la acompanara Mac.

– ?Que opinas, Mac?

El escoces se encogio de hombros.

– Este traje no es de mi talla -dijo-. Es demasiado grande, caramba.

– ?Y el que llevaba Hurke?

– Es el que se ha puesto ella -dijo.

– Mira, Jack -dijo Swift-, Jutta va a estar ocupadisima, Byron es demasiado lento, Link no esta aclimatado a una altura superior a los cuatro mil metros, Mac es demasiado menudo, Hurke esta herido y tu tambien. Solo quedo yo, y no podemos perder tiempo en sandeces.

Jack asintio y la abrazo.

– De acuerdo, pero tengo que explicarte como se efectua la tecnica que llamamos bavaresa.

Le hablo de la pendiente serpenteante que habia al final de la cornisa, le dijo donde encontraria el asidero y como utilizarlo. Le explico como se usa la fuerza de los pies y de las manos contra la pared, de la cual el cuerpo esta separado, cuando hay que franquear cornisas y superar grietas.

– Ve con muchisimo cuidado -anadio-. Recuerda lo que ha dicho Boyd. Es un profesional. Le han entrenado para hacer este tipo de trabajo.

– ?Que haras si lo alcanzas? -le pregunto Mac.

– ?Que que hare? ?Que crees tu que voy a hacer? -El tono de Swift era casi cruel-. Voy a matarlo. Voy a matar a ese hijo de puta.

VEINTINUEVE

Con el tiempo acabaremos amando la montana por la sencilla razon de que ella ha sacado el maximo de nosotros, nos ha elevado solo durante un momento precioso por encima de nuestra vida vulgar y nos ha mostrado la belleza de una austeridad, un poder y una pureza que jamas habriamos conocido si no nos hubieramos enfrentado a ella y no hubieramos luchado energicamente contra ella.

Francis Younghusband

Al salir del banco de hielo, una arriesgada experiencia que lo habria dejado considerablemente acobardado de no haber sido por las huellas de yeti, pues la tormenta habia borrado gran parte de la ruta original senalada por los sherpas, Boyd remonto penosamente la ladera en direccion al rinon y al campamento I.

Esto sera facil, se dijo para sus adentros. Y muy diferente de las semanas que habia pasado en la NRO como oficial de enlace de la CIA para el programa de recuperacion del satelite, cuyo nombre en clave era Belerofonte. Aquello fue como buscar una aguja en un pajar. Peor aun. Recordo las quejas de uno de los analistas del despacho que supuestamente debian ponerle sobre la pista del pajaro caido:

– Es peor que encontrar una aguja en un pajar -habia dicho el hombre-. Esto no es proverbial, es metafisico. Es como contar cuantos angeles podrian ponerse en pie sobre la cabeza de un alfiler. Es un pais del tamano de Florida, con ochocientos kilometros de montanas, la mayoria sin escalar, y valles enteros totalmente inexplorados. Mierda, sus fronteras estuvieron cerradas hasta 1951.

Boyd clavo su piolet en la nieve y se detuvo para darse un respiro. Que hubiera encontrado el satelite parecia ahora aun mas extraordinario, sobre todo si pensaba en lo inadecuados que habian sido para la tarea los sistemas tecnicos de los que tanto se vanagloriaba la NRO. Sonrio para si mismo y miro en derredor para comprobar si habia algun signo de persecucion, pues dudaba de que Ang Tsering estuviese a la altura de esta labor. Pero el banco de hielo obstaculizaba su vision. Volveria a mirar cuando llegara a la cima del rinon del Machhapuchhare.

Aquello no era nada nuevo para el, tras haber conseguido lo que el director del personal de campo, Chaz Mustilli, habia calificado de «hito en los resultados» en aquel tipo de operacion.

Hito en los resultados. A Boyd le gustaba como sonaba. Cuando hubiera destruido el satelite, habria un nuevo hito. Tal vez incluso le dieran una medalla. Ciertamente, le pagarian una generosa prima y seria ascendido uno o dos grados. Si algo caracterizaba a la Agencia era su generosidad con sus efectivos cuando tenian exito. Con el tiempo, cuando vieran la situacion sobre el terreno tal como la veia el, sin duda entenderian por que habia sido necesario desobedecer la orden que habia recibido y matar a uno de los cientificos. Esa era la clase de orden que solo podia darse desde detras de un escritorio de un despacho de Washington, no la que puede cumplirse sobre el terreno, si querias acabar el trabajo. Eso era lo unico que importaba alli, y si no entendian eso, no tenian que estar al mando de esta mision, para empezar. Le mandaban alli con un arma en la mano, ?que esperaban? No tenia sentido tener un perro y menearle la cola uno mismo.

Siguio ascendiendo, lenta y regularmente, a una velocidad razonable, pero ni de lejos comparable a la de Rebeca. La carga de Boyd era muy ligera. Solo su fusil, un detector manual de radiofrecuencias para ayudarle a localizar el satelite con precision, varias cargas de explosivo plastico C4 y algunos detonadores, ademas del transceptor Satcom con el que llamaria al helicoptero que vendria a rescatarlo. Pero aun asi, la escalada del Machhapuchhare era una experiencia dura, incluso catartica, que le hacia valorar la capacidad de la yeti, cuyas huellas se extendian nitidamente ante el como una serie de minusculos crateres sobre algun planeta frio y olvidado.

Que lastima, penso. Que lastima que se envenenasen por los efectos del isotopo radiactivo dispersado por la explosion, como habia dicho Warner. Pero el no veia otra alternativa. Si no destruia el satelite, alguien mas (probablemente los chinos) podria encontrarlo y usar la informacion y la tecnologia que contenia en contra de Estados Unidos. ?Que importaba la vida de unos cuantos simios, aunque fueran tan raros como el yeti, comparada con la seguridad nacional de Estados Unidos? En el CBA no habia nadie que lo comprendiera. Tampoco habia nadie en todo Washington que lo entendiera.

Empezaba a notar los efectos de la altitud. No era que le costase respirar, sino una sensacion general de sopor que afectaba a sus piernas como una de las drogas de Jameson, hasta el punto de que tenia que obligarse a seguir ascendiendo cuando su cuerpo pedia un descanso. Y al cabo de un rato, consciente de que la duracion de sus periodos de descanso era cada vez mayor, tuvo que disciplinarse y se obligo a dar cincuenta pasos mas antes de permitirse descansar. Finalmente llego a la cima y se desplomo en el campamento I tan agotado como si acabase de escalar el propio Machhapuchhare. Se arrastro hasta el interior de una de las tiendas, cerro los ojos y se quedo dormido con un sueno ligero.

El esfuerzo fisico de la persecucion ayudo a Swift a apartar de su mente el peligro que Boyd suponia para los yetis y para su propia persona. Durante un tiempo se reprocho haberse fiado de las apariencias y no haber desconfiado mas de el desde el principio. ?Era realmente geologo? ?Climatologo? Parecia estar muy bien informado de lo que hacen estos profesionales.

Tambien ella era consciente de la ironia de su situacion. Del mismo modo que Jack y ella habian ocultado el autentico objetivo de la expedicion a sus patrocinadores, Boyd habia disimulado sus verdaderas intenciones ante ella y todos los demas. No era de extranar que estuviera tan bien equipado. Su proveedor era el Ejercito de Estados Unidos. Y todo en nombre de la seguridad nacional y de un satelite espia desaparecido.

Pero no le parecia tan extrano que hubiera caido en el Himalaya. A ocho kilometros al norte de Katmandu, cerca de la aldea de Budhanilkantha y el complejo amurallado que senalaba el antiguo emplazamiento, habia un deposito de agua concavo donde yacia la estatua de cinco metros de longitud de un dios indio conocido como el Visnu Durmiente. Ya al verlo por primera vez, Swift se sorprendio de cuanto se parecia el Visnu Durmiente a un astronauta extraterrestre en animacion suspendida criogenicamente. Ahora mucho mas porque ella conocia la existencia de una nave espacial desaparecida. Era casi como si Visnu hubiera caido a la tierra desde el satelite estropeado.

A Swift le interesaba muy poco la religion, pero si hubiera creido que podria ayudarla a impedir que Boyd hiciera estallar el satelite y contaminase el valle escondido de los yetis, ella le hubiese ofrecido perfume, flores y una cesta llena de frutas a este dios durmiente, la menos sanguinaria de las principales divinidades vedicas.

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