indios ecuatorianos en uno de los multiples viajes que efectuo a Centroamerica en busca de nuevos especimenes. Era una cana hueca de bambu de dos metros de largo que ofrecia la posibilidad de inyectar anestesia desde una distancia de entre quince y veinte metros lanzando de forma silenciosa y efectiva bolitas o flechas cuyo impacto, ademas, causaba una lesion insignificante. Jameson se habia llevado la cerbatana al Parque Nacional de Chitwan. Pero si en el Himalaya, donde soplaban siempre vientos muy fuertes, se veia obligado a inmovilizar a un animal no le quedaria mas remedio que utilizar un rifle.

Ademas de una seleccion de pistolas de aire modificadas para el uso general de los miembros de la expedicion, se habia traido consigo un par de armas proyecturas Palmer Cap-Chur de Chitwan. El primer par eran dos rifles de largo alcance propulsados por dioxido de carbono comprimido, con una linea de tiro de treinta y dos metros. Pero era en el segundo par de armas en el que Jameson confiaba mas; se trataba de dos rifles Zuluarms de una linea de tiro larguisima. Cada uno de ellos estaba constituido por una combinacion modificada superior e inferior de un rifle del calibre 22 y una escopeta del veintiocho, propulsada con casquetes de percusion, que era efectiva desde una distancia de setenta y cinco metros. El rifle Zuluarms disparaba una jeringa especial de aluminio Cap-Chur que era semejante a las que Jameson disparaba con la cerbatana ecuatoriana.

Escoger el producto quimico para dejar inconscientes a los animales presentaba mas problemas. Si la presion a la que se inyectaba un liquido era excesiva, se corria el riesgo de desgarrar el musculo. Lo peor era que hasta que el animal quedaba completamente inmovilizado transcurrian entre quince y veinte minutos, o tal vez mas, dadas las bajisimas temperaturas propias del Himalaya, tiempo suficiente para que el animal se perdiera y, desamparado, muriera por disminucion de temperatura y fallo respiratorio. Lo mas complicado de todo era calcular la dosis, segura y efectiva a la vez, que necesitaria un animal que Jameson no habia visto en la vida y del

Вы читаете Esau
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату