Golpeo suavemente la pared con un puno enguantado.
– Vamos, hombre, piensa. Tiene que haber una manera. Has llegado demasiado lejos para permitir que esto te detenga. El lo hizo. Tu tambien puedes. Solo es cuestion de imaginar como, nada mas.
No habia ninguna via alternativa, eso estaba bien claro. Mas alla de la pendiente, la cornisa se estrechaba hasta convertirse en una arista de roca fragmentada y finalmente la cara desnuda de la grieta. Se quedo sin saber que hacer. No habia ningun asidero evidente. Ni clavijas o tornillos que marcaran una via de escalada. La pared era tan lisa como la superficie de su casco.
– Eres un escalador de narices, Jack, al menos eso te lo concedo.
Una vez transcurridos diez frustrantes minutos, la luz del casco de Boyd ilumino finalmente un crampon roto a cierta altura de la pendiente. Fue una senal tranquilizadora de que no se habia equivocado. Jack habia escalado la pendiente. El crampon roto era una prueba elocuente de que el viaje de regreso presentaria mayores dificultades. Presumiblemente, se dijo, los yetis conocian otra salida del valle escondido, quiza una ruta que les llevaba al otro lado de las montanas. Pero eso quedaba para el futuro. De momento aun tenia que llegar arriba. Se sento a descansar mientras reflexionaba sobre el problema.
– Vamos, maldito imbecil -se aguijoneo-. ?Quieres pasar la noche aqui? Vuelve a mirar, tiene que haber una forma de subir por ahi.
Alzo el piolet y aporreo el suelo, presa de la frustracion. Entonces la vio: una abertura por detras de la pared, no mas ancha de unos cinco centimetros, una rendija vertical apenas lo bastante grande para servir de asidero, si tenias el valor de intentarlo. Tendria que escalar la pared con los dedos en la ranura como si fuera un equilibrista trepando por un rascacielos. No habia otro camino.
Boyd se incorporo y tenso la correa del fusil Colt AR-15 a fin de evitar que se desplazara sobre su espalda. Despues se aferro a la rendija y apoyo un pie calzado con crampones sobre la pendiente. Asi tenia que haberlo hecho Jack. Una obra maestra del alpinismo. No en balde se decia que Jack Furness era uno de los mejores del mundo.
Bueno, el tampoco era manco. Habia que ser bueno para sobrevivir a Demolicion Subacuatica Basica, el entrenamiento del SEAL. La semana infernal, lo llamaban. Submarinismo, seguido del cursillo de combate mas duro del mundo, durante el que habia que escalar las empinadas paredes recubiertas de madera habilitadas en la playa de San Diego. Trepar sin nada mas que listones de cinco por diez centimetros atornillados a la pared desnuda. Eso requeria mucha fuerza en los dedos y tambien en los tobillos. Si el pudo superar la DSB del SEAL, podia hacerlo todo.
En cuanto intento las mejores tecnicas, Boyd comprobo que era mas facil de lo que habia imaginado. Pero era una paliza para sus dedos enguantados y, cerca de la cima, la manga de su traje climatizado se trabo en un saliente de la pared casi tan afilado como una navaja de afeitar, que le produjo un feo desgarron.
Examino los danos cuando llego finalmente a terreno llano.
– Mierda.
Tendria que remendarlo o arriesgarse a una perdida de calor importante, tal vez incluso mortal. Pero durante unos instantes accedio a quedarse impresionado por el nuevo paisaje: una enorme caverna, abierta por un extremo, del tamano de la cupula del observatorio de Houston. Justo la clase de lugar que Tarzan habria buscado en su empeno de encontrar algun tesoro.
Despues se sento recostandose en una de las gelidas paredes, abrio la unidad de control de su pecho y extrajo el compacto estuche del material de reparaciones.
Swift no se detuvo a observar el cadaver mutilado de Didier Lauren. El brazo, cercenado por debajo del codo, era confirmacion suficiente de que su anterior teoria sobre los disparos era correcta. E incluso a traves del sistema de acondicionamiento del aire de su traje pudo notar un inconfundible olor a polvora. Se limito a seguir adelante, a toda la velocidad que le permitian sus crampones, haciendo caso omiso de la fatiga que se iba apoderando de ella, con el sonido de su propia respiracion dentro del casco por toda compania.
Habian transcurrido treinta minutos.
Swift habia llegado al lugar del que le habia hablado Jack: el punto donde la cornisa se elevaba hasta terminar en la caverna. Ahora tenia que escalar. ?Cual era el termino que habia empleado Jack?
Bavaresa.
No era un nombre muy adecuado, reflexiono, para una tecnica a todas luces tan ardua. Aquella palabra le traia a la memoria imagenes placenteras de unos dias pasados en Baviera disfrutando de lo lindo; le era imposible asociar aquella palabra tan llena de agradables recuerdos a esa incomoda manera de escalar en cuclillas que Jack le habia descrito y que amenazaba con obligarla a retroceder. Era una suerte pesar tan poco y, siendo una escaladora nata, o al menos de eso habia intentado convencerla Jack, en diez o quince minutos ya habia alcanzado la cima de la pendiente y entraba en la caverna que se prolongaba hasta el valle escondido y el bosque.
El panorama la dejo sin aliento.
Jack no exageraba. Era en efecto un lugar de aspecto magico. Bien resguardado. Exuberante. El sitio perfecto para la especie mas reciente y mas timida del mundo, si podia llamarse simio a un ser cuyo ADN apenas diferia en un cero coma cinco por ciento del de los seres humanos. Swift ya no estaba tan segura. Lo unico que sabia con certeza era que habia que proteger al yeti, costara lo que costara. Saco la automatica de su cinturon y avanzo cautelosamente sobre el hielo fragmentado, en direccion a la salida de la caverna, que tenia una curiosa forma. Alli se detuvo y, agachandose pegada a la pared, escruto el lindero de un bosque de rododendros gigantes y escucho atentamente.
El bosque estaba en silencio. Solo se oia el debil roce de las hojas y el gemido del frio viento del Himalaya que agitaba las copas de altos abetos. En una pelicula que Swift habia visto, basada en un libro de James Hilton, habia un nombre para un lugar secreto como aquel: Shangri-La. Era verdad que no se veia ningun monasterio, y ciertamente el valle escondido no ofrecia perspectivas inmediatas de vida eterna. Ya seria mucho si sobrevivia durante las proximas horas, pero parecia y se presentia como un lugar especial.
Swift se quito los crampones. A continuacion, lentamente, se acerco a la linea de arboles.
El bosque permanecio en silencio.
Atisbo entre las hojas de los enormes rododendros. Despues, sujetandose a una rama, empezo a descender por el suave desnivel y se interno en la tupida vegetacion. Se movia furtivamente, consciente de que corria tanto peligro por los yetis a los que intentaba proteger como por el hombre que amenazaba con matarlos. Boyd ya habia demostrado que no dudaria en utilizar su arma para defenderse de los yetis. Pero ?y ella? Siguio avanzando, mirando constantemente a su alrededor y preparada para cualquier cosa, eso esperaba. No tenia miedo, al contrario, sentia un raro alborozo. La antropologia nunca le habia parecido tan emocionante.
Pero si esperaba encontrar el rastro de Boyd en el bosque, se llevo una decepcion. No habia indicios evidentes sobre la direccion que habia tomado. Recordando una anecdota que le habia contado Byron Cody sobre como perseguir gorilas de montana en Zaire, se tumbo de bruces y empezo a arrastrarse entre el sotobosque. Las pistas visuales, le habia explicado el, quedaban ocultas a menudo por la densa vegetacion.
En el suelo habia muy poca nieve, tan frondosa era la vida vegetal. Ante ella vio un breve tunel formado por un abeto caido cuyas paredes eran rododendros apinados. Se interno entre ellos serpenteando, agradecida por la cobertura que le proporcionaban y confiando en que no se le rasgara el traje. Sabia que sin su calor protector no viviria mucho tiempo con aquella temperatura tan baja. Al llegar al final del tunel dejo de arrastrarse y escucho.
Nada.
?Donde estaban los yetis? ?Donde estaba Boyd? ?Habria conseguido llegar hasta alli?
Un fuerte olor, parecido al de un establo lleno de caballos, solo que mas acre e intenso, impregnaba la vegetacion que se extendia ante ella. Noto que su nariz se fruncia por el asco en el interior de su casco. Era el mismo hedor que habia olido en el cuerpo de Jack cuando el sirdar le saco de la grieta, y Swift se pregunto si seria mucho mas fuerte de no estar protegida en parte por el traje climatizado.
Miro en derredor en busca de excrementos, pues no sentia el menor deseo de encontrarse algo asi debajo de su cuerpo mientras se arrastraba, y se sorprendio al no encontrar nada. Tardo unos instantes en adivinar la causa de aquel mal olor.
Miedo. Era el olor del miedo.
