precipitarse rozando el borde de la cornisa y caer al fondo del abismo. En semejante escalada no cabia ningun margen de error.
Bryan Perrins se sento a su escritorio, echo una ojeada al Post y lo tiro a la papelera. El preferia el City Paper, un semanario que contenia chismorreos mas sabrosos y una seccion dedicada a las artes y a los espectaculos mucho mas buena. A Perrins le gustaba el cine, y el Post, que se habia dormido, literalmente, sobre sus laureles, nunca contenia tantas resenas cinematograficas como el City. Encendio el ordenador y con la mirada perdida en el rio Potomac, que se veia por la ventana, se pregunto si aquel fin de semana iba a poder ir al American Film Institute a ver alguna de las primeras peliculas de Hitchcock, a las que estaba dedicado el ciclo aquellos dias. Vertigo, quiza, que era una de sus preferidas. Al pensar en alturas vertiginosas le acudio a la cabeza el Himalaya, y selecciono el correo electronico de Hustler para ver si habia algun mensaje de Castorp en la bandeja.
La noticia de la presencia de un campamento militar chino en el Santuario del Annapurna no le sorprendio especialmente. La Agencia ya se esperaba algo por el estilo de los chinos. Pero lo que si le sorprendio a Perrins fue la celeridad con la que Castorp estaba dispuesto a liquidar a los chinos, sin ni siquiera tomarse la molestia de verificar antes su propia hipotesis, segun la cual cabia la posibilidad de que en realidad fueran desertores del ejercito. Perrins no vio que tuviera sentido autorizar un ataque quirurgico, a menos que fuera absolutamente necesario, e inmediatamente le mando un mensaje a Castorp en el que le comunicaba que no hiciera nada hasta que la Agencia hubiera organizado un reconocimiento aereo de la posicion china. Despues se puso en contacto con la NRO y Reichhardt, quien convino en enviar alli un U-2R desde la base aerea de Arabia Saudi. Los ordenadores instalados a bordo del U-2R podrian captar las senales procedentes del campamento chino montado en el Santuario del Annapurna desde una distancia de veintisiete mil metros y enviarlas despues, via satelite, a Langley. Las senales serian alli analizadas y evaluadas antes de llegar a manos de Perrins, junto con una recomendacion sobre las medidas que debian tomarse.
Swift ilumino con la Maglite la pared por la que descendia Jack, y solo le daba animos de vez en cuando para no distraerlo. Pero cuando a medio camino se detuvo por completo, Swift se dio cuenta de que algo le sucedia.
– ?Jack? ?Estas bien?
El estaba inmovil; parecia una estatua colocada en una capilla construida a gran altura en la pared de una extrana catedral, un santo o un angel paralizado mientras daba una bendicion sobrenatural.
Eso era lo que le sucedia: estaba paralizado por el miedo.
– ?Jack?
– Calla, calla, calla.
Swift detecto panico en la voz que le llegaba de lo alto y supo, sin sentir la mas minima satisfaccion por ello, que habia acertado.
– Jack, escuchame. Escucha, estas a mas de medio camino. Tomatelo con calma.
El no se movio. Ni dijo nada. Lo unico que Swift oia era el ruido de su propia respiracion, tan rapida como si estuviera corriendo una maraton.
Tambien ella se quedo callada sin saber que hacer. Si el no lograba bajar, ella nunca saldria de alli. Los dos moririan. Era asi de simple. Lo que le dijera ahora seria probablemente lo mas importante que iba a decir en toda su vida.
– ?Jack? No se si este es el mejor lugar ni el mejor momento. Tal vez cuando termine esta pesadilla, los dos nos reiremos mucho. Pero los dos sabremos que de todos modos era verdad. Lo que te decia. Lo que te digo. Te quiero, Jack. A mi manera siempre te he querido. Cuando todo esto haya terminado, no quiero que nos separemos nunca mas. Esto parece una escena de balcon de Shakespeare, solo que soy yo la que deberia estar alli arriba y tu aqui abajo. Pero te lo digo de veras, Jack. Asi que ahora no puedes quedarte parado. No puedes hacerlo. Tienes que bajar y decirme que me quieres. Tienes que bajar para que podamos seguir viviendo los dos. ?Lo entiendes?
Swift callo y espero un largo rato. Entonces, despacio, como un muerto resucitado, como una momia de la tumba de un faraon, Jack movio primero un brazo, despues una pierna, y reemprendio el descenso.
Cuando al fin llego a la cornisa, se abrazaron en silencio hasta que Jack sintio que la situacion no les permitia seguir paralizados, fundidos en un abrazo.
– Gracias -dijo al dejar de estrecharla fuertemente entre sus brazos-. Estaba absolutamente perdido y tu me has dado fuerzas para bajar. Lo has hecho muy bien.
– Lo que he dicho era todo verdad.
Jack asintio, recogio la cuerda y empezo a atarsela a la cintura.
– Ya lo se -dijo el-. Si lo hubiera dudado, aunque hubiera sido un poco, lo mas probable es que todavia siguiera alli arriba. -Alzo la vista y por la boca de la grieta vio el cielo azul oscureciendose por momentos-. Supongo que sera mas facil subir que bajar.
– De todos modos, me parece que deberias llevarte esto. -Le dio un fortisimo beso en la boca-. Por si acaso vuelves a quedarte sin gasolina.
Jack se acerco a la pared dispuesto a emprender la ascension.
– Espera -dijo ella-. Todavia no me has dicho que me quieres.
– ?Ah, no? -Jack volvio la cabeza con una sonrisa en los labios-. Pues preparate para ver a un hombre enamorado escalar esta pared.
Castorp. Altas fuentes lanza, rubi y de reconocimiento comint. Elint. Indican que los soldados chinos presentes en el santuario a los que aludiste en tu ultimo mensaje son efectivamente soldados del ejercito popular. Aunque su presencia en el Nepal es, segun la ley, ilegal, su cometido debe de ser detener a los autenticos desertores de su mismo ejercito. Estas pequenas incursiones son bastante frecuentes. El gobierno nepales las tolera porque no desea molestar a las autoridades chinas ni promover la emigracion ilegal a su pais, ya bastante pobre, en consecuencia, no es preciso llevar a cabo ninguna accion, puesto que su presencia no compromete en absoluto tu mision. Hustler.
Cuando Swift y Jack regresaron al campamento I, extenuados y con un hambre feroz, ya estaba anocheciendo. Mac y Jameson habian preparado un estofado de ternera y pastel de arroz con fruta de lata. Metidos en sus sacos de dormir, Mac y Jameson fumaban, bebian whisky y escuchaban a la pareja devorar la comida como lobos hambrientos y relatar los acontecimientos del dia.
– ?Crees, pues, que los yetis han saltado nueve metros hasta caer en la cornisa?
– Sin duda alguna -contesto Swift-. Habia huellas por toda la plataforma.
»El rellano se adentra en la montana. El rastro de las pisadas se veia claramente. Quiero decir que es lo de menos si se borran. Lo unico que tenemos que hacer es ir hasta el final de la cornisa. ?Que opinas, Jack?
Jack asintio.
– Pero necesitaremos uno de los trajes de supervivencia de Boyd. En el interior de la cornisa puede llegar a hacer mucho frio.
– No me lo recuerdes -dijo Swift con un escalofrio-. Era como una tumba.
– Y por lo que contais, no lo ha sido por los pelos -comento Mac, que se bajo la cremallera del saco de dormir y se arrastro hasta la puerta de la tienda.
»Voy a salir -anuncio con fingida solemnidad-. Puede que tarde.
Jack le hizo un gesto afirmativo con la cabeza a Jameson, que le ofrecia la botella de whisky.
– Me vendra bien un trago.
– Claro. -Jameson le lleno un vaso-. ?Swift?
– No, gracias. ?No habeis bebido ya bastante?
– No lo entiendes -sonrio Jameson-. Tenemos una razon para beber.
– ?Quien necesita razones? -pregunto Jack.
– Es que estamos tan cerca de la arista de la montana… -Jameson bajo la voz-. Mac cree que si hay un alud nos pillara de lleno. Mas que un alud, sera un alud terrible. Dice que, si nos arrastra, prefiere no enterarse de nada.
Jack se encogio de hombros y bebio un poco de whisky.
