Solto una risita y empezo a introducir el codigo de autodestruccion a traves del teclado del ordenador. Solo habia tecleado la mitad del codigo cuando volvio a quedarse sin electricidad. Al mirar el panel de seguridad vio que la bombilla indicadora del bus B era de nuevo roja: en algun punto habia otra conexion suelta, pero se le acababa el tiempo. Al final tendria que utilizar explosivos para cumplir la mision. Pero por lo menos en Washington sabrian que habia encontrado el satelite. Y que estaba a punto de destruirlo.
Boyd saco de su mochila una carga de explosivo plastico C4 que estaba envuelta en cinta adhesiva. El C4 tenia el aspecto de la masilla y era el mas versatil de los explosivos: facil de manipular, impermeable y, con la ayuda de un poco de vaselina, insertable practicamente en cualquier parte. Colocar explosivos siempre habia sido una parte importante del trabajo de Boyd. Con movimientos rapidos, abrio haciendo palanca el panel que protegia la maquinaria interna del satelite y modelo el C4 formando un reborde sobre la chapa de metal donde se alojaba el radioisotopo para potenciar su eficacia. Buscaba un detonador en su mochila cuando oyo el chasquido de una rama al partirse y luego una serie de aullidos que anunciaban la llegada de un yeti. Boyd empuno su fusil.
– Invitados -dijo, y disparo dos veces en direccion a unos arbustos que se movian, aparentemente sin dar en el blanco.
No hubo ningun grito. No se desplomo ningun cuerpo. Nada. Boyd lanzo una maldicion. Estaba perdiendo punteria. Siete disparos de un cargador de treinta balas sin acertar ni una sola vez. Le convenia ser prudente. Sin un cargador de repuesto, a partir de ahora tendria que asegurar cada tiro. Y si disparaba cada vez que oia aullar a un yeti o veia moverse un arbusto, seria una bala perdida.
Aguardo unos segundos escuchando atentamente y escrutando la espesura en busca de signos de actividad. Se planteaba volver a montar el detonador cuando oyo unos pasos y, al volverse en redondo con la velocidad del rayo, vio una mata de altos rododendros calcinados bambolearse como si algo caminara entre ellos. Boyd se encaro la mira telescopica de su fusil, pero se lo penso mejor antes de disparar.
– No te asustes -recordo-. Asegura el tiro primero.
Retrocedio varios pasos, rodeo el satelite y echo a correr durante treinta o cuarenta metros por el sotobosque en direccion contraria antes de girar bruscamente a la derecha, arrojarse al suelo de bruces y retroceder a rastras hacia donde creia haber localizado su presa.
En Estados Unidos, Boyd iba a menudo de caza. En sus buenos tiempos cazaba ciervos, pumas, coyotes, focas, incluso un oso, pero esto era algo nuevo. Nunca habia disparado contra un gran simio, si no contaba a algunos de los hombres que habia matado. Era un animal al que ningun otro hombre habia dado caza y eso si merecia la pena. Boyd empezaba a disfrutar. Avanzo arrastrandose hasta un punto situado detras de la mata de rododendros calcinados. Esperaba ver la peluda espalda de un yeti, pero se sorprendio al ver su propia imagen reflejada. Era una persona que llevaba un traje climatizado.
Lo habian seguido desde el CBA.
Boyd maldijo a Ang Tsering, y luego se maldijo a si mismo por no hacer lo que tenia que haber hecho. Deberia haberles matado a todos cuando tuvo la oportunidad. Igual que habia matado a aquellos chinos.
Quienquiera que fuese, empunaba la automatica que el le habia dado a Tsering y estaba en cuclillas al borde del claro, apuntando al satelite con el arma. Boyd estaba demasiado intrigado para disparar de inmediato: queria ver quien osaba desafiarlo antes de matarlo.
Swift estaba arrodillada detras de un enorme abeto plateado del Himalaya, contemplando el satelite y preguntandose si Boyd estaria cerca. Empunaba la pistola con ambas manos y no dejaba de apuntar al frente como habia visto hacer a la policia en television.
Transcurrieron un par de minutos y bajo el arma. Quiza Boyd no lo habia encontrado todavia. O tal vez ya habia estado alli, habia preparado su carga y habia huido. Pero no dudaba de que los disparos procedian de esa direccion.
Tardo unos segundos en darse cuenta de la apabullante diversidad de flores que habia a su alrededor: saxifragas, gencianas, geranios, anemonas, cincoenramas y primulas. Se le ocurrian lugares peores donde morir.
Haciendo acopio de valor, se puso en pie, pero un barrido desde atras le hizo perder el equilibrio y la pistola salio despedida de su mano. Lanzo una patada furiosa y acto seguido noto que se le cortaba la respiracion cuando algo la golpeo con fuerza entre las paletillas.
Su magullado cuerpo tardo dos o tres minutos en recuperar el aliento suficiente para reconocer que era Boyd quien la habia golpeado con la culata de su fusil; para entonces el hombre le habia quitado el casco y habia hecho lo propio con el suyo.
Estaba sentado sobre un tocon de arbol a poca distancia de ella, y su arma se balanceaba sin obstaculos, colgada de una correa que el sujetaba entre los muslos como si fuera un enorme medallon.
– Deberia haber imaginado que eras tu -dijo con una sonrisa-. Supongo que nadie mas tiene agallas. Por debajo de toda esa jerga cientifica de mierda, probablemente eres toda una mujer, Swifty. Por supuesto, solo es una suposicion. Estos trajes son calidos, pero no tienen el estilo de Issey Miyake, ?verdad que no?
– Que te jodan, Boyd.
– Lo que tu digas, carino.
Queria divertirse un poco antes de matarla.
Era uno de los alicientes del trabajo y no habia tenido muchos como este. Queria tontear con ella antes de hacer estallar el pajaro.
– ?Sabes que no es mala idea? -dijo apuntandole directamente al pecho con su carabina-. ?Por que no te quitas ese traje? Me gustaria ver que aspecto tienes en ropa interior termica.
– Vete al infierno, Boyd. Matame y acabemos de una vez, porque no pienso jugar a tu…
Boyd disparo un solo tiro por encima de su cabeza, tan cerca que Swift noto como le rozaba el cabello.
– Imagino que tu solo pensabas en matarme -dijo-, pegarme un tiro como fuese. Pero yo puedo matarte a ti de muchas maneras, Swifty. De muchas maneras lentas. Al estilo apache. O bien puedes aferrarte a la vida un rato mas. Obedece y sigue viviendo. Quiza.
Su tono de voz se volvio mas amenazador.
– Ahora desnudate o la siguiente sera en la rodilla.
Swift permanecio inmovil.
– Se nota que nunca has visto a alguien con una bala en la rodilla, Swifty. Duele. En cuanto te dispare en la rodilla podre hacer contigo lo que quiera igualmente. Para mi no cambia nada. Lo importante es que cambiara para ti.
Tenia razon. Mientras ella siguiera con vida, le quedaba una sombra de esperanza.
Resistiendo a la tentacion de mandarle al infierno, Swift se desabrocho la unidad de control del traje y la arrojo al suelo. Despues le dio la espalda a Boyd, mientras una idea tomaba forma en su mente.
– Tendras que ayudarme -dijo-. No es facil desprenderse de esto desde dentro.
– Esta bien -dijo Boyd-. Pero sin trucos. -Apoyo la fria boca del canon de su fusil por debajo de la oreja de la mujer-. De lo contrario, te prometo que no oiras mi siguiente reproche.
Swift noto que Boyd le quitaba la mochila del sistema de soporte vital.
– Despacio ahora -dijo el, y desenchufo la pequena tuberia especial de la ropa interior termica.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Boyd dio un paso atras.
– Ahora sal del traje. Despacio.
Swift obedecio y dejo que el traje climatizado resbalara hasta sus pies como si fuera la piel seca de una serpiente despues de la muda. Empezo a temblar, no muy segura de si era por el frio o por el miedo.
– Ahora, fuera la pieza integral.
– Siempre supe que en el fondo eras un pervertido, Boyd. Desde aquella noche en Khat, cuando te propasaste conmigo de un modo tan grosero.
Abrio de un tiron el cierre Velcro que cubria la cremallera de su ropa interior.
– Debiste ser mas amable -dijo el-. Es posible que sobrevivas para arrepentirte, pero no te lo prometo.
– Creo que la violacion es exactamente tu estilo.
Se desprendio de la ropa interior protectora y se quedo ante el en bragas y sosten. Despues del calor de la ropa interior calentada por agua, el frio le corto la respiracion. Solo le quedaba una esperanza. Los trajes tenian un importante fallo de diseno: la unica manera de orinar era quitarse el traje o hacerselo con el puesto. Para
