doble origen: africano y asiatico.
Ahora, al contemplar la imagen ultravioleta del ADN de Rebeca en el monitor de color, despues de ajustar el brillo y reforzar con el raton los contornos de las imagenes, era todo muy distinto de como habia imaginado. Tan distinto que al principio penso que debia de haber cometido un error y volvio a repasar todo el programa de documentacion de geles para cerciorarse, por partida doble, de sus resultados. Satisfecho con la ultima imagen, hizo clic con el raton, almaceno la imagen definitiva en el disco duro y a continuacion imprimio sus notas en papel.
Iba a necesitar un poco de tiempo para reflexionar sobre las consecuencias que arrojaba su analisis del ADN. Entretanto, guardo los datos en el programa de analisis filogenetico y de simulacion para ver que interpretacion ofrecia el ordenador a su descubrimiento en apariencia extraordinario.
La amenaza de una guerra nuclear precedio a una de las tempestades mas espantosas de cuantas recordaban los veteranos del Himalaya: Mac, Jutta y el sirdar. La temperatura cayo en picado y el viento, que alcanzo una velocidad que sobrepaso con mucho los ciento sesenta kilometros por hora, rugia en el Santuario como si rindiera homenaje a la energia, mas devastadora aun, fabricada por el hombre, que amenazaba con reducir a escombros todo el subcontinente. Hasta la concha gemia y temblaba por la fuerza del viento, y eso hacia que sus ocupantes se pusieran aun mas nerviosos e irritables.
La tercera manana de tempestad, siendo la visibilidad tan absolutamente nula que recorrer el corto trecho entre la concha y los refugios se convirtio en una hazana peligrosa, la relacion entre los miembros del equipo alcanzo un punto de tension tal que estuvo a punto de romperse.
– ?Huu-huuu-huuuu-huuuuu!
Cody, que grababa todos los sonidos que emitia Rebeca, asintio, satisfecho, y apago el aparato.
– ?Sabes, Swift? Rebeca tiene un repertorio de mas de una docena de sonidos distintos -dijo-. Y eso sin incluir sus vocalizaciones. Si tuvieramos a otro adulto, quiza podriamos grabarlos todos con detalle. Y si yo tuviera un microfono mas potente que este walkman, a lo mejor podria grabar algunos de los sonidos que emite Esau.
Cuando amamantaba a Esau, Rebeca solia hacerle mimos y le susurraba cosas juntando su cara a la de el. Pero algunas veces tambien movia los labios en un simulacro de habla humana y a todos les parecia que le iba a hablar a su cria.
– Senor, que disparate -refunfuno Boyd sin apartar la vista de la pantalla de su ordenador portatil en el que estaba haciendo un solitario. No le parecia que el entusiasmo de Cody por los yetis fuera en absoluto contagioso-. Ahora va y quiere tener dos monstruos de esos. Como si no tuviera suficiente con la peste inaguantable de uno, que nos tiene a todos sin poder respirar.
Swift iba a hacer un comentario caustico sobre Boyd, pero se lo reservo, porque por una vez estaba de acuerdo con el. Rebeca padecia diarrea y, a pesar de que limpiaban la jaula varias veces al dia, la pestilencia era en algunos momentos del todo insoportable.
– Y como quieres que huela el abominable hombre de las nieves -se rio Mac, que estaba ocupado etiquetando las peliculas.
Jameson, que leia un libro, alzo la vista y dijo:
– No es culpa suya.
– Todos nosotros salimos afuera -insistio Boyd-. ?Por que no puede salir ella?
– En cuanto se le curen los puntos -dijo Jameson-, la dejaremos salir. Pero hasta entonces se merece que la tratemos con mucho mimo, y tambien a Esau. Despues de todo, ellos no nos pidieron que les capturaramos.
– ?Y cuando sera eso? -quiso saber Boyd.
Jameson le lanzo una mirada interrogativa a Jutta.
– Quiza manana -contesto ella.
– ?Huu-huuu-huuuu-huuuuu!
Boyd dejo el solitario y empezo a dar vueltas alrededor de la jaula.
– Creo que para entonces me habre vuelto loco. ?No podeis decirle que se calle? Pense que Jack habia dicho que los yetis tienen un lenguaje de signos. Quiero decir que debe de haber un signo para hacerte callar de una vez, pesada.
Jack bajo las piernas de la cama de campana y se sento despacio.
– Tienen un signo -dijo-. Yo lo vi.
– Ah, no lo dudo -dijo Cody, cuyo entusiasmo no habia decrecido lo mas minimo por el malhumor de Boyd-. He intentado hacerle signos pero no he conseguido nada. Supongo que los signos que ella conoce pertenecen a una convencion distinta, debe de ser eso.
Dejo la grabadora sobre la mesa y se desperezo.
– Me parece que ya basta por hoy -comento, y cogio su ejemplar de bolsillo, muy sobado, de Los siete pilares de la sabiduria, y volvio a concentrarse en Lawrence y en la sublevacion que se habia desarrollado en el desierto.
Boyd dejo de andar de un lado a otro y busco algo en su mochila.
Swift se levanto de una de las sillas que estaban dispuestas en circulo alrededor de la jaula y fue a sentarse junto a Jack.
– ?Como te encuentras? -le pregunto.
– Mucho mejor, gracias. ?Sabes?, Boyd tiene razon. Apesta. Me parece que nunca mas podre quitarme este olor de la nariz.
– Da por hecho que va a ser asi -intervino Boyd, que echo una ojeada por la concha y advirtio que nadie le estaba prestando ninguna atencion a Rebeca.
Cody estaba enfrascado en la lectura. Warner trabajaba con el ordenador. Jutta escuchaba musica con su aparato estereofonico. El sirdar hojeaba una revista y bebia una taza de aquel asqueroso cha. Boyd vio que se le presentaba la oportunidad que habia estado esperando tanto tiempo. Se acerco a la jaula y, haciendose el distraido, empezo a pasar por la espalda de Rebeca, de arriba abajo, la cajita electronica que habia extraido de la mochila. El aparato era un radiometro del tamano de un fotometro, una especie de contador Geiger muy perfeccionado. El radiometro registraba cualquier presencia, por minima que fuera, de radiactividad en la piel de Rebeca. Metio el brazo entre los barrotes de la jaula y acerco todo lo que pudo el radiometro a las manos de la hembra de yeti. Esta vez la aguja se movio de manera significativa.
Cody levanto la vista del libro y vio el aparato electronico que tenia Boyd en las manos.
– ?Que es eso que tienes en la mano, Jon? -le pregunto.
Boyd aparto la vista del radiometro un segundo, tiempo suficiente para que el animal se lo arrebatara de las manos. Rebeca se puso a gritar, entusiasmada, y, dandole la espalda a Boyd, empezo a examinar el radiometro con mucho interes.
– Mierda -dijo Boyd, aunque no le importaba demasiado. Ya tenia la respuesta preparada a la pregunta de Cody; miro a su companero y le sonrio-: No le gustan nada las cosas brillantes, ?verdad? Es como un cenzontle.
Cody se puso en pie y se acerco a la jaula con la intencion de ver que era exactamente lo que Rebeca habia arrebatado.
– ?Que es eso?
Swift tambien se levanto y fue hacia la caja con paso vacilante. Boyd parecia nervioso y azorado, como si le hubieran pillado haciendo algo de lo que se avergonzaba un poco.
– No es nada, es solo un radiometro -dijo encogiendose de hombros-. Tenia intencion de pasarlo por todos nosotros por si estallan las bombas y tengo que empezar a medir los niveles de radiacion.
– Muy bondadoso por tu parte -dijo Swift-, pero no he visto que comprobaras el nivel de radiacion de nadie.
– Quiza no de todos.
Swift fruncio los labios y enarco las cejas. Cruzando los brazos, a la defensiva, se planto delante de Boyd y le miro fijamente a los ojos.
– O quiza de nadie.
Boyd le hizo una mueca y sacudio la cabeza como si le inspirara lastima.
– Swifty, de verdad, ?por que dices eso?
